Akademgorodok, de Pablo Ortiz Monasterio | Letras Libres
artículo no publicado

Akademgorodok, de Pablo Ortiz Monasterio

En 1957 la ciencia soviética colocaba en órbita el primer Sputnik. Unos meses después, el proyecto Vanguard de los Estados Unidos, que tenía el mismo propósito de colocar en órbita una luna mecánica, fracasaba estrepitosamente. El proyectil que habría de despegar de Cabo Cañaveral no se elevó ni un centímetro. Unos segundos después de la ignición, se desplomó para desintegrarse entre las llamas. El contraste entre los lanzamientos marcaría la historia y, sobre todo, la mitología de la Guerra Fría. La Unión Soviética se adelantaba en la carrera hacia el futuro. El planeta parecía estrecho para la patria del proletariado, dispuesta ya a conquistar el espacio. Un par de años después del lanzamiento del satélite, Nikita Jruschov le advertía al vicepresidente Nixon que pronto el comunismo triunfaría en todos los ámbitos de la vida: desde los viajes espaciales hasta los refrigeradores. Es interesante ver el famoso debate entre el premier soviético y el político californiano conocido precisamente como el “debate de la cocina”: Jruschov llevaba a la polémica el programa espacial; Nixon presumía la televisión a color que estaba registrando la discusión. La ingeniería era el verdadero coliseo de la competencia histórica: la confianza de cada régimen no se expresaba como seguridad en su filosofía o en sus valores; no era una apuesta por el vigor de su economía, era confianza en su ciencia, en su técnica. Fe en los ingenieros.

De esa afirmación proviene el empeño de levantar, en el corazón de Siberia, un monasterio de técnicos, una ciudad para la ciencia: Akademgorodok. En el proyecto de su creador, el matemático Mikhail Lavrentiev, puede percibirse un eco medieval, universitario: apartar la inteligencia de la presión de lo cotidiano, amurallar la investigación para que florezca sin obstrucciones. Para habitar Utopía habría que levantar, primero, este paraíso de los científicos. Lejos de Moscú y de Leningrado, el frío siberiano cobijaría las mentes más brillantes del imperio soviético, permitiéndoles una entrega a la ciencia sin preocupaciones materiales y (por lo menos en principio) sin presiones políticas. “En breve –se decía en la fundación del campus– Siberia será la capital mundial del conocimiento científico.” Decenas de institutos, cerca de 30,000 científicos girando alrededor de laboratorios, pizarrones y bibliotecas. La ciudad universitaria no padeció las estrecheces del entorno. La chequera de Jruschov no tenía límites cuando se trataba de pulir su joya. Diseñado para mostrar el poder del experimento soviético, terminó descubriendo su fragilidad. La ciudad, efectivamente, le abrió espacios a la discusión, a la crítica, a la libertad. Ahí trabajó Andréi Sájarov, investigando desde los átomos hasta los quarks. Su trayecto científico es emblema de una evolución intelectual que es, en realidad, una transformación moral: de las bombas al pacifismo. Ahí abogó, ante Brézhnev, por los disidentes y sufrió las consecuencias del atrevimiento. Ahí escribió su ensayo “Progreso, coexistencia pacífica y libertad intelectual”, donde pide la salvación del socialismo poniendo fin a la dictadura de partido. La libertad para obtener y compartir información, la libertad para debatir sin miedo, la libertad frente al prejuicio y los dictados del poder eran vitales para la sobrevivencia de la humanidad. En su centro de economía, disciplina que algunos creen científica, los profesores Aganbegián y Zaslávskaya advirtieron que la comprensión de la realidad económica de la urss exigía apartarse de la ortodoxia marxista. Sus tesis tendrían un efecto definitivo en la perestroika. Gorbachov traería de Siberia a sus principales asesores económicos.

El mercado que se abrió paso tras de la muerte de la Unión Soviética ha sido menos generoso con esta fortaleza. El presupuesto público dedicado a la ciencia se encogió dramáticamente. ibm e Intel son los nuevos patrones. La mitad de los científicos ha abandonado la ciudad. Algunos de los que se han quedado han tenido que darle un giro a su oficio: los expertos en electrónica venden juguetes en el mercado, los biólogos cultivan hortalizas.

Pablo Ortiz Monasterio se topó con la Akademgorodok sin buscarla. Iba a Siberia a fotografiar chamanes y se encontró con físicos de partículas. El cuento es curioso. Putin, nostálgico de aquellas glorias de imperio, sería anfitrión de la Cumbre del g20. Para entregar a sus colegas un obsequio que capturara el esplendor de la gran Rusia, los organizadores convocaron a un grupo de fotógrafos para documentar su rostro y su paisaje. Al recibir la invitación, el admirable fotógrafo de los huicholes supo bien que no quería registrar las viejas ciudades europeas: quería encontrarse con lo más remoto: Siberia.

La palabra “chamán” nace ahí precisamente, en boca de pastores de renos. Siberia es el sitio en el planeta con mayor concentración chamánica. La conexión con el trabajo previo de Ortiz Monasterio era muy evidente: las ceremonias, los ritos, los cantos, los conjuros de huaves y tarahumaras pueden verse como descendientes remotísimos de los chamanes siberianos. Tras horas y horas de viaje, el fotógrafo llegó a Siberia. Su guía lo llevó a un auditorio. Nada lo cautivó de ese encuentro: parecía otro lugar común de la arquitectura soviética. Lo que no anticipaba era lo que se escondía detrás de esas paredes ordinarias. Los laboratorios de una utopía congelada. Al entrar al primero, lo sedujeron las máquinas. Gigantescas y fascinantes esculturas. Cables fosforescentes, pantallas y teclados de otra era, tubos humeantes, agujas que miden el misterio, colores impensables, turbinas, peceras, matraces.

rm y Conaculta han publicado las fotografías que Pablo Ortiz Monasterio tomó en el claustro de la ciencia soviética. Era, hasta ese momento, una tierra desconocida a la lente. La muralla de la ciencia también cerró el paso a los hombres con cámara. El fotógrafo es siempre un intruso, un fisgón impertinente. Esté con brujos o con ingenieros, el fotógrafo invade. Los científicos rusos, habituados a su cápsula, no querían ser retratados. En las granulosas imágenes sin pie de foto que se publican en el libro las figuras humanas aparecen por ello como cuerpos huidizos, fantasmales, miradas hoscas y pies en movimiento. El fotógrafo no tuvo tiempo para planear ángulos y luces. Fotografía al paso los pasillos y las bóvedas, cargando en el costal de su cámara imágenes que descubriría tiempo después. Fotografiaba como ciego, dice. Ortiz Monasterio sabía que estaba frente a un mundo que sus ojos no podían entender... pero la cámara sí.

En las fotografías se puede escuchar un silencio denso y mecánico, se puede ver el polvo y el óxido. No se asoma la blancura purísima de los laboratorios de la imaginación cinematográfica sino la maravillosa paleta de otra era. Cabina de verdes suaves, paredes de amarillos intensísimos, tubos rojos, columnas moradas, focos naranja. Maraña de grises, mosaico de azules. Más que a un laboratorio, las imágenes nos transportan al hermetismo de un submarino, el encierro de grutas profundísimas. No se asoma el sol por ningún lado, no sopla el viento. ¿Vivirán bajo tierra estos chamanes que juegan con la arena subatómica? ~