Vincent, Paul, Raquel ¿y una espada? | Letras Libres
artículo no publicado

Vincent, Paul, Raquel ¿y una espada?

Leo en El País del 5 de mayo que Hans Kaufmann y Rita Wildegans (miembros de no especificada academia alemana), en su libro Van Gogh's ear: Paul Gauguin and the pact of silence (“La oreja de Van Gogh: Paul Gauguin y el pacto del silencio”) sostienen la teoría de que Vincent no se había cortado él mismo la oreja como hasta ahora pretendían los libros de cualquier género: biografias, monografías de arte, novelas y alguna película (sobreactuada por Kirk Douglas), sino que Gauguin sería quien lo habría desorejado.

Es verdad que en ninguno de los documentos autobiográficos, que en ninguna de sus cartas o cualesquiera escritos dejados por ambos, se menciona el incidente, por lo cual sería de considerar cualquier otra posibilidad. Wildegans y Kaufmann presentan la hipótesis, que al parecer extraen de una investigación policial (¿de las autoridades arlesianas de aquel tiempo, o de Hans y Rita?), de que Gauguin, durante una violenta discusión con Van Gogh, habría tomado una espada (¿una qué?, ¿por qué habría tenido Vincent una espada en aquel cuarto que famosamente “retrató”?) y con ella desorejado a Vincent... quien luego, sí (parece que eso se mantiene en el susdicho libro) la habría envuelto como para regalo y se la habría llevado a una tal Raquel, una muchacha del “oficio más antiguo del mundo” que lo ejercía en el cafetín del lugar (piénsese en el insomne interior de Café Nocturno que Vincent pintó).

He aquí un giro de ciento ochenta grados que, de creer a los autores del libro, cambiaría la crónica o la leyenda de la relación de amistad y rivalidad estetica entre los dos grandes pintores. Ambos sin duda eran muy temperamentales, de caracteres violentos y de tendencias pictóricas tan distintas, y aun tan contrarias, que sus discusiones acaso a veces adquirían modos de gresca personal, y, aunque luego ambos pactaran un silencio bilateral sobre el asunto (no hay la más pequeña referencia en sus papeles personales), todo indicaría que hubo entre ellos momentos de odio y tal vez hasta una riña en modo físico.

Desde luego, y sin tener más datos que la nota de El País, la tesis en que se basa ese libro de los dos académicos alemanes me parece tan creíble como la otra que hasta ahora ha sido vigente y que tanto dramatismo ha conferido a las biografías de los dos. Pero...

Pero si se sabe que Vincent en aquellos años finales de su vida, poseyó una pistola (con la que espantaba los cuervos que le molestaban cuando pintaba en los trigales, y con la que no mucho después se pegaría un tiro en el pecho), y si es muy de suponer que Paul, hombre que solía tener maneras de la vida airada, llevara al cinto una navaja peleonera o era capaz de echar mano al largo cuchillo de cortar las hogazas de pan... en cambio esa ESPADA resulta incomprensible, descolocada, ilógica en el cuarto de Vincent, y da al drama un aura de irrealidad a mi parecer mucho mayor que el detalle de la oreja cortada por el mismo Vincent de su atormentada cabeza y regalada a la tal Raquel.

En el homérico, trágico, grandioso western de John Ford El hombre que mató a Liberty Valence, un director de periódico pueblerino dice algo así como: “Cuando hay que optar entre la verdad histórica y el mito, es mejor imprimir el mito”.

Y la fórmula, según el caso, a veces puede ser tan buena así o al revés.

De modo que, a reserva de futuras académicas iluminaciones sobre l’affaire Van Gogh/Gauguin, confieso que, de las posibles historias o leyendas sobre este affaire, prefiero la leyenda o historia de Vincent cortándose la oreja para ir a regalársela a una tal vez linda puta llamada Raquel, de quien quiero creer que estaría locamente enamorado y dispuesto a probárselo mediante el rito del autodesorejamiento, ¡un potlatch muy carnal! Y hasta estoy dispuesto a creer que para ello usó una tan incómoda como inverosímil espada.