Vidas de Leonora / 3 | Letras Libres
artículo no publicado

Vidas de Leonora / 3

La tercera entrega de la serie sobre la vida de la pintora Leonora Carrington.

 

La pintora inglesa Leonora y el poeta y periodista mexicano Renato Leduc, ya unidos en matrimonio, llegaron a Nueva York en los comienzos de los años cuarenta, cuando la segunda guerra mundial, cubriendo gran parte de la Europa occidental, se hallaba en su atronadora plenitud, y cuando en América, particularmente en los Estados Unidos y en México, se había refugiado una parte considerable de la pléyade surrealista. En Nueva York se hallaban, entre otros, André Breton, Max Ernst, Yves Tanguy, Marc Chagall Luis Buñuel, Marcel Duchamp, Roberto Matta… y Salvador Dalí, expulsado del grupo surrealista por haberse convertido en partidario manifiesto del general Franco,  y por dedicarse a la total comercialización de sí mismo, de modo que merecía el anagrama que le asestó Breton: Avida Dollars.

Luis Buñuel nos contó a Tomás Perez Turrent y a mí, para el libro de entrevistas que hicimos con él: Prohibido asomarse al interior (ed. Mortiz-Planeta, 1986), cómo conoció en Nueva York a Leonora Carrington. La anécdota, por razones de economía editorial y por no concernir al cine buñueliano, saldría incompleta en el libro impreso, así que la tomo de la transcripción mecanográfica:

“En Nueva York nos reuníamos algunos surrealistas y amigos. En la casa de Peggy Guggenheim, casada por entonces con Max Ernst, vi por primera vez a Leonora Carrinton. Era muy bella con su rostro muy fino y pálido y su cabello largo y muy negro. La acompañaba su esposo, el poeta mexicano Renato Leduc, pero no intervenía en nuestras conversaciones y contemplaba con cierta sorna cómo practicábamos alguno de nuestros juegos surrealistas. Estábamos en el juego ‘de la verdad’, ése, ¿lo conocen ustedes?, en que se pone a girar en el piso una botella para que señale al azar a alguien de los reunidos en círculo y lo obligue a responder a una pregunta indiscreta. Es un juego parecido al psiconálisis de grupo y suele comenzar con preguntas inocentes y terminar con preguntas tremendas; yo sé que ha motivado divorcios y que riñan y se líen a bofetadas amigos de toda la vida. Leonora hablaba mezclando el inglés y el francés, que los conocía muy bien, y a veces el español, que lo conocía poco, y parecía querer ser más surrealista que todos nosotros: decía horrores de su padre, que la había mandado encerrar en un hospital para locos en Santander y por poco no la envió a una especie de convento en África. En un momento en el que la botella la había señalado, se le preguntó: ‘¿Con quién de los que estamos aquí, aparte de Renato, desearías tener una relación amorosa?’ Ella entonces dijo, señalándome con el índice: ‘Avec ce monsieur là’. Yo creo que, aunque yo no era ya un jovencito, enrojecí hasta el blanco de los ojos. Entonces Renato, que estaba siempre silencioso y muy divertido como espectador imparcial, le preguntó: ‘¿Con Buñuel, Leonora?’ ‘Sí’ dijo ella. ‘¿Por qué?’, preguntó alguien, creo que el antropólogo Lévi-Strauss. Leonora respondió: ‘Porque con esos ojos saltones y esa fuerte quijada me recuerda a José, el enfermero y guardián que fue mi novio en los días en que estuve en el manicomio de Santander’. Yo creo que me sonrojé aún más. Renato y Ernst y Peggy sonreían como si estuvieran viendo una comedia de Lubitsch.”

A partir de 1942, cuando Leonora al fin obtuvo el permiso de estadía por ser esposa del ciudadano mexicano Leduc, los dos se instalaron en la ciudad de México. Seguían enamorados, pero sus vidas cotidianas eran poco compatibles. Renato, que continuaba con sus costumbres de soltero, periodista y tertuliano, reunía en la sala del domicilio conyugal a sus amigos toreros y taurófilos, que formaban nubes de humo de puro y contaban y celebraban a carcajadas historias y chistes machistas, mientras Leonora, que sentía una gran afinidad con los animales y por tanto había empezado a detestar la tauromaquia y sus practicantes y fans, quería un hogar tranquilo en el que pudiera pintar, escribir sus cuentos y ejercer el arte culinario (en el que ya era maestra desde París), de modo que no compartía la afición por el ritual asesinato de las bestias ni el machista, ruidoso y humoso ambiente del esposo. Una tarde, ella, llevada por Renato a una corrida de Rafael Gaona, , se levantó en el momento en que el matador clavaba el estoque en el animal y chilló, en español pero con notorio acento extranjero: “¡Asesino, maldito asesino!”, de modo que Renato debió encarar, belicoso, a los aficionados de alrededor, que comentaban insultantemente el arrebato de la “pinche gringa loca”. Y un día él y ella hablaron de sus diferencias, convinieron en que no llevaban una vida matrimonial bastante soportable y decidieron divorciarse y quedar como buenos amigos.

Sin embargo, Leonora no quedaba sola. México, al que ella empezaba a descubrir, maravillada sobre todo por las mitologías del tiempo prehispánico, a las que sentía aún vigentes en las poblaciones recónditas del país, había sido designado por André Breton como “el lugar de elección del surrealismo”. Tenía razón: en México, donde ya habían estado en los años treinta Antonin Artaud y el mismo Breton, residían o no tardarían en hacerlo, no pocos surrealistas llegados antes o poco después de Leonora : Benjamin Peret, su esposa Remedios Varos, Woolfgang Paalen, César Moro, Alice Rahon, Buñuel y otros.

CONTINUARÁ

(Publicado anteriormente en Milenio Diario