Asuntos generales | Letras Libres
artículo no publicado

Asuntos generales

Está gorda y los tacones no la dejan caminar. Si tan solo pudiera quitárselos un rato, pero no es capaz. No porque la obliguen a usarlos, ni porque la Comercializadora de Pastas y Harinas de Huevo sea un lugar elegante, sino porque sin ellos se sentiría fuera de lugar. Y no es que el licenciado se fije en esas cosas, de hecho es un hombre un poco frío. Sin embargo, para Amparito lo que piense y diga el licenciado es ley. Hace treinta años que trabaja a su lado y el horóscopo ya le ha dicho varias veces: “recibirás un importante reconocimiento”, sin que la predicción se cumpla.

Es muy rigurosa con la mala suerte. El día en que se pinta mal la raya del ojo, se priva de la sal: no hay que sumar catástrofes, ni dejar de ponerse la pulsera de los chinitos un solo día. Se cuida mucho las uñas sin exagerar, porque sabe que el licenciado Villalobos le mira las manos cuando firma los oficios. El ingeniero Zamudio y el contador Alvarado, el que trabaja en el departamento de albúminas, miran las piernas, son vulgares. Pero ella es una mujer grande, con hijos mayores, y agradece que la relación con el licenciado sea de mucho respeto. Así, le lleva diario a las once su café y su Alka-Seltzer y le dice “a sus órdenes” con invariable devoción. No “mande usted”, porque eso es de sirvienta. “A sus órdenes” es mucho mejor, suena más profesional. Tito Andrónico, el joven encargado de la oficina de proveedores, contesta así. Tito Andrónico Ramos, a sus órdenes.

Si le preguntaran al licenciado lo que piensa de Amparito se quedaría pensando y no sabría qué contestar, pues nunca le ha puesto demasiada atención. El licenciado Villalobos ya cumplió los 77 años y es un hombre de palabra, es decir que valora muchísimo las palabras, en particular el dictado. Desde hace mucho tiempo que lo suyo es dictar oficios, memorandos, cuentas, cartas comerciales con aquella hermosa voz de bajo-barítono que a Amparito tanto la subyuga. Después de lo cual dice: entréguese y archívese, siempre con el mismo grado de decisión. Amparito le entrega las cartas ya firmadas a Laurita y a Tito Andrónico, quienes sigilosamente las depositan en la trituradora por órdenes de sus jefes. Ella archiva una copia con esmero y todo el mundo está de lo más satisfecho porque el licenciado suele olvidar lo que dictó y, por lo tanto, no espera respuesta. El ingeniero Zamudio y el contador Alvarado han calculado que, en unos cinco años, el licenciado se retirará voluntariamente: planean remodelar su oficina como bodega. Pero mientras, ¿para qué estropearle el gusto al fundador de la próspera comercializadora? Si quiere venir a dictar, que dicte y sea feliz.

También a su esposa el licenciado le dictaba toda clase de indicaciones para la vida doméstica. Y, algo que nadie sabe, a su amiguita preferida, Concha, quien atiende en un burdel de Tlalpan, le dicta desde hace muchísimos años las instrucciones de lo que van a hacer. Al principio, cuando él y Concha eran jóvenes y fogosos, aquello los excitaba, era el preludio a unos encuentros que a veces superaban la media hora estipulada por el local. Al licenciado no le importaba pagar el tiempo extra: por el contrario, era el premio a su vigor e imaginación, pero más que nada a la potencia de su dictado. Con el tiempo, Concha fue perdiendo sus formas y el licenciado la energía, de modo que el dictado fue ocupando cada vez más tiempo en sus encuentros de media hora. A últimas fechas, desde que se quedó viudo, en varias ocasiones el dictado ha sustituido propiamente al acto. Así, el licenciado dice todas las cochinadas que se le ocurren y alcanza una especie de clímax que ya no se sabe si es físico o mental, luego del cual regresa a la realidad. En realidad, Concha se lo agradece mucho, pues se siente cansada después de tantos años de ejercer su oficio.

De hecho, el licenciado no solo ha perdido la fuerza, sino también parte de su concentración. En algún momento, ha pedido que lo comuniquen con su finada esposa como si estuviera en la casa. En otra ocasión ha dictado un oficio para su querido amigo el arquitecto Buitrón, de la Comercializadora de Lácteos y Embutidos, quien desapareció hace algunos años en el incendio de la aseguradora donde trabajaba. Amparito casi no se da cuenta de estas cosas; mecanografía y archiva todo, pendiente siempre del horóscopo que anuncie sus perspectivas con el licenciado Villalobos, aquel reconocimiento que no se termina de manifestar. Este acude puntual a practicar sus dictados, pero la mente es misteriosa y llega el momento en que se colapsa definitivamente: explosiones neuronales diminutas que cambian el curso de las ideas y confunden a sus destinatarios han comenzado a erosionar, poco a poco, su objetividad antaño a toda prueba. Así, ha comenzado a dictarle también a Concha sus ideas de comercialización y distribución de harinas de huevo. Concha lo toma con filosofía y aprovecha el rato en el que el licenciado habla para tejerle una chambrita a su nieto.

