Arte de nuestra América | Letras Libres
artículo no publicado

Arte de nuestra América

En la fructífera tradición de unidad latinoamericana a través de la cultura se inscribe el esfuerzo de FEMSA, una empresa mexicana que se ha caracterizado por su sensibilidad social y empeño educativo, pero que en décadas recientes ha incursionado en el ámbito de las artes plásticas. La cristalización de esto es la segunda edición del catálogo Latinoamericano. Arte moderno y contemporáneo. Colección femsa.

¿Qué me sorprende al recorrerlo? Su osadía. No hay en él una sola pieza convencional. Quien espere encontrar, por decir algo, ejemplos habituales del muralismo mexicano saldrá decepcionado (o, si es más agudo, gratificado), porque la colección no tiene un propósito pedagógico (menos aún propagandístico) sino artístico. Los grandes maestros están presentes pero la obra que se eligió de cada uno no es representativa sino excepcional: ilumina una zona menos conocida y más sutil.

El Diego Rivera que presenta la colección no es el idílico pintor de los alcatraces o la Arcadia indígena sino el fugaz cubista retratando en 1914 a un “grande de España”. Siqueiros no es aquí el impetuoso pintor de la masa revolucionaria sino el amante sensual de una mujer dormida, casi una odalisca, en inquietantes tonos rojos y verdes. Solo José Clemente Orozco corresponde directamente al inmenso pintor del drama humano que conocemos (más agudo y conmovedor, y más desesperado que sus contrapartes en el expresionismo europeo), pero su cuadro es como la suma individual y perfecta de su obra: un hombre (un indígena en la Conquista, un peón revolucionario, un combatiente más) atravesado por la lanza de la muerte, con las manos implorantes y un rostro en el que cabe toda la angustia del siglo XX.

¡Qué acierto buscar las obras no canónicas de los artistas! Del Dr. Atl no están los consabidos volcanes sino un maizal que danza y brilla como oro vertical frente al macizo verde de una montaña; el elegante retrato de Gabriel Fernández Ledesma de Roberto Montenegro es, en sí mismo, una biografía de aquel enigmático pintor; los óleos de algunos (mal llamados) epígonos del muralismo muestran justamente la injusticia de su mote: el estoico rostro indígena en la tela de Ramos Martínez, las gauganianas mujeres de Cordelia Urueta, las insondables barrancas de Oblatos de Orozco Romero, las precisas coliflores mexicanas de Olga Costa.

Estoy convencido de que la excentricidad es deliberada, y la celebro: el Ángel Zárraga que aparece no es el de los rubicundos futbolistas de ambos sexos sino un reflexivo arlequín; el Tlacuilo II de Gunther Gerzso no es multicolor sino una sutil geometría en verde; el Pedro Coronel es un rojo que estalla de alegría; el Von Gunten, unas acuosas y extrañas larvas. La arquetípica “T” de Vicente Rojo es de un bronce antiguo, como de una puerta medieval, mientras que las serpentinas de Felguérez son de un metal distinto y reluciente, plata o platino. ¿Y qué decir de las olas concéntricas de Kazuya Sakai (de recuerdos imborrables: jefe de redacción de la revista Plural)? Y sigue la fiesta: el inmenso panel de reminiscencias mayas de Carlos Mérida; la fluidez sobrenatural de los vivaces objetos de Roberto Matta; la siesta tropical (con ojos abiertos) de Wifredo Lam; el tablero geográfico e histórico (existencial) de Joaquín Torres García; y ese conmovedor Cuevas cuyo negrísimo gabán –contrastado con su rostro de joven viejo– recuerda los grabados de Goya o Rembrandt.

Imposible describir tantas obras memorables: inteligente pluralidad de géneros. Una riquísima variedad de piezas hace honor a la escultura y a la más reciente expresión del arte contemporáneo, que recompone el mundo (o lo descubre) a través de objetos cotidianos. Caprichosamente, elijo mi favorito: es Puerto cerca de La Guaira, del venezolano Armando Reverón, paisaje en color sepia de una tarde o un amanecer en que la bruma se alza o se desvanece (es lo mismo): el triste malecón, un blanco y modesto caserío, los maderos del viejo muelle, olas lentas a punto de estallar, levísimos resplandores marinos, nubes de arena, y un marco extraño hecho de minúsculas ramas entretejidas con bejuco, como recolectadas en aquella playa de soledad.

Imágenes propias de una América que, a diferencia del mundo, y a pesar de sus desdichas, todavía canta, baila y escribe, todavía prodigiosamente imagina, esculpe y pinta, con una vitalidad inagotable. Un día en la vida de ese milagro es el que ofrece este catálogo. ~