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artículo no publicado

Babel

Estamos tan acostumbrados a la multiplicidad de las lenguas, y a la consiguiente y constante necesidad de intérpretes y de traducción, que casi ni nos planteamos la cuestión principal: ¿Por qué hay diferentes lenguas, y además tantísimas, y no más bien una sola? ¿Por qué hay lenguas y no lengua, de la misma o parecida manera en que hay pensa-
miento, esto es, la facultad de pensar, en principio común a todos los hombres? A través de la palabra lenguaje se intenta denominar eso, la facultad o capacidad correspondiente (asimismo, en principio, común a todos los hombres). La existencia de ese concepto no anula, sin embargo, las anteriores preguntas, sino que podríamos añadir estas otras: ¿Por qué el lenguaje tiene tantas y tan distintas manifestaciones como para que éstas resulten incompatibles, es decir, incomprensibles las unas para las otras y por tanto inútiles hasta cierto punto o —digamos— más allá de una determinada frontera idiomática? ¿Cómo es posible que un vehículo de transmisión y de entendimiento deje de serlo con tanta facilidad, para convertirse justamente en lo contrario, en un insalvable obstáculo, en un muro impenetrable, en algo indescifrable para el hablante de otra lengua, en vehículo de confusión y desentendimiento? ¿Por qué lo que sirve a la claridad y a la transparencia encierra en su seno la capacidad de resultar oscuro y opaco y turbio? ¿Por qué existen —de nuevo— lenguas innumerables, todas dándose la espalda y en el fondo negándose, excluyéndose, por qué no hay sólo la lengua?
     Esta negación implícita de las demás lenguas —implícita en la mera existencia de cada una de ellas— a veces ha sido explícita, en según qué lugares y qué periodos históricos. Como ha explicado, entre otros, el lingüista Agustín García Calvo, de quien tomo los ejemplos del mundo clásico, el propio concepto de traducción, tal como hoy lo entendemos, no siempre existió y es relativamente tardío. En la Grecia antigua nos encontramos con que no hay una palabra específica e inequívoca para denominar esa actividad, la de traducir: en Tucídides se emplea el verbo metagrajetqai, que se corresponde con el latino transcribere y con nuestro transcribir actual. Y en Heródoto aparece el término ermhueueig para referirse a la tarea de los intérpretes que transmiten mensajes entre interlocutores de diferente lengua, verbo que equivale al latino interpretari y a nuestro actual interpretar, ambos en su sentido —precisamente— más hermenéutico. Y luego, en autores latinos como Plauto, Terencio o Cicerón, los verbos que denominan el trasvase de una lengua a otra son vertere, reddere, el ya mencionado interpretari e incluso retractare (respectivamente verter, reproducir o convertir o rendir, interpretar y retocar o reformar o renovar); y los sustantivos —interpretatio, aemulatio, imitatio— muestran a las claras cómo la traducción no se distinguía nítidamente de otras prácticas como la interpretación (de textos dificultosos u oscuros), la emulación, la imitación y aun la simple transcripción. Los términos traductio y translatio son ya formas del latín medieval, es decir, de una época que ya delimitaba el concepto de traducción de la misma o parecida manera a como lo hacemos hoy en día.
     Lo más llamativo o sorprendente de todo esto es que el mundo grecolatino no es en modo alguno un mundo aislado, que desconozca la existencia de "otras" lenguas, o de lenguas ajenas a su ámbito. Pues justamente en un mundo aislado, en aquel que no tuviera vecinos y desconociera cualquier otra lengua que la de sus hablantes (piénsese en tantos pueblos y comunidades a lo largo de siglos, o tal vez, todavía hoy, en posibles tribus de lugares recónditos o remotos), sí que su lengua sería la lengua, y para los habitantes de ese mundo sí que serían idénticos los conceptos de lenguaje y lengua, de hecho tan sinónimos que uno de los dos no habría hecho falta y estaría de sobra y no existiría.
     En el mundo griego, curiosamente, aún se da algo semejante, que, a ojos contemporáneos, sería tomado probablemente como síntoma de soberbia, de seguridad excesiva o incluso —se me disculpen palabras tan anacrónicas para referirme a la Antigüedad— de imperialismo y etnocentrismo —esta última, además, muy fea. Pues, como también recuerda García Calvo, el verbo eiihuizeiu no significaba para los griegos, como podría parecer en primera instancia, simplemente "hablar en griego" (o "en lengua helénica"), sino más bien "hablar" a secas, "hablar bien", o, en expresión del lingüista, "hablar propiamente hablando". Y de la misma manera, el verbo barbarizeig no era sólo "hablar en bárbaro" o en lengua extranjera, como asimismo podría parecer a primera vista estrictamente etimológica, sino "balbucir", farfullar; es decir, "hablar en bárbaro" era indistinguible de expresarse inarticuladamente, de forma casi "preverbal", y así las lenguas ajenas a las lenguas griegas quedaban asimiladas al alarido animal, al rudimentario parloteo infantil, a lo que sólo impropiamente podría considerarse hablar propiamente dicho.
