Abel Quezada | Letras Libres
artículo no publicado

Abel Quezada

El fílder del destino

No logro recordar dónde vi por primera vez aquella imagen: la del fílder plantado en la soledad inmensa del jardín central o derecho o izquierdo de un parque de beis con la mirada fija en un profundísimo elevado, como quien espera que caiga la gracia. Seguramente admiré ese óleo de Abel Quezada en la exposición-homenaje del Museo de Arte Moderno en 1989, aunque es posible que lo conociera de antes en los libros y calendarios donde se reproducía la obra del cartonista y al fin pintor: artista plástico, se les dice ahora. Pequeño e inquietante cuadro de la espera, de la soledad, del destino, que me ha perturbado siempre.
     No recuerdo bien ese primer encuentro con El fílder del destino, repito, pero sí recuerdo con claridad al Abel Quezada de los tiempos de Excélsior y de Proceso.
     En vísperas del golpe contra el diario de Julio Scherer en el 76, Abel —cartonista del periódico desde 1956— asistía a las reuniones de colaboradores en casa de Miguel Ángel Granados Chapa, allá por Adolfo Prieto en la Del Valle. Se discutía qué hacer ante la inminencia del atraco, y la tarde en que Granados Chapa propuso la publicación de un manifiesto firmado por los escritores y cartonistas de las páginas editoriales —lo que luego se convirtió en la célebre página en blanco—, Abel Quezada opinó que sí, que se publicara esa denuncia al complot reginista orquestado por el presidente Echeverría, pero que se hiciera no en una sino en dos páginas —abrió los brazos—: en las dos enormes páginas de la sección editorial —dijo, enfático, engallado como todos.
     Se asestó, irremediable, el golpe presidencial a Excélsior: no hubo quién lo frenara. Y ese horrible 8 de julio, cuando reunidos en tropel dentro de la oficina de Julio llegó el momento de abandonar el periódico, Abel Quezada fue el primero en apuntarse para salir a la calle del brazo del director depuesto. Ahí están las fotos de Juan Miranda para corroborarlo: Julio caminando por Paseo de la Reforma al frente de los solidarios, flanqueado por Abel Quezada a su derecha y por Gastón García Cantú a la izquierda. Quienes avanzábamos atrás íbamos gritando, y gritando llegamos hasta el cruce con Morelos. Ahí se soltó Julio de los brazos de Abel y Gastón mientras preguntaba, todavía en el azoro —el fílder del destino parecía: ¿Y ahora a dónde vamos? A mi oficina, Julio —respondió Abel; vamos todos a mi oficina. Así fue como unos acudieron prontamente al despacho del cartonista, otros a beber al departamento de Marco Aurelio Carballo, y la mayoría a su rumbo, a su casa, a su muina.
     Muy cerca de nosotros estuvo Abel Quezada en esos días de duelo, antes de la aparición de Proceso. Cuando al fin integramos la empresa con aportaciones de múltiples orígenes, cuando el licenciado Jorge Barrera Graf nos indicó la conveniencia de formar una sociedad anónima —que evitara los peligros de una cooperativa como la que nos había echado del periódico—, se constituyó un consejo de administración, asamblea de accionistas hipotéticos, con amigos de confianza bajo el entendido de que las acciones titulares de la compañía no serían jamás para beneficio propio sino para los trabajadores en activo de la revista. Ese primer grupo quedó integrado por ocho, de los que ahora sobrevivimos dos: Julio Scherer García, Hero Rodríguez Toro, Samuel del Villar, Jorge Barrera Graf, Adolfo Aguilar y Quevedo, Miguel Ángel Granados Chapa y yo.
     Apareció Proceso en noviembre de 1976. Pensamos entonces que Abel Quezada publicaría sus cartones desde el principio, semanalmente, pero él nos dio la noticia de que no. Había decidido retirarse del cartonismo —dijo—, y sólo autorizó que reprodujéramos viejos cartones de sus tiempos de Excélsior que publicamos hasta el número cinco de la revista, no más.
     Con la llegada de López Portillo a la presidencia, Abel fue nombrado de improviso director del Canal 13 de la televisión. Todos recuerdan el incidente: no duró en el puesto una semana. En su discurso de toma de posesión hilvanó una frase que parecía inocente: "Este día demuestra que todos los caminos del invierno conducen, por fin, a la primavera" —dijo—. Pero como el invierno era Echeverría y como Echeverría estaba aún muy cerca, la frase bastó para que López Portillo en persona pidiera su renuncia al director efímero del canal oficial. Y Abel se quedó como el fílder del destino, en la soledad política del jardín central esperando el profundo elevado que jamás cayó del cielo.
     Años más tarde apareció en escena el ingeniero Jorge Díaz Serrano, director de Pemex, a quien la información de Proceso empezó a vapulear semana tras semana. En julio de 1979, una llamada de Abel Quezada a Julio Scherer nos dejó boquiabiertos. Charlábamos dos o tres en la oficina del director de Proceso cuando chirrió el telefonema. Aludía Abel a su amistad con Díaz Serrano. Decía que esa amistad le impedía continuar apareciendo en el directorio de la revista donde se lastimaba a "un hombre honorable, inteligente y dotado de un valor personal fuera de lo común" —según precisó después en un programa de televisión—. Lo siento, Julio —dijo por teléfono. Y se fue sin broncas, sin discusión, sin reclamos. Desde luego no se llevó sus acciones titulares de la empresa. Las cedió a "los que se quedan" como hicieron antes o después quienes se apartaron de la revista por sus personales motivos: Hero Rodríguez Toro, Samuel del Villar, Adolfo Aguilar y Quevedo, Miguel Ángel Granados Chapa...
     Sin embargo Abel continuó siendo amigo de Julio y mío —por lo que a mí toca: a través de nuestra mutua relación con el entrañable Joaquín Diez Canedo—, y desde luego tema de reportajes y reseñas en la revista como el gran personaje que fue siempre de la vida cultural del país.
     Muerto Abel en febrero de 1991, charlé con Julio alguna tarde sobre El fílder del destino. También a Julio obsesionaba el cuadro, a tal grado que Abel Quezada, al enterarse, prometió obsequiárselo como para restañar viejas heridas. No llegó a hacerlo, y ahora resulta imposible soñar siquiera en adquirirlo porque el óleo terminó siendo propiedad de un coleccionista italiano, según me informó Tolita Figueroa después de averiguar puntualmente el destino final de El fílder del destino.
     Terminé por mi parte, a manera de homenaje, escribiendo una minúscula obra de teatro irrepresentable incluida en Los perdedores. Intentaba escenificar para un foro esa actitud doliente del jardinero solitario en el que todos, como el propio Abel Quezada, nos hemos encarnado alguna vez. Dediqué mi pieza a la memoria del admirado artista, le ensarté como epígrafe un verso de Eduardo Lizalde —"y tristes jardineros fraternales a los que ciega el sol bajo las bardas"— y utilicé, para una voz en off, fragmentos de aquel poema de Efrén Hernández: "Desde este alrededor de soledades que a mi espíritu envuelve..." -