Vuelta a la semilla, entrevista con Alejandro Rossi | Letras Libres
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Vuelta a la semilla, entrevista con Alejandro Rossi

Sabemos que tu amistad con Octavio Paz venía de antes, pero ¿cuándo y cómo empiezas a colaborar con Plural?
Octavio tenía desde hacía algún tiempo la idea de fundar una revista, pero no había nada preciso al respecto. Eso sí, existía la sensación de que se necesitaba una nueva revista en México. Yo tenía amistad con Octavio y nos veíamos de vez en cuando, aunque no con la frecuencia con que luego lo haríamos. En eso vino la invitación de Julio Scherer y la fundación de Plural. El primer número de la revista salió en octubre de 1971. Yo no tuve nada que ver con su nacimiento. Vi en México los primeros números y luego me fui, por razones académicas, a Italia un año y pico. Cuando regresé, Octavio me invitó a visitarlo en Plural, en las oficinas de Excélsior de Reforma. No tengo el recuerdo preciso, pero debe de haber sido en la primavera del 73. Octavio estaba con Tomás Segovia. Tuvimos una larga conversación y al final me invitó a colaborar en la revista. Yo estaba reincorporándome a mis tareas universitarias y no veía muy claro, en ese instante, cuál podría ser la forma de colaboración posible. Para aquel entonces, ya veía a Octavio con cierta frecuencia. Pasaron meses, Paz se fue a uno de sus cursos de Harvard, y Kazuya Sakai, que había sustituido a Tomás Segovia en la redacción de la revista, me habló un día y me ofreció una columna. La acepté por teléfono y así empezó “Manual del distraído”. La primera colaboración fue en septiembre de 1973.
En la medida en que escribía mensualmente, hablaba más con Octavio sobre Plural y poco a poco empecé a meterme en la vida misma de la revista y así, progresivamente, Octavio fomentó mi participación, participación no de trabajo reconocido en los créditos o remunerado, sino simplemente como un amigo y un colaborador que se preocupaba por la buena marcha de la publicación y que hablaba mucho con su director, Octavio Paz, y su subdirector, Kazuya Sakai –pintor, traductor, hombre de múltiples talentos, ya fallecido por desgracia. Después –no recuerdo cuál fue la motivación– se decidió hacer un Consejo de Redacción y nos empezamos a reunir periódicamente. Lo hacíamos en la casa de Octavio, en Lerma. De allí viene la famosa fotografía, con José de la Colina de espaldas y Gabriel Zaid tapándose el rostro con un ejemplar de la revista.
Eran reuniones muy participativas, debo decir, donde se discutía mucho, con posturas ciertamente diferentes. Las cosas se hacían de una manera razonablemente comunitaria. Octavio –y esto lo doy por sabido– era un director muy certero y ocurrente y, al mismo tiempo, tranquilo y comprensivo con todos nosotros, que éramos bastante jóvenes, con opiniones propias y con preferencias y manías.

