Víctimas excepcionales | Letras Libres
artículo no publicado

Víctimas excepcionales

La legítima indignación ante las arbitrariedades, los crímenes, la violencia, la corrupción y la impunidad está siendo distraída y ensuciada por algunos que disfrutan el privilegio de haberse autonombrado más víctimas que los demás.

Es justificado y muy necesario el reclamo para impedir que los encapuchados contaminen las marchas y protestas ciudadanas con su violencia. El puñado de activistas que veneran a Molotov secuestran las intenciones de miles de manifestantes, pervierten su mensaje y azuzan una belicosidad contraproducente para todos, salvo para ellos. Son una minoría que se arroga privilegios autoritarios no menos abominables que los de aquellos a quienes dicen combatir y a los que terminan por emular.

Alguna autoridad prácticamente secuestró a un acelerado. Es obvio que esa autoridad debe pagar por cometer una detención al margen de la ley (no se diga de la sensatez). Pero es desconcertante que los manifestantes que exigen a los encapuchados mostrar el rostro como prueba de civilidad, incorporen al rostro de su indignación el de alguien habituado a esconder el propio. En estos días de pasmosos virajes, ha sido muy extraño observar que los anarkos que fueron acusados de ser “infiltrados del gobierno” se rediman de pronto como víctimas inermes.

Hay una benevolencia poco racional, si no francamente sentimental, que crea condiciones para virajes de ese tipo. La victimización genera impunidades cuya esencia no se distingue mucho de la impunidad que los encapuchados pretenden combatir. El joven víctima del atropello policiaco ha victimado a su vez a quienes protestan con civilidad, buleándolos no sin autoritarismo y, desde luego, victimiza a los policías destinatarios de su violencia física. Quienes bloquean avenidas atropellan impunemente, ufanándose de su impunidad, a quienes circulan por ellas. Los normalistas, víctimas de tantas cosas, victimaron en 2012 a Gonzalo Rivas Cámara, empleado que murió procurando apagar el fuego que los normalistas provocaron en una gasolinera, y hoy victiman a los choferes de los autobuses que tienen en su poder (desde luego impunemente), que llevan semanas sin ver a sus familias o cobrar su salario.

Presentar en la UNAM como víctimas de una (igual de estúpida) agresión a los posesionarios del auditorio Justo Sierra, soslaya cómo esos posesionarios han victimizado desde hace años a la vasta universidad con un autoritarismo al que la voluntad de la mayoría —inhabilitada en los hechos para hacer valer su calidad mayoritaria— les merece un desprecio propio de autarca.

Son los posesionarios que consideran acto de fe las palabras del ideólogo anarquista alemán “Wolfi Landstreicher”, pronunciadas hace unos meses en “su” auditorio: “la totalidad de las relaciones sociales que llamamos civilización solo pueden existir robando nuestras vidas y reduciéndolas a pedazos”. He ahí a la víctima (“nosotros”) y he ahí al victimario (la “civilización”). ¿Qué hacer? Responde Landstreicher: “aquí es donde la forma anarquista de concebir la vida entra en juego: captar la totalidad de nuestra propia vida para usarla contra la totalidad de la civilización: nuestro anarquismo es esencialmente destructivo”. En esa lógica (es un decir), las víctimas de la “destrucción” a que aspiran los anarkos se merecen tal castigo por haber sido victimarios, es decir, por no ser anarkos.

Curioso privilegio de esta relativización del delito: los anarkos están conscientes de que se les reclasificaría velozmente como víctimas si la mayoría (no se diga la razón), cansada de ser victimada por ellos, decidiese “liberarse” de su yugo, aristocrático e intocable. ¿Y qué ocurriría si las familias de los choferes “retenidos” en Ayotzinapa marchasen para liberarlos de la tiranía sui generis a la que se hallan sujetos? ¿Quiénes serían las víctimas y quiénes los victimarios?

Por lo pronto, la legítima indignación ante las arbitrariedades, los crímenes, la violencia, el narco, la corrupción y la impunidad está siendo distraída y ensuciada por unas víctimas que disfrutan el privilegio de haberse autonombrado más víctimas que los demás. Privatizar la indignación, banalizar y monopolizar la calidad de víctima, no debería incluir formas de lucha excepcionales ni privilegiadas: habría demasiadas víctimas.