Venturosamente, la confusión tarda mucho más en cruzar la barrera en sentido inverso. ¿Por qué lo hace el día en que Amparito decide que le va a dar un regalo, un detalle para celebrar sus treinta años de jefe y secretaria, a ver si así logra llamar su atención? Misterios del destino. Amparito entra a la oficina del licenciado con su mejor sonrisa y, un poco disimulada tras la libreta, una cajita de Liverpool con un moño azul, y en el interior un cenicero elegante de vidrio rojo. Pero él no le da tiempo de entregarlo. Siéntese y tome nota, por favor. Ella piensa: mejor se lo doy después, con el café. El licenciado comienza su dictado y Amparito escribe las primeras palabras. Después se lo queda mirando azorada, sin poder continuar. El licenciado sigue dictando, una escena algo extraña, en la que Amparito –¿ o será alguien más?– camina alrededor de él sin más ropa que unos tacones tremendamente afilados, para agacharse después y… ¿qué? El licenciado no se detiene e intercala, entre vulgaridades innombrables, palabras vergonzosamente infantiles. Concha ya está acostumbrada, dado su oficio, pero para Amparito es, casi literalmente, la primera vez que escucha algo así. La cosa va subiendo de tono hasta que el licenciado entra en una especie de paroxismo catatónico, luego de lo cual parece descubrir, sorprendido, a Amparito, aferrada a su lápiz y con los ojos como platos. No entiende muy bien lo que acaba de hacer, por lo cual le da la orden terminante a su secretaria: entréguese y archívese. Y tráigame el Alka-Seltzer, por favor.

Amparito ha pasado por toda clase de cosas con el licenciado, desde una vez en que le pidió que le lavara el pañuelo, hasta otra, para ella emocionante, en la que tuvo que practicar con él unos pasos de baile para los quince años de su hija. Pero esto sí que fue muy extraño, sobre todo porque no parecía pensar en ella mientras profería esas palabras tan fuertes. Amparito le lleva el antiácido y no se atreve a mirarlo a los ojos, mucho menos a entregarle su cenicero rojo. Mecanografía de memoria el dictado del licenciado quitando las peores partes, tan solo por si se lo llegara a pedir, pero no se atreve a entregárselo a Laurita, mucho menos a Tito Andrónico Ramos, y decide no llevárselo a firmar. Lo archiva en el rubro “asuntos generales”.

Al ver que esta conducta no se repite en varios días, Amparito piensa que quizá su jefe tiene algún problema con la edad, y el día en que vuelve a suceder, a juzgar por los ojos en blanco del licenciado y su cara como de ido, se da cuenta de que no es ella la destinataria de aquellas obscenidades que por otra parte no varían mucho: los tacones, el agacharse, el otro asunto. No comenta con nadie lo que está pasando; sería incapaz de ensuciar la imagen de un hombre venerado por toda la oficina. Un día se confiesa a sí misma que por el licenciado sería capaz de llegar hasta la ignominia, si fuera necesario, y cada vez que archiva en silencio aquellos documentos en el rubro “asuntos generales” se felicita por su paciencia, tolerancia y fidelidad, luego de lo cual lee su horóscopo en la revista: “En las últimas semanas has dado un gran paso; tu constancia recibirá su recompensa”. Sin embargo, más adelante, ya un poco acostumbrada a que el licenciado pierda de vez en cuando la compostura, una vez que sale del trance y le ordena que entregue la carta, al llevarle el Alka-Seltzer se le ocurre preguntar a quién está destinada y el licenciado, que no recuerda nada, le responde lo primero que se le ocurre: al arquitecto Buitrón, por supuesto.

Eso es algo que Amparito no esperaba de ninguna manera y casi se desmaya. ¿Habrá en todo esto un fondo de verdad? ¿Estará manifestando aquel gran hombre algo que mantuvo en secreto durante muchos años? Por lo pronto, Amparito se explica el afán de enviarle cartas al arquitecto fallecido e incluso empieza a preguntarse si las reuniones a puerta cerrada con Tito Andrónico no habrán sido otra cosa. La pobre vive una crisis, su admiración se derrumba. Por lo pronto, ya no usa tacones para ir a la oficina, pues de alguna manera, la verdad es dura, no tiene caso. Más decepcionada aún que cuando su hija se fugó con un pianista, va presenciando cómo el licenciado, paulatinamente, entra en la demencia absoluta y empieza a mezclar diversos tipos de indicaciones en sus dictados, por ejemplo: podemos aumentar la producción de albúminas en un treinta por ciento si usted me la chupa con esos tacones y le dice al jardinero que no deje salir al perro. Y el licenciado lo dicta todo a los cuatro vientos, en cualquier lugar y a quien se deje.

Ante estas muestras de franca locura no queda sino mandar llamar al hijo mayor que vive en Estados Unidos, el cual interna inmediatamente a su padre en una residencia para ancianos. El despacho del licenciado es convertido en bodega y Amparito se jubila por fin, sin haber recibido el ansiado reconocimiento. Sus hijos no terminan de entender por qué no está contenta de descansar por fin con los suyos. Aun así, sigue usando su pulsera de la suerte y a veces va a ver a su antiguo jefe, quien dicta sus cosas desde un reposet a las enfermeras. En el fondo, hubiera querido ser tan amada como el arquitecto Buitrón, a quien el destino reservó la muerte entre las llamas. ~