Esta memorabilia de Plural nos acerca al momento del “golpe a Excélsior”. La primera pregunta, ¿había indicios de que algo se tramaba contra Scherer?
Sí, había indicios; más aún, había una campaña contra el periódico y su director. Estábamos en el último año de gobierno y, aun durante los años floridos del pri, siempre había un notable nerviosismo. Sabíamos perfectamente de los enfrentamientos que había tenido Julio Scherer con el gobierno mexicano. Sabíamos también que había un lío con los terrenos de la cooperativa en Taxqueña, que habían sido invadidos por paracaidistas. Recuerdo que la televisión favorecía mucho a los invasores de los terrenos. En los noticieros de entonces, casi todas las entrevistas eran favorables a ellos y contra la gestión de Scherer. Todo esto hecho con mínimos disimulos, cada vez más transparentes conforme se acercaba el día de la asamblea de Excélsior. Sabíamos, pues, que era muy importante esa reunión y que podían suceder cosas clave. Nosotros, o al menos yo, teníamos fe en que Scherer podría capotear el problema y que tenía la capacidad de salvar la situación; teníamos esperanzas y confiábamos en la habilidad de Scherer.
Dos o tres días antes de la asamblea tomamos, sin embargo, precauciones y mandamos recoger algunos papeles y documentos de las oficinas de la revista, lo que demuestra que no descartábamos que podía ocurrir lo peor, como al final pasó. Ese día, el 8 de julio de 1976, por la mañana, Octavio y yo fuimos a visitar a Scherer, que estaba muy alarmado, pero todavía recuerdo que abrigaba la esperanza de que las cosas podrían arreglarse. En ese momento, seguramente, me enteré de que algunos colaboradores de Excélsior, que tenían cierto grado de amistad con el presidente Echeverría, hablaron con él para encontrar una solución. Recuerdo que Ricardo Garibay, que era muy amigo de Scherer y colaborador durante muchos años de Excélsior, tenía también buena relación con Echeverría e intentó, sin éxito, mediar en el conflicto. Todo esto está documentado. El mejor testimonio es la novela de Vicente Leñero Los periodistas. Con Octavio volvimos esa tarde, cuando ya se había consumado el golpe, y nos encontramos con Scherer y su gente en la avenida Reforma. La atmósfera era pesada y triste. La memoria me dice que Octavio y yo volvimos a su casa, no lejos de allí, y que más tarde fuimos a un restaurante de la Zona Rosa, donde estaba reunida toda la gente de Excélsior, todo el grupo, el grupo de Scherer, que seguían, como es natural, en estado de shock. Como nosotros.

Tras el golpe del 8 de julio, ustedes deciden renunciar, evidentemente.
Inmediatamente. Lo teníamos ya pactado.

¿Cómo fue esa renuncia?
No me acuerdo cómo fue en la práctica. Yo no intervine en ello.

Estamos ya en el prólogo a la fundación de Vuelta. ¿Cuándo deciden que van a seguir con una revista independiente?
No estaba muy claro si seguiríamos. Posiblemente había unos que estaban más decididos que otros. Había dudas. Además no teníamos nada con qué hacerla. Por mi parte estaba absolutamente decidido. Plural había sido muy importante, y yo tenía mucho agradecimiento personal con la revista. Para mí era absolutamente necesario responder a ese desafío y a esa herida.

¿Cuál era la actitud de Paz?
Él también estaba herido, como todos. Pero al principio nada estaba muy claro. No sabíamos si se podría fundar una nueva revista, y en qué términos. Era una montaña que se nos venía encima.

¿La relación con los que salieron de Excélsior se había roto, o se pensó que se podría hacer algún proyecto conjunto?
Tal vez se pensó. Era un momento en que todo el mundo estaba golpeado. Lo importante es que, de una forma o de otra, nosotros llegamos a la conclusión de que había que seguir y que había que hacer una nueva revista independiente.

¿El éxito de Plural les ayudó a tomar la decisión de seguir?
Así es. Uno de los motivos para hacer la revista es que teníamos la percepción de que Plural había sido no sólo un “éxito” intelectual, sino económico: la primera revista literaria que iba a los kioscos con ventas relativamente elevadas. No sabíamos con exactitud las cifras, porque eran manejadas por Excélsior, pero teníamos la sensación de que eran un éxito. Aquí debo decir que Julio Scherer fue siempre un apoyo incondicional de la revista. En Excélsior, algunas personas nos veían con ojos cruzados: nuestras preferencias ideológicas y literarias les parecían un cuerpo extraño en el periódico. Por ello, quizá para animarnos, Julio Scherer nos decía que la revista se vendía muy bien y, a nosotros, cualquier número que nos dieran nos parecía impresionante; no estábamos acostumbrados a que una revista de este tipo se vendiera, así que cualquier cifra nos parecía imponente. Partíamos de esa premisa: que la revista había tenido mucha circulación y que habíamos roto el ciclo de la pequeña revista literaria que se reparte entre amigos o que, en el mejor de los casos, va a parar a una librería o dos. Había un salto hacia un mundo de lectores amplio. Y nos animaba pensar que contábamos con una base de lectores.

