Avenida las torres | Letras Libres
artículo no publicado

Avenida las torres

Me estaciono en un subterráneo que no suelo frecuentar. Al salir, una serpiente de lámina infinita me amenaza. Paso treinta minutos al calce del coche de enfrente y arrimada a los de junto. No tengo prisa pero sí ganas de llegar a mi casa. Después de varios conatos de choque, logro escapar del circuito de metal caliente. Bajo por una rampa pronunciada en cuyo final hay un agujero al más allá, y caigo.

No consigo seguir de frente, ni dar vuelta en dirección contraria; lo que resta por hacer en el más allá es bordear las zanjas y girar a la derecha. Hacia la derecha, creo, está la avenida aquella que puede acercarme. Doy vuelta. Me encuentro detrás de un conglomerado verde de la Ruta 1. Calculo que mi coche es dos veces y media menor que ese monstruo con la piel rajada. Sigo. La avenida se estrecha como todas las anteriores; vamos los humeantes hacia un embudo con luces alrededor: conos de hule anaranjado que marcan la distancia justa para no caer en un vado que nos saque el aire de las llantas, o resquebraje la suspensión de nuestros chasises. Sigo. Pienso que hago lo indicado: continuar y buscar una señal verde que diga Taxqueña. Veo una y no lo dice, la siguiente tiene una lona negra encima. No puedo leerla. Acelero, me acerco al cristal porque ya no sé si la miopía me traiciona y en realidad estoy en una avenida que conozco. El cristal tiene una costra de aceite y polvo: es el resto de la lluvia que se secó, la porquería que nos llueve. Leo palabras que no entiendo, referencias a sitios lejanos o nunca escuchados. Me detengo. Bajo el cristal que me protege y le pregunto al conductor de junto, tan cerca de mí que percibo su aliento: ¿Hacia Taxqueña? Siga derecho y dé vuelta en avenida Las Torres, luego va a llegar a Osa Menor y ahí se sigue de frente. ¿En Osa Menor de frente? Sí, me responde con una sonrisa.

Hago lo que me dijo. Viro hacia la derecha y veo, al fondo de la avenida, un par de luces de fuego que vienen hacia mí: sentido contrario. Doy media vuelta sobre mis propios ejes. Le pregunto referencias a un hombre delgado que espera algo frente a una puerta descomunal: Siga de frente, me dice: Taxqueña está hacia el otro lado, dé vuelta en la segunda vertiente. Le hago caso.

Una voz dice que los chocorroles Marinela salieron a la calle. No entiendo. Busco música clásica para ver si me serena y no: encuentro un chelo tocado con rabia.

Cuando cruzo la segunda vertiente, caigo a una zanja y el golpe me rebota en la espalda. No puedo seguir de frente porque hay un tráiler atravesado. Me voy por donde puedo: la izquierda. Intento encontrar la Osa Menor, pero no tengo suerte. En la intentona, veo el fondo del camino vacío y algún deseo de soledad me arrastra hacia allí. Entonces, topo con la lateral del circuito que podría haberme llevado a mi casa si no fuera ahora, otra vez, un río de cauce seco. Alguien dice que no habrá agua y tengo sed.

Decido tomar el circuito aunque sea en dirección contraria. Es una avenida que conozco y que me da tranquilidad. Recorro dos o tres kilómetros hasta que logro pasar del otro lado –no sé bien por qué artes pero creo que levanté el coche del suelo. En el salto, un avión descomunal me despeina. Miro a los lados y me quedo pasmada: el río es profundo, en su base varios hombres pequeños se afanan, llevan cascos y chalecos fosforescentes.

Voy ya rumbo al sur. Para confirmar mi ubicación, le hago señas al conductor de junto: lleva la ventana cerrada. Me pregunta con gestos qué quiero, le hago entender de la misma manera que baje el vidrio. Me responde que no. Y vuelve a mirar al frente. Para ese hombre yo soy el enemigo y cada mañana aborda una tanqueta. Un ciudadano promedio; un habitante promedio de este reino.

Confío en el Sur.

La música del coche aledaño, a cargo de un nuevo compañero, me distrae: lo observo, lleva un vaso de unicel de donde sorbe algo de cuando en cuando, sacude la cabeza con suavidad, mira su celular y pica los botones, disfruta ese momento, arriba de su coche hay una fiesta.

Cuando logro tomar avenida Las Torres y admiro las estructuras de luz al centro, que parecen eiffeles de alambre galvanizado, ya ha pasado una hora desde que salí del estacionamiento subterráneo. No voy a llorar, me digo; las torres deben llevar luz a alguna parte. De pronto, un olor intenso invade mi coche: azufre. Saludo al diablo que organizó este reino, con sus subterráneos y sus grietas. Me sumerjo, les hago reverencias a los antiguos habitantes del subsuelo acuoso y abro la ventana. Escucho el rugido de un tigre.

Una voz pudiente dice que acaban de apresar a la Tigresa en Chiapas, la acusan de estafa por algo del Teatro Fru Fru; siempre me gustó ver la fachada del Fru Fru, esa jaula de oro. Tras oír la noticia descubro mis pies cubiertos de lodo, entonces me deslumbra el brillo de un letrero, arrugo los ojos, leo: Río de l-a P-i-e-d-a-d. ~