Alexis Argüello (1952-2009) | Letras Libres
artículo no publicado

Alexis Argüello (1952-2009)

En The Sweet Science dice A.J. Liebling que el artista –y en su opinión el boxeador es, por supuesto, un artista– requiere de una “cuota razonable de sufrimiento” para ejercer su oficio.

¿Qué tan razonablemente sufrió Alexis Argüello, el hombre que se mató con un tiro en el pecho el pasado primero de julio? No es fácil decirlo: fue una vida de luces y sombras. Nació en Managua. Su familia fue lo bastante pobre como para que se decidiera a vivir de los guantes, pero lo bastante cuerda como para que no quemara su adolescencia en el presidio o las adicciones, a la manera de Tyson o Sonny Liston. Se fogueó durante dos años en el rigor austero del amateurismo, desde los 14 hasta los 16, cuando por fin, según le contó a Peter Heller (“In this Corner...!” 42 World Champions Tell Their Stories), ganó sus primeros siete dólares. Perdió su casa en el terremoto del 72, aunque pudo construir otra porque a esas alturas el boxeo le dejaba algunos córdobas en el bolsillo a fin de mes, algo de lo que no podían presumir muchos compatriotas.

Aún no era millonario, pero parecía destinado a serlo. En 1970 apareció por Managua un tal Rubén Púas Olivares. Argüello se empeñó en fungir como sparring del mexicano y consiguió cimbrarlo en el primer round con un fuerte derechazo, a cambio de la subsecuente, inevitable golpiza. A esa pelea siguieron varias otras, ya oficiales, que concluyeron con el campeonato nacional. Luego empezaron a llegarle los rivales de otros países, incluidos quince mexicanos, todos salvo uno derrotados por ese joven espigado y fibroso que pegaba como patada de burro. Por fin, tumbó al canadiense Art Hafey, que le cedió el camino para perder la pelea por el campeonato mundial contra Ernesto Marcel, en febrero del 74. Y entonces, como en una película con mal guión, se cerró un ciclo y se abrió otro, como para que no se le olvidara que estaba destinado a una vida de bandazos.

El que se abrió fue un ciclo boxístico, un ciclo feliz. En noviembre se enfrentó de nuevo al Púas, esta vez por el campeonato de los pluma. Durante trece rounds, Olivares cabeceó con elasticidad y rapidez, bloqueó rápido y fácil, encimó con astucia a un contrincante que le sacaba doce centímetros. Si se resolvía por decisión, la pelea no dejaba dudas. Pero al Púas lo del entrenamiento nunca se le dio bien y las fuerzas empezaron a abandonarlo. Por fin Argüello conectó un derechazo y puso al campeón en la lona. Un segundo golpe, instantes después, le dio el campeonato por nocaut técnico. Se graduaba uno de los grandes boxeadores de la siguiente década, el que ganó 82 peleas de 90 y dominó tres categorías. Un fajador temible al que sin embargo se recordó siempre como a un caballero incapaz de truculencias en el ring o resentimientos fuera de él, como demuestra su amistad con el Púas, su víctima, pero también con Aaron Pryor, que lo venció.

Sin embargo, no tardó en abrirse el otro ciclo, el negro, el de la política. Tras el combate, Olivares se le acercó, lo felicitó y le aseguró que lo recordaba, que ya el día del sparring supo que estaba frente a un campeón y que si entonces no se lo dijo fue para evitar que se “volviera loco” y se torciera su camino. ¿Le habrá llamado la atención el atuendo de Argüello, a él, no ajeno a las veleidades de la política? El nuevo campeón vestía una bata roja y negra con las siglas del Frente Sandinista. El porqué es un misterio que anuncia, justamente, un camino que se tuerce. La guerrilla estaba todavía a tres años de hacerse con el poder, pero iba bien encaminada. Quizás Argüello supo entenderlo y, precavido, decidió mandar un mensaje amistoso. De nada le sirvió. Ya en el poder, el sandinismo expropió sus propiedades y cuentas de banco como represalia por haber desfilado con la Guardia Nacional, a mayor gloria de Somoza, en 1975.

Su respuesta fue dramática. En 1983 dejó a su familia en Miami para irse a pelear con Edén Pastora. Fue una experiencia breve, porque descubrió pronto que la Contra y los sandinistas competían en “brutalidad”, pero bastaría para desencantarlo de cualquier militancia... por un rato. Debido a un problema cardiaco, o así lo declaró, abandonó el boxeo en 1986. Llegaron entonces las sombras, ya sin muchos paliativos. Como al personaje que interpreta Anthony Quinn en Requiem for a Heavyweight, lo que derrotó a Argüello fue la jubilación. Tenía 34 años, mucho dinero y ningún oficio. En la entrevista con Heller, de ese año, insiste demasiado en su determinación de sobrevivir, en que la vida está llena de posibilidades, en que los abusos con la coca han quedado atrás. Desde luego, esa insistencia oculta una melancolía no ajena al resentimiento. Argüello se despacha con los sandinistas, pero también con la Contra, la corrupción que permea al box, la miseria que inunda a su país: un mundo negro. Habla de crear un sindicato de peleadores, pero también de su amor por los pobres y de meterse a la actuación. Conforme al cliché, intentó volver varias veces al cuadrilátero. Acabó en la política, y donde menos podría esperarse.

En 2004 el mismo Caballero del Ring que había extendido su espíritu de cruzado a las colinas nicaragüenses para defender a su país del comunismo apareció en las boletas como candidato a vicealcalde de Managua por los sandinistas, y no precisamente en el momento más cristalino de su reputación. Lejos estaban los tiempos en que The Clash cantaba a la pureza de los arcángeles guerrilleros. Daniel Ortega, acusado de corrupción y abuso de menores, había vuelto al poder no por un halo de santidad renacido, sino por la desesperación del votante, los fracasos de sus antecesores y el dinero venezolano. El ex guerrillero apeló al más querido de los deportistas nicaragüenses, que, no tan sorpresivamente, aceptó su oferta. Ortega necesitaba una dosis de legitimidad popular; Argüello, ocupación y baños de multitud: un poco de luz. Un matrimonio de conveniencia que acabó mal.

En noviembre de 2008 el campeón se hizo con la alcaldía de Managua tras unas muy turbias elecciones. Mordió más de lo que podía masticar. En la calles se multiplicaron los chistes y los insultos por las cuotas de ineficacia y abuso de poder alcanzadas en su administración; los comentaristas se referían cada vez más abiertamente al tonto útil de Ortega, al títere. La presión le dio para aguantar cinco meses: el hombre que años atrás pidió que le “escupieran la cara” si volvía a la política decidió no esperar un nuevo ciclo y se aplicó un castigo mucho más cruel.

Como pago a sus lealtades, el gobierno sandinista decretó tres días de duelo. Más importante, sin duda, le hubiera resultado ver a la multitud que perdonó sus veleidades políticas y siguió a su ataúd por las calles. La jubilación lleva a muchos deportistas a la tribuna política: ahí está el mesianismo populista de Maradona o el desbarrancamiento electoral de Carlos Hermosillo. A diferencia suya, ambos, sin embargo, han sobrevivido a ese escenario. No es difícil entender por qué: la política latinoamericana no es propia de caballeros. ~