Autorretrato | Letras Libres
artículo no publicado

Autorretrato

He resuelto volver a trazar este autorretrato, ya dibujado hace años, con dos propósitos, ponerlo al día enmendando algunas pinceladas y situarlo al alcance de la indiferencia de las nuevas generaciones. He aquí la lacónica acuarela.

Me gustan los trenes y los hoteles breves, ver desarrollarse el paisaje en los viajes por tierra y el arroz con chícharos en las fondas mexicanas.

Y el limpio y recién nacido olor del pasto recién cortado, y las grietas del pavimento que yo también evitaba de niño al caminar, el ejemplo de Kant del vuelo de la paloma y los popotes de papel.

Y el solo de flauta al comienzo del Teniente Kijé de Prokófiev, que me trae memoria de alegría infantil, y las puertas ocultas en libreros o chimeneas.

Me gustan la Diet Coke, el queso de Cotija, el vuelo de helicóptero del colibrí y los dibujos de las demostraciones geométricas.

Y los tonos de verde en las translúcidas hojas de plátano heridas por el sol y la Vida del doctor Johnson que a lo largo de la suya propia fue redactando el entusiasta Boswell y el rechinido de la madera de las carabelas en el silencio de la noche, sobre todo en las películas de piratas.

Me gusta sentir en la punta de los dedos la textura de los cuadros y ya he tenido problemas por eso en galerías y museos.

Y las obras de teatro donde aparecen submarinos y la capacidad de exagerar que exhibe la cultura china.

Y el sabor de la alcachofa y la trabajosa manera de engullir las hojas y su forma, que recuerda al pangolín, y decir que algo parece una alcachofa. Y estimar que en una caja de zapatos se guardan hasta 150 metros cuadrados de seda fina.

Y me gustan las escenas con lluvia en los grabados en madera de Hokusai e Hiroshige y el modesto color de las bolsas de pan y el lugar donde se tocan la mandíbula, el cuello y el lóbulo de la oreja, sobre todo en las mujeres.

Y me gustan los anteojos que ven a través de las paredes y las manzanas que todo lo curan y que, una vez mordidas, se regeneran y vuelven a ser como antes eran y los caballos blancos que vuelan y los ríos que hablan y cuentan historias y las islas vivientes, siempre peligrosas, y los genios encerrados en botellas.

Me gustaría que hubiera llantas de colores, sin nada de ese municipal y espeso negro humo de las actuales, y osos enanos y que un iceberg flotara inexplicablemente en una alberca olímpica con trampolín de diez metros y que una de la dramáticas y esforzadas figuras de un cuadro del Tintoretto saltara de la tela al suelo cantando una aria de ópera.

Me gustan los trompos y los giróscopos y los acueductos y las cucharas de madera, y me gusta pasear por malecones al atardecer, bajar las escaleras y la novela El misterio del cuarto amarillo.

Y también me gusta la timidez de los adolescentes, los trapecistas de circo, las ilustraciones donde aparecen pájaros dodo y las peleas de box que gana el que va perdiendo.

Y me gusta inventar silogismos, todos los gordos tienen clorofila, y la rosa de los vientos y los imanes y los diccionarios con entradas como: “Andábatas, gladiadores que en la antigua Roma peleaban con los ojos cerrados, celdas sin visera, juego de muchachos casi como el que ahora usan llamado de la gallina ciega”.

Me gustan las cestas, los quitasoles japoneses, los cántaros con agua fresca y la reticencia apasionada de Fauré, las torres con relojes redondos y los ojillos maliciosos de Charles Laughton, el gran bodoque gesticulante, mi actor predilecto, junto a Louis Jouvet.

Me gustan las jaulas pajareras, el color amarillo huevo, la trenza que usaban los chinos, los pericos, que un horrendo pistolero le diga a otro gángster antes de sacar su pistola Hola, muñeco en un cuento de Chandler.

Y la frase del severo y genial Mondrian “las curvas son demasiado emocionales” y los faros en la playas donde no hay nadie y los majestuosos ceniceros de pie, los clips de colores, las tijeras, la pimienta de grano grueso, el acero inoxidable.

Me gustan las cartas de baraja, sobre todo las antiguas, y me gusta una metáfora donde se use la palabra “escolopendra” y que se aviente arroz en las bodas y cómo se sacuden el agua los perros mojados e imaginar cómo podría ser la tierra si no fuera redonda.

Me gusta tomar complejo B y los caballos de carreras de patas finas y el timbre del violonchelo y Arturo de Córdoba en papel de loco y la manera de caminar de las palomas, moviendo la cabeza hacia delante y hacia atrás.

Me gusta la palabra “pingüino” tanto como el contoneante trozo de realidad que nombra. ~

 

  • Pocas personas hay más queridas y admiradas en el reino de la literatura mexicana que Hugo Hiriart, quien el próximo 28 de abril cumple setenta años en plenitud de sus extraños y seductores poderes literarios. En 2010 publicó uno de sus ensayos más penetrantes y eficaces, El arte de perdurar (Almadía), una pieza polémica sobre por qué Borges y no Reyes se adueñó de la posteridad, tema hugoliano si los hay.