Victor Hugo se convierte en Manuel Gutiérrez Nájera | Letras Libres
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Victor Hugo se convierte en Manuel Gutiérrez Nájera

En la colonia Moderna, cruzando Avenida de las Américas, Victor Hugo se convierte en Manuel Gutiérrez Nájera. La “conversión” de estas calles tiene una referencia histórica que, accidental o intencionalmente, recuerda el “candoroso” fallo en que incurrió un crítico del diario La Libertad a finales del siglo XIX. ¿Quién conoce los nombres que camina?

 

En la colonia Moderna, cruzando Avenida de las Américas, Victor Hugo se convierte en Manuel Gutiérrez Nájera. La “conversión” de estas calles tiene una referencia histórica que, accidental o intencionalmente, recuerda el “candoroso” fallo en que incurrió un crítico del diario La Libertad a finales del siglo XIX.

¿Quién conoce los nombres que camina?

 

¡Pobre Gutiérrez Nájera, pobre Manuel! Su vida pasó como la sombra del ave sobre el lago, sin dejar huella ni rayar el agua. De su vida de hombre se sabe verdaderamente poco de lo que pudiera importar. Se sabe que su madre le leía cuentos a luz de vela durante el sitio de Querétaro, donde su padre era prefecto del Imperio; se sabe que muy niño aprendió latín y francés; se sabe que en su primer trabajo de ayudante de tendero se escondía para leer a Teófilo Gautier; se sabe, también, que era feo y cabezón, caricatura de sí mismo. Esto no impedía que se paseara por Plateros desnudando señoritas de botín a cofia. Alguna noche enardecida de 1885, se habrá arrancado la gardenia del ojal para ofrecérsela, como su corazón, a Sarah Bernhardt. Su amistad con José Martí fue un literario idilio y hubiera querido que su primogénita, Cecilia, fuera compañera de juego de la difunta de Justo Sierra. Aunque frágil, como sus Cuentos Frágiles -el único libro que publicó en vida- se batió en duelo con Victoriano Agüeros, a quien le había pedido informaciones sobre la vida de su padre para el libro que escribiría sobre “Padres de mujeres célebres”. Aunque se le acusara de afrancesado, apenas salió de la Ciudad de México y sólo conoció París con la imaginación. Altamirano en una carta desde Francia, le escribió que era más parisino que los parisinos, que “se lo había ganado con la punta del estilo”. Autor de papel, poco antes de morir a los treinta y seis años, escribió: “El artista no llora lo que deja, sino lo que se lleva”.

Victor Hugo nació en Besançon en 1802, pero creció primordialmente en París. Desde pequeño se sintió grande y quiso una obra a la talla. “Como Chautebriand o nada”, proclamó. Y como Chautebriand se imaginó América, pero nunca soñó Atalas y salvajes noblezas, no soñó democracias. Su imaginación fue angustiosa, siguiendo los disipados pasos de su hija Adèle, que perdió el alma y el rumbo por un oficial de la marina estadounidense. También, quitándose los zapatos para estar a tono con los orígenes del Benemérito, rogó por el perdón de Maximiliano. Antes había perdido a su primera hija, Leopoldine, que recién casada se ahogara en el Sena. Tuvo mucho más tiempo para sufrir desde el exilio en las islas del Canal de la Mancha. Tuvo hasta los ochenta y tres años para decir; “Mañana, al alba, a la hora que palidece la campiña / partiré”. Pero Victor Hugo dejó, entre otras cosas, las Odas y poesías diversas, Las Contemplaciones y La leyenda de los siglos (publicada el año del nacimiento de Gutiérrez Nájera). Por si fuera poco, dejó Nuestra Señora de Notre Dame y Los miserables. Hacia el final de su vida se dedicó a pintar lúgubres acuarelas en su casa de la Place de Vosges. Victor Hugo, no se llevó nada.

Cuando el diario La Libertad castigó a Manuel Gutiérrez Nájera por unos versos dedicados a Pio IX, en julio de 1879, diciendo que andaban “a golpes con el arte”, El Duque Job respondió con un golpe ejemplar. En el diario, La voz de España, argumenta que: “En Víctor Hugo [...] leo metáforas mil veces más extravagantes y exóticas que las que tan duramente me fueron criticadas, y de ello es prueba la poesía cuya traducción publico en este mismo número”. A esto le sigue una supuesta traducción del vate francés, titulada En el campo marte (Al prepararse la Exposición Universal). La redacción de La Libertad, que incluía a poetas de la talla de Justo Sierra y Agustín F. Cuenca, reviró que “a Víctor Hugo se perdona todo, así como se perdona al ciervo lo flaco de sus piernas, en gracia de su ligereza”. Debieron sentirse muy nobles al escribir esto, pero igualmente tontos cuatro días después al leer que Gutiérrez Nájera los había engañado, que “ni Victor Hugo escribió tal poesía, que es de mi propia cosecha, ni yo hice en ella más que un hacinamiento de extravagancias y necedades [...] El crítico de La Libertad ha caído candorosamente en la red que yo le había tendido”. ¡Híjole, qué cabrón, me cae!

Pero, ¡pobre Gutiérrez Nájera, pobre Manuel! Hay incontables calles, callejones, puentes y pasos a desnivel que llevan su nombre. Sin embargo, para un hombre que tuvo por lo menos veintinueve seudónimos y alguna vez declarara que “escribir sin seudónimo es como salir a la calle sin camisa”, es un insulto que no haya una sola calle Duque Job, un sólo deprimido Cura de Jalatlalco; ni hablar de un Viaducto Mr. Can Can, un anillo circunvalación Fru Fru, un puente Recamier, un callejón Puck -entre tantas otras opciones viales. Por lo menos tiene y tenemos el consuelo de la Colonia Moderna en la delegación Benito Juárez. Ahí, la Calle Víctor Hugo se convierte en la calle Manuel Gutiérrez Nájera. Pero si mi esposa es de mi tierra, mi querida es de París. Por eso los separa la Avenida de las Américas. Casi tal cual dijo Rubén Darío del Modernismo, que “no es otra cosa que el verso y la prosa castellanos pasados por el fino tamiz del buen verso y la buena prosa franceses”. Aunque debe admitirse, también, que por más profundamente modernos que fueran los dos, ninguno saldría a flanear en la Colonia Moderna, ni disfrazados de Cuasimodo.

- Nicolás José

 

 

(Imagen tomada de aquí)