Villa, Zapata y el fulgor | Letras Libres
artículo no publicado

Villa, Zapata y el fulgor

Fondo Casasola, Sinafo, INAH, nº de inventario 6147

Rara vez la fotografía como fijación de un momento histórico en icono histórico (y ahora ya mitológico) habrá tenido el poder de fascinación de esta imagen captada en un día de 1914 por uno de los legendarios hermanos Casasola. Allí, rodeados de más de veinte personajes anónimos o de segunda importancia, están, reunidos en el punto simbólico y central del poder político y formal de la República Mexicana —es decir el capitalino Palacio Nacional—, los dos mayores caudillos de la insurgencia popular iniciada en 1910: los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata. Pero la mano que tituló la foto con la frase Villa en la silla presidencial obedeció al fetichismo de la Silla Número Uno del País, puesto que sólo tomó en cuenta a aquel de los dos grandes allí sentados. Si bien el caudillo del Norte muestra una actitud relajada y confianzuda, casi de “señor de la casa” o de niñote que hace una pacífica travesura, en cambio el caudillo del Sur tiene una actitud reservada, de mero “visitante”, dispuesto a levantarse para irse a su silla preferida, la de montar.

En la foto el general Villa viste uniforme militar y con botas de montar de caña alta y tiene el képis de oficial entre las piernas, mientras el general Zapata viste traje de caballerango con pantalones ceñidos de “charro”, calza zapatos acaso momentáneamente sin espuelas, monta una pierna sobre la otra y sostiene en la rodilla alzada el gran sombrero copudo y de gran ala circular sobre el que posa la mano con un cigarro-puro, mientras la otra mano apenas se atreve a posarse en el brazo de la Gran Silla (a la cual se dice que “le tenía desconfianza”). Al lado izquierdo de Zapata y en el lado derecho de la foto se halla el lugarteniente Otilio Montaño con una venda o un pañuelo ciñéndole la frente quizá herida. Y todavía más a la derecha de la foto hay un hombre de pie, que quizá sea el oficial villista Fierro, con el sombrero puesto y apoyando un brazo en el hombro de un individuo (¿un reportero?) con lentes y un lápiz en una mano. Los otros allí presentes, todos hombres menos una mujer que, se dice, ya habría sido identificada como una activista revolucionaria, son meros curiosos, figurantes anónimos que por azar quedaron en el icono histórico.

Es de notar que en la imagen hay por lo menos dos niños o muchachos a los lados de los caudillos. El primero asoma el rostro ojiabierto junto a la silla protagónica, mientras el segundo, atrás de Zapata, entrecierra fuertemente los ojos como fusilado por el flash del magnesio. Quizá uno de los dos todavía vive (¡pero con más de cien años!) en algún vericueto de la ciudad, digamos una callejuela allá muy atrás del Palacio Nacional, y acaso podríamos entrevistarlo para que nos contara algo del momento. Yo sé que las fotos, aunque “digan” mucho, son mudas y sordas, pero me permito “escuchar” con los ojos a uno de esos chamacos metidos furtivamente al Palacio, a esa imagen, y oir el susurro:

—Posí, nos colamos al Palacio yo y el otro chamaco, que ya ni me acuerdo de cómo se llamaba, y estuvimos en el Palacio juntos al general Villa y el general Zapata. Eso nadie nos lo puede quitar, ainomás donde nos ve estamos con don Pancho y don Miliano en la inmortalidá fotográfica. Y, no es por presumir, pero, lo que sea de cada quien, les oíamos lo que se estaban diciendo los dos grandes generales. Ustedes se preguntarán si, así como los agarró la foto, mi general Villa estaría diciendo un chiste o ufanándose de sus victorias en el Norte, o si mi general Zapata le replicaría con sus propias victorias en el Sur o alguna otra cosa (pero no con un chiste pues bien serio que era el Miliano, eso como que se ve, ¿no?), y hubo un ratito en que hablaron muy bajo y yo creo que compitieron en hacer cuentas y en presumir de todos los enemigos a los que les habían dado, a balazos, su quietud definitiva. Quién sabe, pero lo que puedo decir es que, cuando ya se estaban levantando de las sillas, mi general Villa nos dijo: “Vénganse con nosotros, chamaquitos, vengan a hacer la revolución, yo les doy un cuaco y una carabina 30-30 y mis hombres los van a enseñar a pelear y a cantar corridos y la van a pasar a todas mechas haciendo Justicia y haciendo Historia con los meros hombres que de veras inventamos la Revolución para dar libertad y pan o cuantimenos tortillas a todos los pobres del país, como lo demanda la patria, y luego la eternidá va a pasar lista y los que se rajaron se van a quedar fuera de las fotos históricas, o sea como quien dice fuera de la inmortalidá”. Y le prometimos a mi general Villa que sí, que con todo gusto nos íbamos con ellos, y me volví a la casa a decirles a mi mamá y mi abuelita que me iba a revolucionar por ahí, pero ellas, que sólo me tenían a mí para conseguirles de qué comer (pues de mi papá ya hacía tiempo que no se sabía de él), me rogaron que me quedara. Y pues, ni modo, me quedé. Pero de que estoy en la foto histórica, y como quien dice en la inmortalidá, pues sí, ahí estoy… Aunque a veces me pregunto si yo no era el otro chavo, el que cierra los ojos por el fulgor, y que sí se fue con un cuaco y una 30-30 a revolucionar el país con el general Villa, o quién sabe si con el general Zapata.

(Publicado anteriormente en Milenio Diario)