     Interpretar este dato como mero desprecio hacia las lenguas desconocidas o extrañas, como mero signo de superioridad o autoafirmación, o de inadecuado e injusto establecimiento de una jerarquía idiomática (según la cual cuanto se saliera de las lenguas griegas no merecería siquiera ser calificado de lengua, sino sólo de balbuceo), sería tan ramplón como negar en dicho dato la probable presencia de todo ello. Quiero decir que sin duda subyace en él la elevación de las lenguas griegas a la categoría de únicas lenguas que merecen tal nombre, stricto sensu. Pero parece improbable que todo se redujera a eso, y más improbable aún que se tratara de un acto deliberado o una estratagema para "acomplejar" a las demás lenguas negándoles el estatuto de tales, confundiéndolas intencionadamente con los murmullos y los voceríos. Cabría pensar, en cambio, en una cierta "naturalidad" en el empleo de esos verbos, eiihuizeiu y barbarizeig, algo no muy distinto de la percepción que de una segunda lengua tendrían inicialmente los miembros de una tribu amazónica —por ejemplo— que jamás hubiera escuchado más que la propia o —es más— que jamás hubiera imaginado siquiera la posibilidad —no digamos la necesidad— de otra, esto es, de algo distinto que sin embargo, y paradójicamente, sirviera para lo mismo. En el fondo de cada hablante contemporáneo, civilizado y culto, conocedor de varias lenguas e incluso acostumbrado a valerse de ellas, subsiste seguramente algún resto de esta idea —o sensación, o percepción si se quiere—, a saber: la de que la propia lengua es para él la lengua y las demás son innecesarias. O, por expresarlo de una forma que se preste menos a equívocos o a herir susceptibilidades: en el fondo de cada hablante contemporáneo, civilizado y culto, subsiste la añoranza de una única lengua, así como una sospecha de superfluidad o despilfarro en la existencia de millares de ellas.
     ¿Sería esto tan raro? Veamos lo que dice el Mito (uno de ellos al menos, el mito de los occidentales). Como sucede con tantos episodios contados y recontados, recreados y reinterpretados por las exégesis y por el arte, el de la torre de Babel suele recordarse con más elementos y mayor desarrollo de los que le concede la Biblia. Y del mismo modo que puede causar cierta sorpresa comprobar, en una relectura, que la historia del Caballo de Troya no está contada en la Ilíada, lo que en verdad se nos dice respecto a Babel en el Génesis es bastante parco y no se corresponde mucho con lo que podríamos llamar "la creencia popular", "la versión más difundida" o "la tradición oral e iconográfica".
     A fin de no reproducir aquí el pasaje entero, me centraré en los principales versículos, y, para facilitar las consultas, citaré de la versión inglesa llamada The New English Bible, with the Apocrypha.
     "Once upon a time", reza el primer versículo, "all the world spoke a single language and used the same words" (o "used few words", añade una nota). Es llamativo que para contar la erección de la torre se empiece mencionando un hecho que aparentemente tendría poco que ver con ella. El siguiente versículo sobre el que vale la pena llamar la atención es aquel en el que los hombres se dicen unos a otros el porqué de acometer semejante tarea: "'Come', they said, 'let us build ourselves a city and a tower with its top in the heavens, and make a name for ourselves; or we shall be dispersed all over the earth'". Probablemente sea un simple error de traducción, pero la llamada Biblia del Oso (la versión al español o castellano de Casiodoro de Reina, publicada en Basilea en 1569) ofrece curiosamente la razón contraria para emprender la construcción: "Y dijeron: Dad acá, edifiquémosnos ciudad y torre, que tenga la cabeza en el cielo y hagámosnos nombrados; por ventura nos esparciremos sobre la haz de toda la tierra". En ambos casos el primer propósito explícito es el de alcanzar nombradía, fama, renombre (a la postre nombre), no tanto desafiar a Yavé ni alcanzar el cielo con la torre, pues este último objetivo se menciona de pasada y podría entenderse perfectamente en un sentido sólo metafórico o figurado. Ahora bien, en la versión inglesa (y presumiblemente correcta), ese renombre se busca a fin de no ser dispersados por toda la tierra, es decir, a fin de mantener la unidad o evitar la amenazadora desunión. En la Biblia del Oso, en cambio, el propósito ("por ventura") parece el contrario: "nos esparciremos sobre la haz de toda la tierra", de lo cual el beneficio posible sólo podría entenderse como prolongación de la nombradía, divulgación de la gran fama alcanzada, acaso dominación del mundo.
