Acerca de nada | Letras Libres
artículo no publicado

Acerca de nada

¿De veras?, ¿puede hablarse de nada? En sentido figurado, es decir, de nada en particular, de lo que sea, es lo más fácil; en sentido estricto, hablar de nada es imposible. De la nada, ¿qué dices? No, de la nada, nada puedes decir. Pero hay grados, podríamos decir tipos de nada. Hay una nada tratable y hay otra atroz, intratable. Examinemos un poco la estética de la primera.
     El pintor Edward Hopper declaró que se había pasado la vida pintando cómo pega el sol en las bardas. Los surrealistas, refugiados por la Segunda Guerra en Nueva York, lo consideraron, sin embargo, uno de los suyos. Sin duda porque sus cuadros sugieren, como las plazas metafísicas de Giorgio de Chirico, algo que está ahí, una especie de presencia, que no se manifiesta rotundamente. Por ejemplo, algo que acaba de suceder, o una inminencia, algo que va a suceder. De esa manera Hopper introduce el tiempo, el antes y el después, en la perpetuidad inmóvil del cuadro.
     Pero esa forma de nada suave, tratable, que podríamos llamar "ausencia presente" no se da sólo en el antes y el después de un cuadro, sino de muchas otras formas, algunas triviales, otras no tanto. Un ejemplo modesto: entras a un café donde te citaste con un amigo, tu amigo no está, percibes que no está, es decir, percibes una especie de nada, es decir, el hueco de su ausencia.
     En literatura el procedimiento de la ausencia presente opera de otro modo. Simon Leys, con su puntería habitual, recuerda que Proust admiraba, más que ningún otro momento en el estilo de Flaubert, el uso magistral de cierto punto y seguido en La educación sentimental.
     Es así: Flaubert ha descrito minuciosamente, en muchas páginas, los movimientos de Frédéric Moreau. Entonces nos cuenta que Frédéric ve a un policía que carga contra un rebelde que cae muerto. "Y Frédéric con la boca abierta reconoce a Sénécal". Viene entonces el celebrado punto y seguido y, sin la menor transición, de pronto pasan no segundos ni días, sino años, decenas de años: "Viajó. Vino a conocer la melancolía de los barcos de vapor..." Es decir, "Frédéric con la boca abierta reconoce a Sénécal. Viajó. Vino a conocer la melancolía", etc. ¿Y qué sucedió en el lapso? Flaubert lo calla, no nos dice nada. He ahí un uso feliz de ausencia presente.
     Wittgenstein identificó el procedimiento: puedes entender mi libro (el Tractatus) de dos modos, escribe a un amigo: fijándote sólo en lo que está, lo que dice, o fijándote sólo en lo que no está, en lo que calla. Y, claro, no sólo el Tractatus, cualquier estilo, puede captarse atendiendo a eso, a cuándo dice y cuándo calla.
     La estética de los chinos preconiza el mismo procedimiento: para que todas las yerbas estén en un jardín han de estar por entero ausentes. Un jardín zen, poblado sólo con arena y unas cuantas piedras, es así. Es el arte de darle la vuelta a los conceptos: en el arriba, está el abajo, en el triunfo, el fracaso, en la luz, la oscuridad. En el Tao inimaginable, los contrarios se identifican. La dialéctica celebrada en los chinos es este brinco constante al contrario. No puedes pensar la tierra sin pensar el espacio que la circunda, hay que avanzar, por eso dice Ortega que la dialéctica es la obligación de seguir pensando. De esta manera todo se llena de presencias ausentes.
     Para dar la montaña entera, el pintor chino la oculta en la nube. Sugerir con el pincel caligráfico es siempre mejor que detallar: el espacio vacío es tan importante como el ocupado. En la música y en la conversación, como percibimos antes en la literatura, el silencio, que es presencia ausente, cuenta tanto como las notas o las palabras.
     Eso en cuanto a la nada tratable. La nada intratable es, en cambio, el concepto más aterrador que puede pensarse. Es un vacío silencioso ilimitado e irrepresentable: no hay siquiera alguien para pensarlo. No hay ningún atributo, ningún movimiento, ninguna ley, ninguna palabra que le pueda convenir. La confusión es completa. Da la idea de que la nada estricta sería, de verdad, el mal absoluto.
     Por eso dice un viejo escrito teológico que la creación es un triunfo: Dios, al crear el mundo, venció al dragón del caos. Que viene a ser el abominable dragón de la nada. ~