Vida y mito del vampiro /8 | Letras Libres
artículo no publicado

Vida y mito del vampiro /8

Un flashback en la crónica vampirológica para hablar de un escritor amateur que rescató al vampiro de la difusa leyenda.

Haré, en la crónica serial sobre el mito del vampiro, una analepsis, para… ¡Un momento!, susurra ese angelito crítico que suele posarse en el hombro del escritor desprevenido; por favor, nada de palabras pedantes, ¿qué es eso de analepsis? Una analepsis es un flashback, respondo. Ah, vaya, dice el intruso (y ya veo al angelito sonreír mostrando los dientes caninos), ¿pero qué es un flashback? A mi entender, digo, el flashback es, en la literatura o en el cine, una vuelta atrás para intercalar en el curso narrativo un momento anterior, haya éste sido narrado o no.

Hago entonces un flashback en la crónica vampirológica para hablar de un escritor amateur que rescató al vampiro de la difusa leyenda, de la aldeana superstición, de una condición literariamente episódica, y lo erigió en protagonista y antihéroe de un relato sencillo y estremecedoramente titulado The Vampyre.

Va, pues, la verídica historia que podría titularse La venganza de Polly Dolly:

El italoinglés John William Polidori (1795-1821), hijo de Gaetano Polidori, doctor y secretario del afamado poeta italiano Vittorio Alfieri, fue un médico que, siguiendo el desdichado ejemplo del padre, admirador y sirviente de un genio de famosa pluma, incurrió en la desdicha de hacerse secretario del dandi y poeta Lord Byron, quien, como muchos grandes hombres, tenía más de un rasgo de vanidad y necesitaba de idólatras (ahora los llamamos fans) para vivir en adelantada gloria y por encima de un espécimen humano al cual humillar. Entre otras bromas de dizque buen gusto, Byron modificaba el título y el apellido del joven doctor Polidori: lo llamaba “doctorcillo Polly Dolly”. Quizá por eso, y por las muchas burlas sufridas al poetazo, John William se suicidaría a sus veintiséis años, pero no sin antes intentar vengarse. Y se vengó sin puñal, veneno o pistola. Se vengó con armas semejantes a las del poeta déspota: la pluma, la tinta y el papel.

El caso comenzó desde una célebre sobremesa en la Villa Diodati, a la orilla del gran lago de Ginebra y en la noche del 15 de junio de 1816. Tal fecha, según algunos eruditos, es la del nacimiento de la novela negra o de espanto. Pero esos eruditos se equivocan, pues el género lo había iniciado antes una breve novela “gótica”: The Castle of Otranto, de Horace Walpole (1717-1797), historiador, miembro del Parlamento, experto en jardinería, habitante de un castillo goticoide por él mismo diseñado, y además amante, pero sólo epistolar, de la epistolarísima marquesa Du Deffand (quien, tal vez aburrida de su salón frecuentado por Voltaire y los enciclopedistas, dedicó su vejez a amar castamente, y carta tras carta, a su corresponsal mucho más joven que ella).

A la hora de los toasts en aquella sobremesa de Villa Diodati, a la cual asistía también el “doctorcito Polly Dolly”, surgió una apuesta: escribir en unos días ¿o, mejor, en unas noches? un relato de espanto que superase al de Walpole. Byron empezó a escribir un cuento en verso pero le salía una historieta pornográfica con un fantasma violador de doncellas, y no le dio final. Shelley compuso un soneto sobre un enamorado que retornaba de ultratumba para consumar matrimonio con la amada; Mary escribió su novela de horror y filosofía y precursora de la cienciaficción: Frankenstein; y Polidori pergeñó The Vampyre, el cuento en el que, además de conferir a un personaje menor algunos rasgos de Byron (sospechoso de incesto con una hermana —o más bien una prima hermana— y viajero cojitranco por países “exóticos”), puso de protagonista a Lord Ruthwen, un dandi libertino que infundía “una sensación de temor cuya causa se desconocía”. Por supuesto, el tal Lord Ruthwen, también adornado con detalles byronianos, era vampiro desde la melena a los pies ¿o las garras?

He aquí un momento suficientemente indicativo del cuento tenebroso:

“El rostro de Ianthe muerta conservaba su serena belleza, pero en el pecho tenía sangrientas huellas de dientes caninos. Al ver esas terribles señales, se asustaron los sencillos aldeanos que habían transportado el cuerpo de la desdichada, y exclamaron al unísono:

“¡Un vampiro, un vampiro!”

Voilà, pero cabe preguntarse si los sencillos aldeanos creían que Ianthe era ya una vampira (muerta), o si presentían cerca al criminal Lord Ruthwen, que, como cualquier vampiro que se respete, habría ya vampirizado a algunos lugareños. ¿El párrafo arriba transcrito quiso dejar flotando la ambigüedad? Polidori no era precisamente buen escritor, pero habrá intuido que la ambigüedad, producto o causa del misterio, es uno de los elementos esenciales de la literatura fantástica. Y Polly Dolly se vengaba así de su torturador patrón: no sólo caricaturizándolo en personaje menor, sino, además, atribuyéndole la autoría de un relato que pudo ser intencionalmente escrito en modo mediocre.

Byron se habrá sentido retratado en aquel relato, y de momento habrá hecho una rabieta pataleando con su pierna sana de rengo, pero, siendo veleidoso, y sabiendo que un aroma de azufre convenía a su calidad de “monstruo sagrado”, a veces admitía haber escrito ese relato que, si literariamente no valía mucho, al menos estremecía a algunos de sus lectores y a muchas de sus lectoras. De modo que todavía hay antólogos y eruditos que, tal vez sin pretender continuar así la venganza de Polidori, tienen a The Vampyre por un capricho (característico si bien lateral) del autor de Las peregrinaciones de Childe Harold, de Mazzepa, de El Corsario, es decir Lord Byron, el hombre que fue un vampiro para “el doctorcito Polly Dolly”.

(Continuará)


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