¿Y cuáles fueron los pasos prácticos para llegar a la fundación de Vuelta?
De tanteo, de orientación al principio. La idea que nos permitió arrancar –no recuerdo quién la tuvo– fue pedirle un cuadro a Rufino Tamayo, no regalado sino a precio bajo, sin la comisión de la galería, para organizar una rifa y hacernos con los primeros fondos de la revista. Al pobre de Octavio le daba una vergüenza enorme ir a pedirle a Tamayo un cuadro, pese a la amistad que los unía y pese a que Paz había sido uno de sus más decididos defensores frente a la omnipresencia de los muralistas.
En la organización de la rifa participó mucha gente, pero quiero destacar a unas amigas: en primer lugar a Celia Chávez, la mujer de Jaime García Terrés, que tanto colaboró en la revista y también recordar la generosidad de Ulalume González de León y de Esther Seligson, sin olvidar a mi propia mujer, Olbeth Hansberg, que estaba recién operada y que, desde la cama, vendía boletos por teléfono. La rifa fue un éxito. Por cierto, el cuadro se lo sacó el inolvidable Hugo Margáin, que era un filósofo, discípulo mío, y una persona cercanísima a nosotros, tristemente fallecida. Y bueno, con el dinero que dio el cuadro, cantidades que ahora parecen pequeñas, empezamos a caminar.

Y el siguiente paso, ¿cuál fue?
No quisiera detenerme en los múltiples detalles, simplemente decir que fue un proceso bastante complejo. Yo prácticamente tenía licencia del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la unam para dedicarme a ello. Gabriel Zaid estuvo siempre al pie del cañón y colaboró en todas las decisiones clave y mantuvimos un diálogo constante. José de la Colina fue fundamental. Quisiera, mencionar dos nombres importantes, Armando Ayala Anguiano, el director de Contenido, y Guillermo Mendizábal, el dueño de la Editorial Posada. El primero nos dio muchos consejos prácticos y, sobre todo, nos presentó a Guillermo Mendizábal, quien nos permitió usar –a precios muy rebajados– sus instalaciones, tanto para formar los primeros números de la revista como para imprimirla y distribuirla comercialmente.

¿Y la planeación intelectual del primer número?
Octavio fue –lógicamente– indispensable. Antes de irse a su curso en Harvard, y estando allá, puso en juego su red de amistades para conseguir colaboraciones importantes. En efecto, si ustedes examinan el primer número de Vuelta, verán las colaboraciones de Borges, Bioy Casares y Calvino. El resto del número está escrito por los autores habituales de Plural: era nuestra forma de afirmar que estábamos de regreso.

¿Y el ambiente político de aquella época?
No era agradable. Lo de Excélsior desató muchas fuerzas y había una gran crispación contra nosotros. No es que pensáramos que nos fueran a matar, pero sí que nos iban a dificultar las cosas, y posiblemente es verdad que había grupos dentro del sistema que tenían ganas de impedir que salieran Proceso y Vuelta. Además, tanto José de la Colina como yo éramos extranjeros en aquel entonces y, sin querer dramatizar, corríamos algunos riesgos adicionales.

¿Por eso era tan importante, simbólicamente, salir con el primer número en el sexenio de Echeverría?
Sin duda. La fecha de portada del número inicial de Vuelta es del primero de diciembre, pero la revista se presentó públicamente en la galería Ponce y se empezó a distribuir el 15 de noviembre.


¿Y cómo se decidió el nombre de la revista?
El problema del nombre es que nos gustaba mucho Plural, pero Excélsior era el dueño y obviamente se lo quedaron. Había muchas propuestas para el nombre, y espero que no me engañe la memoria, pero recuerdo que precisamente había ido a buscar a Octavio para ir al notario –donde fundaríamos, con los demás amigos, la asociación civil Amigos del Arte, que nos permitiría dar los primeros pasos– y de regreso volvimos al tema del título, y entrando al estacionamiento de Octavio, en su casa de Lerma, salió el nombre de “Vuelta”. Octavio le tenía una cierta prevención natural, por modestia incluso, pues era el título de un poema suyo. Más que el poema, tenía yo presente el desafío del regreso. Salimos del estacionamiento hacia su apartamento con el nombre en la mano.

