Virginia Woolf, María Antonieta y un crimen en Chueca | Letras Libres
artículo no publicado

Virginia Woolf, María Antonieta y un crimen en Chueca

¿Podemos, con la imaginación, crear lo que no conocemos de primera mano? Mal formulado. Está claro que podemos; la pregunta, entonces, es más bien: cuando usamos la imaginación ¿estamos adivinando esa realidad que no conocemos, o sustituyéndola desvergonzadamente por otra? ¿Por qué “desvergonzadamente”? ¿Acaso estaríamos haciendo algo malo? Era una mañana gélida de enero en Madrid, y esas preguntas me rondaban mientras preparaba una clase sobre Virginia Woolf, que habló de todo eso en sus ensayos. Para despejarme salí al balcón, a tomar el fresco, a contemplar los tejados, las fachadas amarillas y rosas de la plaza de Chueca. Y entonces vi algo insólito. La plaza estaba acordonada. Del otro lado de las cintas se agolpaban los curiosos; en el perímetro delimitado por ellas, se recortaban en el suelo gris dos bultos blancos. Dos hombres tendidos boca arriba, ambos con delantal blanco de camareros, de un blanco blanquísimo, y sobre el delantal, una gran mancha roja, de un rojo rojísimo. Hacía tanto frío, que de vez en cuando los cadáveres se frotaban enérgicamente las manos, hasta que una voz gritó “¡Acción!”, y ellos, obedientes, recobraron el rigor mortis reglamentario.

Hay una cosa que no soporto en el cine; algo difícil de definir pero cuyo síntoma más obvio es que los trajes son demasiado nuevos. Demasiado perfectos, como el delantal blanquísimo y su mancha rojísima. Se nota que acaban de salir de la modista o de la tintorería o del taller de efectos especiales… Por eso me irritó tanto la María Antonieta de Sofia Coppola, y aún más Nicole Kidman haciendo de Virginia Woolf en Las horas, con la nariz de goma, la cara de atormentada oficial, dando zancadas como una histérica, y el beso que le estampa a su hermana en la boca: los genios, ya se sabe…. Eso sí, vestida con una elegancia exquisita, versión bohemia, y en una casa no menos bohemia y exquisita… (De una carta de Vita Sackville-West a su marido, tras conocer a Virginia: “La señora Woolf no es nada afectada. No lleva ningún adorno. La manera como se viste es atroz. Al principio no la encuentras guapa; luego hay una especie de belleza espiritual que se te impone y empiezas a mirarla con fascinación”. Sobre la decoración de la casa de los Woolf, su comentario es escueto: “De una fealdad inconcebible.”)

Y vuelvo a mi escritorio, y vuelvo a mis preguntas. ¿No dice Woolf (citando a Coleridge) que “la gran mente es andrógina”, lo que supone que un gran artista masculino puede inventar personajes femeninos –y viceversa– convincentes, reales? ¿Y no reprocha a los escritores “materialistas” que cuando crean a un personaje, se queden sólo en lo exterior: su casa, su indumentaria? Así pues Woolf creía que la imaginación puede adivinar la realidad que no conoce: que saltando barreras de sexo, de clase, de época, puede conocer desde dentro otras maneras de estar en el mundo… Lástima que también afirme lo contrario. Por ejemplo: “El escritor está sentado en una torre construida sobre la posición y el oro de sus padres. Es una torre de la mayor importancia: decide su ángulo de visión.” O cuando, dirigiéndose a un congreso de obreras, reconoce su incapacidad, en tanto que persona rica y educada, de meterse imaginariamente en la piel de una de ellas. “Sería”, escribe, “una imagen falsa y un juego demasiado juego para que valga la pena jugarlo.” Pues “la imaginación”, asegura (pero, doña Virginia, ¿no habíamos quedado en que “la gran mente es andrógina?”…), “es hija de la carne”.

La cuestión me preocupaba desde que publiqué una antología de relatos, Madres e hijas, cuyas autoras eran todas mujeres. ¿Acaso –se me objetó– un escritor varón no puede imaginar una relación madre-hija? Claro que puede, pero me daba rabia pensar que con ese argumento, tan aparentemente neutro, lo que se justifica es una realidad histórica que de neutro no tiene nada: algunos seres humanos han hablado en nombre de los demás, sin que éstos pudieran explicarse por sí mismos.

Al final, la respuesta la da la propia Virginia, no en teoría sino con hechos: escribiendo Orlando, y subtitulándolo, provocativamente, Una biografía. Vaya biografía, cuyo biografiado es un poeta del siglo xvi que sigue vivo en 1928, convertido en poetisa… ¿Qué quería decirnos Virginia Woolf con ese divertido disparate? Lo mismo que Sofia Coppola cuando nos muestra, entre los zapatitos rococó de Maria Antonieta, unas zapatillas deportivas (es lo único que me gustó de la película). Quieren darnos a entender que existió realmente María Antonieta, y existieron poetas renacentistas, pero que la imaginación no nos suministra esa realidad, sino otra cosa. En definitiva, me dije a mí misma abriendo por última vez el balcón y presenciando cómo el cámara recogía sus bártulos y los cadáveres se levantaban y se sacudían el polvo, la imaginación tiene todos los derechos… menos uno: suplantar la realidad, sustituirla, escamotearla; hacerse pasar por lo real y pretender que nos lo creamos. ~