Adiós a Martínez Verdugo | Letras Libres
artículo no publicado

Adiós a Martínez Verdugo

Me ha conmovido profundamente la muerte de Arnoldo Martínez Verdu- go, que ocurrió mientras me hallaba de viaje fuera de México. A mi regreso me encontré con la mala noticia del fallecimiento del político que me ayudó a superar el dogmatismo que empapaba a la izquierda mexicana de los años sesenta, y que además fue el amigo que con su calidez e inteligencia me impulsó a buscar nuevos caminos. Siempre apoyó mis a veces inoportunas ideas y me instigó a expresarlas abiertamente. Creía en el debate y la apertura, en la flexibilidad y la innovación.

Desgraciadamente, todavía no ha aparecido el historiador o el politólogo que emprenda un estudio biográfico de Martínez Verdugo, cuyo papel democratizador está en la línea de Enrico Berlinguer y de Santiago Carrillo. Quien haga su biografía encontrará que detrás de su carácter sobrio se esconden claves fundamentales para entender la evolución de la cultura política mexicana. Arnoldo nació en 1925 en un pequeño pueblo sinaloense, hijo de una familia de agricultores. Su vida es una muestra ejemplar de las vicisitudes de la izquierda para ocupar un espacio en la vida política mexicana. Muy joven se fue a la ciudad de México, para trabajar en la fábrica de papel San Rafael y estudiar pintura en La Esmeralda. Durante años militó en un partido comunista dominado por el estalinista Dionisio Encina, hasta que el propio Arnoldo encabezó la versión mexicana del deshielo político y llegó a la secretaría general del PCM en los años sesenta del siglo pasado.

Durante esos años la izquierda en México inició un proceso de reflexión que la llevó a impulsar decididamente la transición democrática. Se dice fácilmente ahora, pero en realidad el proceso fue largo, difícil y penoso. Había dos formidables obstáculos: el dogmatismo marxista y el nacionalismo revolucionario. La izquierda comunista dogmática creía que la democracia formal no era más que una superestructura política del modo de producción capitalista y denunciaba su carácter “formal” y “burgués”. La “verdadera” democracia debía tener una expresión socialista y por lo tanto ser una forma de la dictadura del proletariado a la que se había referido Marx. La izquierda nacionalista, por su parte, en la línea populista expresada por Lázaro Cárdenas, estaba convencida de que la democracia representativa era propia de países industriales desarrollados y que en las condiciones de atraso de un país tercermundista eran necesarias otras formas de representación popular acordes con las peculiaridades nacionales. El marxismo dogmático y el populismo nacionalista constituían un gran obstáculo para entender la enorme importancia de impulsar una transición política a la democracia.

El gran impulso para romper los viejos esquemas provino inusitadamente del lugar menos pensado. En la historia de la izquierda mexicana Arnoldo es un personaje olvidado por muchos y que sin embargo constituye una pieza clave para entender la transición a la democracia. Fue el dirigente comunista que, en agudo contraste con la tradición estalinista, renunció a ser objeto de cualquier clase de culto a la personalidad y se escondió detrás de la máscara gris y opaca de su posición como secretario general del partido. Acaso por su carácter, y porque muchos quieren olvidar que la democracia en la izquierda creció en el contexto inhóspito del dogmatismo leninista, este político ha sido injustamente borrado de la memoria colectiva. Yo quiero repetir que, durante mi larga época de militante, pude sobrevivir a las inclemencias de la política gracias al apoyo y a la amistad de este singular personaje. Arnoldo Martínez Verdugo escapó de las viejas cavernas dogmáticas para convertirse en el candidato a la presidencia que en 1982 logró convocar a cientos de miles de personas en un gran mitin en el Zócalo. Durante aquella campaña electoral una parte de la izquierda comprendió la importancia cardinal de alcanzar esa democracia que solía despreciarse como “formal” o “burguesa”. No puedo menos que sentir cierta añoranza por aquel “Zócalo rojo”, como se le llamó con entusiasmo, después de ver los lamentables simulacros de democracia que otros han oficiado en el mismo lugar. A Arnoldo, candidato del psum, le reconocieron poco más de 820 mil votos (el 3.48%). Aunque en aquellas elecciones el fraude fue descomunal –como lo había sido hasta entonces y seguiría siéndolo durante varios lustros– quedó claro que se había abierto un nuevo camino para la izquierda y para el país.