¿Qué propósitos los animaban?
Varios. El primero era, desde luego, contar con un medio literario nuestro. Creíamos en la idea de la “revista” como vehículo cultural, como una forma de dialogar con la comunidad. Éramos herederos –no lo olviden– de una larga e importantísima tradición literaria hispanoamericana. En segundo lugar, había el deseo de no aceptar la derrota, la convicción de que había que reaccionar a una situación de injusto atropello. Y, por último, el deseo muy definido y claro de fundar una revista independiente, de hacer las cosas por cuenta nuestra, sin estar protegidos o ser apéndices de otras instituciones, por amigas que éstas fueran. Nos entusiasmamos con la posibilidad de la “independencia”, si cabe decirlo así. Una revista que se mantuviera de dos fuentes: los lectores y los anuncios. Una pequeña empresa que saliera de la lógica de la subvención y que se la jugara con sus lectores y anunciantes.

¿El Plural que después sacó Excélsior, lo veían como una loza, como una incitación?
Más bien lo despreciábamos: unos mediocres caraduras que se metieron en casa ajena.

¿En dónde se veían ustedes en el espectro político de aquel entonces, cómo eran vistos?
La izquierda nos veía como de derecha, aunque la gente de la derecha, en el sentido de una derecha articulada e intelectual, apenas existía. La derecha era una cosa dispersa. El pan pesaba aún poco como partido, ese sexenio ni siquiera presentó candidato a la Presidencia. El gran elefante era el pri. Yo me habría definido entonces como de centro izquierda liberal.

¿Y cómo fue el trabajo de redacción de ese primer número, siempre el más difícil de una revista literaria y no pocas veces el único?
El trabajo fue brutal, le metimos mucha caña. Aquí la participación de José de la Colina fue indispensable, por su talento literario y por su experiencia en revistas e imprentas. Éramos unos cuantos amigos de buena voluntad que creíamos en el proyecto. Imposible no mencionar a la fiel y eficaz Sonia Levy, secretaria en Plural y en Vuelta.

¿Ya tenían las oficinas de la calle Da Vinci, que aparecen registradas en el primer número?
No me acuerdo exactamente cuándo nos mudamos a Da Vinci. Era una casa viejísima, en una calle descascarada y polvorienta de Mixcoac. Todo era precario, unas cuantas mesas y unas cuantas sillas, más unos hermosos cuadros que nos prestaron nuestros amigos pintores.

¿Y la publicidad de ese primer número?
Fue muy escasa. Teníamos un anuncio del Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México, del Seguro Social, de la benemérita unam, un intercambio con Proceso, ya que salimos casi a la par, y galerías de arte, y empresas pequeñas.

¿Alguien más que quisieras recordar de este proceso de nacimiento de la revista?
A nuestro corrector, Tomás Acosta. Un peruano que llevaba años viviendo en México, y que había estado en El Colegio de México estudiando con Raymundo Lida.

¿Cómo fue la coordinación del trabajo con Paz fuera y cuál fue su reacción ante el primer número?
Teníamos a Octavio al día de todas las cosas, las humanas y las divinas. Nos hablábamos por teléfono, algo que no era tan usual y económico como ahora. Había, pues, que planear para aprovecharlo al máximo. Y, desde luego, cruzábamos muchas cartas. Todos compartimos la alegría de ese primer número, cuya salida celebramos los amigos más cercanos en la galería Ponce. También hay que tener en cuenta que, en comparación con Plural, era una revista pobre, de menor tamaño, menos páginas, sin espacio para el cuaderno de arte de Plural ni para ilustraciones. El diseño de los primeros números lo hizo Abel Quezada, hijo.

¿Cómo fue el 15 de noviembre de 1976?
El número estuvo listo el 15 de noviembre. Me veo caminando, al caer la tarde, con un paquete de revistas, hacia la Galería Ponce, que estaba en la Zona Rosa. Miguel Cervantes, que era el director, y Carlos García Ponce –el hermano de Juan–, que era el dueño, nos abrieron las puertas. Ahí tuvimos una reunión con amigos y después habremos ido a un restorán. Recuerdo a Salvador Elizondo, que esa noche me dijo con una gran sonrisa: “Ya hicimos historia.”

Entonces tenían la sensación de que la revista iba a durar.
Por supuesto, estábamos en plan de combatientes y teníamos deseos de pelear. Fue un día emocionante.