Aventuras isleñas | Letras Libres
artículo no publicado

Aventuras isleñas

Cuando alguien me dice: "Patria o Muerte", yo siempre responderé: "Pues, Patria", aunque, la verdad, ninguna de las dos es una opción. Pero tal parece que la consigna todavía alcanza para movilizar a cierta opinión que creyó en la elevación a rango constitucional del "régimen socialista" en Cuba justo en el momento en que se abren a la inversión extranjera de las multinacionales hoteleras, hacen coincidir los ideales de igualdad con el discurso del Papa, y dejan escapar una lágrima por la amistad entrañable con el torturador Fernando Gutiérrez Barrios. Pero no son cosas de las que se pueda hablar abiertamente. Por lo menos, en casa de mi madre, el tema está prohibido antes, durante y después de la sobremesa. Y es que Cuba, su Revolución, Castro y el malecón no son eso, sino lo que quisiéramos que fueran. Es una ilusión que precede a la experiencia y que no se deja desmentir por ella. Es como si, al decir que Santaclós no existe, eliminaras cualquier posibilidad de que la Navidad pudiera volver a ocurrir. "Tú defiendes a Santaclós, pero ve a vivir con los renos", le dije alguna vez a mi madre y me dejó de hablar un mes. Pero no es cosa de ella. Todo el mundo de los sesentas se llama a ofensa y el debate se reduce a estar a favor de una dictadura a cambio de la repartición equitativa de la pobreza, o a favor de que la isla se democratice y quede a expensas de las mafias de Miami. El asunto es tan complicado que es lo más cerca que he estado de vivir en una novela de John LeCarré. Me refiero a la semana en que quise entrar a la isla para escribir sobre el entierro del Che en Santa Clara, hace cinco años. Todas las cartas de diarios y revistas que llevé a la embajada para acreditarme como periodista al acto luctuoso fueron rechazadas:
     —La firma Fulano —me escrutaba el agregado de prensa. —¿Usted sabe quién es Fulano?
     —Un señor calvito —adivinaba yo.
     —Su esposa estuvo implicada en actos de sabotaje en La Habana hace diez años. Es venezolana.
     —¿No me diga? —me sorprendía. —Yo pensé que era de Tabasco.
     —¿Y Zutano? ¿Sabe usted que hace nueve años esta revista publicó un reportaje comprado al Miami Herald?
     —Fue hace mucho.
     —No importa.
     Cuando me interrogó sobre el Departamento de Estado, le hablé sobre el estado de mi departamento, y lo convencí. Agradecido por la acreditación caminé por La Habana sin mirar la prostitución, la militarización de la vida militante, los mercados negros, la escasez, y el tedio. Es sólo una forma posible de la aburrición, pensé. ¿O cuántas elecciones lleva Jean Chrétien en Canadá? ¿Soy cómplice? Nunca he denunciado el estado de los derechos humanos en China y duermo bien. Reproduje así la vieja tradición familiar de ver a Santaclós entrar por la chimenea, aunque vivas en una unidad habitacional. Tras el entierro del Che y los discursos, la noche anterior a mi regreso a la ciudad de México, un hombre al que jamás había visto se me acercó en un restorán de La Habana donde servían hamburguesas de disidente —así de malas— y, sin rubores, me confesó:
     —Se va mañana, ¿verdad? Tuve el gusto de cuidarlo. Buen viaje.
     La truculencia de una de espías tiene, por supuesto, su otra cara. Unos años después, traté de comprar un libro que supuestamente denunciaba los malos tratos del gobierno cubano al grupo de ex guerrilleros de las FRAP de Guadalajara, que llegaron a la isla después de ser canjeados por el cónsul norteamericano, Terence Leonhardy, en 1973. El libro no estaba a la venta en librerías. Tenías que llamar primero a un teléfono en el que te interrogaban de todo y, tras una inflamación de oreja por aplicación del mismo cuestionario una y otra vez, te daban la dirección de una casa en Polanco. Ahí volvían las preguntas, llenabas un formulario, y finalmente pagabas una fortuna por una especie de folleto que anunciaba revistas con direcciones en Miami, Madrid y San Juan de Puerto Rico. Del libro no hay mucho que agregar: unos ex guerrilleros llegan a un hotel de La Habana y nunca los llaman a participar en tareas revolucionarias. Los ignoran. Eso era todo.
     Supongo que esas dos fuerzas fueron las que se enfrentaron hace un par de meses en la presentación de las memorias de Huber Matos. Se colaron unos frenéticos a gritar "Patria o muerte", mientras un disidente subido en una silla gritaba sin variación:
     —Es una dictadura mala, mala.
     El anciano ex compañero de Fidel Castro, encarcelado de 1959 a 1979 en una prisión del régimen, sólo atinó a gritar: "Cobardes, cobardes." En cierto sentido, tenía razón: el que disparó al entrar a La Habana había sido él, Matos, no los chicos vagamente universitarios que lo increpaban como si fuera un ex combatiente de Bahía de Cochinos. Experiencia contra ilusión, como siempre. En todo caso, la gritería fue tal, que el libro jamás se presentó. Y, como en las sobremesas con mi madre sesentayochera, el silencio ganó. No parece éste un tiempo para debatir que con toda seguridad la Revolución Cubana —como todas antes, como cita Monsiváis a propósito del utopista inglés del siglo xix, William Morris— haya llegado al momento de volver sobre sus pasos: "Los hombres luchan y pierden la batalla y aquello por lo que combatieron se realiza a pesar de su derrota, y cuando toma forma es algo distinto a aquello por lo que pelearon. Otros hombres, dándole otro nombre, continúan la lucha por la primera meta." Y yo, que no seré de esos hombres, seguiré respondiendo: "Patria, ¿no?" ~