Viaje al odio argentino: el caso Relatos salvajes | Letras Libres
artículo no publicado

Viaje al odio argentino: el caso Relatos salvajes

¿Qué lleva a un hombre a reaccionar contra las pequeñas grandes injusticias cotidianas con una violencia desorbitada, que atenta contra toda posibilidad de convivencia y armonía social? 

Poco después del mediodía de un soleado lunes de noviembre, mientras una oleada de niños y adolescentes felices por terminar su día de clases inundaba las calles de Buenos Aires, un vecino del elegante barrio de Palermo abría la puerta del armario en el que guardaba un hacha. No hay muchos motivos para conservar un hacha en una casa de una zona residencial, o mejor dicho, quizás hay solo un motivo para guardar, cuidar y, llegado el momento, utilizar una. Y esa tarde, bajo la tibieza de un sol empeñado en adelantar el verano, Martín Alfredo Niño Seeber advirtió que su hartazgo cobijaba la única razón que justificaba usar la suya.

Abrió la puerta del armario sin detenerse a pensar nada porque nunca, en toda su vida, se había sentido más seguro de lo que hacía. Y antes de que se diera cuenta, a la borrosa velocidad de vértigo que impone la furia, Martín atravesó la entrada de su casa, esquivó una pareja de turistas y avanzó hacia el Honda Civic blanco estacionado justo enfrente de la puerta de su garage. Según reportarían más tarde otros vecinos, el coche llevaba todo el día allí. Razón que a Martín le pareció suficiente para destrozarle el parabrisas, atacar sus puertas a patadas, clavarle el hacha en el techo y desclavarla con esfuerzo para terminar de romperle todos los vidrios, las luces y el baúl.

Hoy sabemos que, tras el pago de una indemnización de 50.000 pesos argentinos (5800 USD), Niño Seeber no fue a la cárcel por su día de furia. También trascendió que ese lunes de noviembre, dos horas antes de que algo le dijera que debía usar su hacha, Martín llamó a la Policía Federal para denunciar la presencia del obstáculo japonés en una de las salidas de su propiedad. En la policía le dijeron que se comunicara con la empresa STO, responsable del acarreo de los coches mal estacionados. Y en STO no le aseguraron que irían a remover el Honda en el transcurso del día, ya que la brutal tormenta de la noche anterior tenía a todos los operarios muy ocupados con urgencias en distintos puntos de la ciudad. La respuesta de la Policía Federal molestó a Niño Seeber; la de la empresa STO, lo indignó. Y ya que nadie parecía dispuesto a reparar el error de más de 10 horas que se interponía entre la calle y su garage, decidió ahorrarse la espera y tomar la justicia -y un hacha- con sus propias manos.

¿Qué lleva a un hombre a reaccionar contra las pequeñas grandes injusticias cotidianas con una violencia desorbitada, que atenta contra toda posibilidad de convivencia y armonía social? La pregunta construye Relatos salvajes, la notable comedia negra del argentino Damián Szifrón, aclamada en la reciente edición del festival de Cannes. En seis episodios autónomos, apenas conectados por la desesperación y la furia de sus protagonistas, Szifrón exhibe el escalofriante destino de personajes capaces de poner una bomba contra los que se llevan el coche al corralón (Ricardo Darín), untar veneno para ratas en la cena de un político corrupto (la estupenda Rita Cortese) o escenificar la lucha de clases en una carretera sin que a ninguno de los contendientes le importe llevar la destrucción mutua hasta las últimas consecuencias (Leonardo Sbaraglia y Walter Donado). En un país donde en el primer semestre de 2014 se registraron al menos 15 linchamientos, uno de los cuales se saldó en Rosario con la muerte de un ladrón por el intento de robo de una cartera, nada parece más inevitable que la aparición de una obra de arte que a su manera represente y reflexione acerca del “todos contra todos” que parece haberse instalado con fuerza en el corazón de la vida cotidiana argentina. La causa de esa guerra sorda, que Relatos salvajes reconstruye con lucidez e ironía, habría que buscarla en el siempre mezquino mundo de la política.

En los últimos diez años, los sucesivos gobiernos del matrimonio Kirchner se nutrieron de la estrategia del teórico político Ernesto Laclau, por la cual el poder se define a partir de la creación de un enemigo con el que conviene sostener un enfrentamiento interminable. Se trata de una mirada que desprecia la importancia de la negociación, supone que consensuar es una tarea para ingenuos y, en definitiva, descree de los equilibrios sobre los que toda democracia se anima a crecer. En ese escenario, no hay poder real sin un adversario específico, y el poder sólo se constituye como tal en la destrucción simbólica y política del adversario de turno. Desde ese púlpito ideológico, Néstor y Cristina Kirchner enaltecieron como su monstruo favorito al periodismo en general, y al del Grupo Clarín en particular, pero los linchamientos morales van mucho más allá de la prensa y alcanzan a todo aquel que critique al régimen. Si alguien se queja de la seguidilla de robos, es caricaturizado como un fascista que reclama la mano dura de los militares. Si otro recuerda que el gobierno se contradice en atacar la presunta “corporación mediática” y, al mismo tiempo, favorecer a las corporaciones petroleras (Chevron, en la Patagonia) o mineras (Barrick Gold, en La Rioja), los simpatizantes kirchneristas responden que, en caso de que así fuera, seguramente es culpa de Clarín. El clientelismo del Estado, la escandalosa corrupción de los funcionarios públicos (que incluye a un vicepresidente procesado por la Justicia y a una presidenta sospechada de lavado de dinero), la ineficiencia general y la hipocresía de una militancia cegada por las justificaciones paranoicas han dejado a los ciudadanos a solas con sus urgencias cotidianas, que el Estado solo escucha si no niegan o contradicen la ficción ideológica de su mundo feliz. Los linchamientos del primer semestre de 2014, la catarata de agravios en las redes sociales tras la misteriosa muerte del fiscal Nisman y la violencia inusitada de Niño Seeber se enmarcan en ese desolador día a día en el que todo reclamo se vuelve inútil, ya que transforman al ciudadano que no encuentra vías civiles de resolución de conflictos en un enemigo público sospechado de conspiración.

Con humor y osadía, Relatos salvajes le apunta a la conflictividad social de la Argentina y, tal vez sin quererlo, la padece dentro y fuera de la película. Y es que, mientras la filmaba, Ricardo Darín declaró que le asombraba el crecimiento patrimonial de la presidenta; inmediatamente después, sus palabras merecieron una ácida respuesta de la propia Cristina Kirchner, quien contraatacó recordándole al actor que años atrás él habría comprado un coche ilegal. Y en una de sus primeras entrevistas concedidas a la prensa argentina, Damián Szifrón pidió “responsabilidad” a los periodistas y sostuvo que su película no habla tanto de la realidad social argentina como del “capitalismo en general, y del choque entre el tipo de civilización en la que estamos y el mundo que me gustaría que tuviéramos”. ¿Una manera de deslindarse del odio social que atraviesa la Argentina contemporánea, puesto de manifiesto en los insultos que Darín recibió vía Twitter durante su polémica con la presidenta? ¿Relatos salvajes podría ser víctima de la intolerancia que retrata? Al final de la película, una pareja de novios en pleno casamiento se reconcilia después de una fiesta en la que salen a relucir todas las traiciones imaginables. El inesperado perdón de los amantes-enemigos es, a su manera, lo más parecido a un final feliz.