     Pero veamos el siguiente versículo, que relata la meditación de Yavé y por tanto explica, hasta cierto punto, sus motivos para intervenir en el asunto: "Then the Lord came down to see the city and tower which mortal men had built, and he said, 'Here they are, one people with a single language, and now they have started to do this; henceforward nothing they have a mind to do will be beyond their reach'". (Nunca estará de más ver la correspondiente versión de Casiodoro de Reina: "Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno y todos éstos tienen un lenguaje y ahora comienzan a hacer, y ahora no dejarán de ejecutar todo lo que han pensado hacer".) Detengámonos aquí un momento, pues nos encontramos con la segunda mención de la sola lengua de los hombres, y en esta ocasión aparece en boca de Yavé o Jehová, quien la asocia a la capacidad emprendedora de esos hombres, de forma explícita. Su reflexión no es de índole punitiva, como ha establecido parte de la exégesis y ha consagrado la "creencia o tradición popular". En el texto no se lee lo que tantas veces se ha inferido o se ha dado por supuesto luego, a saber: que Yavé viera como acto de soberbia —o de hybris— la construcción de la torre, y que decidiera por ello castigar y escarmentar a los hombres. Esta reflexión muestra de hecho a un Dios extrañamente inseguro o temeroso, y también astuto. Lo que parece preocuparlo o no gustarle, lo que lo lleva a intervenir, es que, "henceforward", "a partir de ahora" o "de ahora en adelante", y si coronan con éxito lo que han comenzado, "nada de lo que se propongan los hombres estará fuera de su alcance". Y el cimiento de esa capacidad que el Señor les reconoce, de esa fuerza, es su tener una sola lengua.
     Y entonces Yavé añade, o se sigue diciendo: "Come, let us go down there and confuse their speech, so that they will not understand what they say to one another". Y a continuación ya sólo viene la constatación, o el relato de la ejecución de lo planeado y meditado: "So the Lord dispersed them from there all over the earth, and they left off building the city. That is why it is called Babel, because the Lord there made a bable of the language of all the world; from that place the Lord scattered men all over the face of the earth". (Y la Biblia del Oso: "Ahora pues, descendamos y mezclemos ahí sus lenguas, que ninguno entienda la lengua de su compañero. Así los esparció Jehová de allí sobre la haz de toda la tierra y dejaron de edificar la ciudad". Y falta el resto.)
     Yavé obra aquí con astucia, he dicho, porque habiendo podido destruir o anegar o fulminar la ciudad y la torre sin más ni más, opta por una vía indirecta —sumamente indirecta, en realidad disimulada— para conseguir que el proyecto fracase, como si no quisiera que se notara su oposición a él, acaso como si no deseara ofrecer indicios de su temor, inseguridad o debilidad. Y esa vía indirecta consiste en atacar la raíz de lo que, según su meditación y criterio, hace poderosos a los hombres sin límite para su poder: la lengua común o lengua única, y por lo tanto la unión y el entendimiento natural entre ellos. Lo que impelía a los hombres a erigir la torre era el temor a acabar disgregados si no lo hacían (con el permiso de la versión ambigua de Casiodoro de Reina, en la que "por ventura" podría entenderse en el sentido de "por si acaso" o "si por azar"); lo que Yavé consigue con su decisión y su astuta o solapada intervención es justamente el cumplimiento de ese temor humano; condena a los hombres a dispersarse y —no como efecto de ello, sino como causa— a dejar de entenderse. La medida es trascendental: no porque se dispersen dejan de tener la lengua común, sino que es por perderla por lo que se dispersan.
     En el texto del Génesis referente a Babel, la confusión y diversificación de las lenguas no se presenta, insisto, como castigo, sino como decisión "defensiva" de Yavé ante los hombres que "de ahora en adelante" no habrían tenido nada fuera de su alcance. Yavé interviene porque se siente amenazado, o quizá percibe que ese pueblo capaz de lograr lo que se propusiera acabaría por prescindir de él. En todo caso, de lo que no queda duda en el mito es de que la existencia de muchas lenguas constituye una maldición y se convierte en un arma infalible contra los hablantes todos. La multiplicidad de lenguas se erige en el mito como una radical desgracia para quienes las tienen y usan, como aquello que los limitará —y de raíz— y conducirá al fracaso sus empresas. Y, lateralmente, se aparece como un hecho o circunstancia "antinatural", ya que es una reacción premeditada de Dios la que altera lo que hasta entonces había habido, lo "natural" por tanto. Y podría por tanto decirse que en cierto sentido el mito de la torre de Babel relata una enmienda o corrección de Dios a su propia obra.
     Si el Antiguo Testamento alberga esta historia, el Nuevo encierra su correlato o complemento, aunque de signo contrario: la historia de Pentecostés, en la que la anulación o cancelación momentánea de la ya arraigada maldición de Babel es vivida como increíble e inexplicable portento: los apóstoles, tras la visita del Espíritu Santo, salen a difundir la palabra de Cristo, y cada oyente (Hechos de los Apóstoles, versión de la Biblia del Oso), "Partos y Medos y Persas y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea y en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en las partes de África que está de otra parte de Cirene y romanos extranjeros y judíos y convertidos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios". Y añade el texto: "Y estaban todos atónitos y maravillados diciendo los unos a los otros: ¿Qué quiere ser esto? Mas otros burlándose decían: Que están llenos de mosto éstos".
     Pero tanto "esto" como "éstos" no son ya de la misma historia. -