Cuando conocí a Arnoldo en 1961 él era un joven dirigente político de unos 36 años y yo un adolescente tercamente aferrado a ideas revolucionarias recién adquiridas, que venía de un frustrado grupo con inclinaciones guerrilleras encabezado por Rubén Jaramillo. Para mi sorpresa, Arnoldo fue un bálsamo que me hizo meditar y me abrió puertas que no había vislumbrado. Me asombró ver que la intelectualidad comunista era mucho más dura y dogmática que el máximo líder del partido, a quien a veces tildaban de pragmático. Muchos recuerdos de aquella época me asaltan, pero hay uno que quiero mencionar brevemente. Todavía tengo en la memoria la ocasión en que Arnoldo me invitó a comer con Rodney Arismendi, el famoso dirigente comunista uruguayo que pasaba por México; nos reunimos los tres en un pequeño restaurante cerca del monumento a la Revolución. A Arismendi le hice la típica y tonta pregunta: ¿cuál es el deber principal de un estudiante comunista? Me contestó enfáticamente: ¡estudiar!, lo que me dejó azorado. Arnoldo, al ver mi sorpresa, apoyó lo dicho por Rodney y destacó la importancia de los debates en el mundo de las ideas. Yo esperaba, por supuesto, que me dijeran que nuestro deber era hacer la revolución y que me explicaran cómo llevarla a cabo. Gracias a Arnoldo fui a lo largo de esos años comprendiendo que la revolución debía ocurrir en nuestras ideas y que debíamos optar por la democracia. Quiero recordar también que veinte años después Arnoldo apoyó decididamente la línea iconoclasta y crítica de la revista que yo dirigía, El Machete. Las ideas de Arnoldo fueron decisivas en la posición crítica del PCM ante la invasión soviética a Checoslovaquia y en la independencia que mantuvo este partido ante la urss. Cuando defendí mi idea de que Octavio Paz formaba parte del universo de la izquierda, Arnoldo me apoyó decididamente y me alentó a buscar un diálogo con el gran poeta.

La mutación democrática de la izquierda había comenzado en el espacio de su fuerza política más importante, el partido comunista. Y esta mutación, que acabó extendiéndose a casi toda la izquierda, fue auspiciada por Arnoldo, quien impulsó cambios que provocaron que el PCM se encaminase decididamente a su disolución y a su fusión con otras fuerzas políticas. Ese impulso culminó en lo que hoy es el PRD. Sin embargo, poca gente en el PRD reconoce hoy la gran trascendencia de este proceso y la importancia de quien lo encabezó. La desconfianza en la democracia representativa fue (y sigue siendo) muy grande. Los dirigentes más conocidos de las corrientes no comunistas se resistieron mucho a aceptar las nuevas perspectivas. Líderes como Heberto Castillo, Rosario Ibarra, Demetrio Vallejo, Alonso Aguilar o Rafael Galván –por diferentes motivos– fueron aceptando con reticencias y paulatinamente el papel clave que debía representar la democracia en la caída del antiguo régimen. Resistencias similares fueron manifestadas por varios dirigentes del PCM, como Valentín Campa, Ramón Danzós Palomino y Othón Salazar. Pero al final el partido comunista cambió sustancialmente, desechó las rancias tesis marxistas-leninistas, eliminó la dictadura del proletariado de su programa y colocó a la democracia en el centro de su lucha.

Visto en perspectiva podemos apreciar la excepcionalidad del proceso que provocó en la izquierda mexicana una mutación democrática. Estoy convencido de que la clave de esta transformación se encuentra en Arnoldo Martínez Verdugo, el líder político que, desde la estructura burocrática del PCM, logró provocar un giro extraordinario en las tendencias de la izquierda. Debido a ello, cuando el PRI se fracturó, la corriente encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas encontró en la izquierda independiente buenas condiciones para desarrollarse. Este caldo de cultivo fue fundamental y sin él el cardenismo habría tenido muchas dificultades para expandirse. Es muy triste que el PRD lo haya sacado de su consejo nacional y después lo haya rechazado como consejero emérito. Con toda razón Miguel Ángel Granados Chapa se refirió a ello como “un acto lamentable de amnesia moral, de deslealtad al origen, de mezquindad”. Acaso esta amnesia ha contribuido a que el PRD no haya logrado decantar con solidez una alternativa y convencer a suficientes ciudadanos para obtener un triunfo electoral que le abriese paso a la presidencia. El antídoto para frenar y canalizar creativamente las tendencias populistas que tanto han dañado a este partido se encontraba simbolizado en Arnoldo Martínez Verdugo, que a fin de cuentas es lo más cercano a la socialdemocracia que ha tenido la izquierda mexicana. No se supo aprovechar este legado y ahora podemos lamentarnos por el curso que tomó la izquierda en México. Pero, más allá del lamento, yo espero que el recuerdo de Arnoldo sea un motivo de reflexión que impulse nuevas ideas y nuevas fuerzas. ~