Verdes campos de golf para siempre | Letras Libres
artículo no publicado

Verdes campos de golf para siempre

The sky is the limit

Vine a Dubái porque acá me dijeron que los bienes raíces ya no valen nada. Después del aviso que dio el gobierno de Dubái anunciando el aplazamiento en el pago de la deuda de sus dos empresas inmobiliarias más importantes, Dubai World y Nakheel, el pasado 25 de noviembre de 2009, los mercados financieros reaccionaron con una preocupación cercana al pánico a lo largo y ancho del planeta. No era para menos. Tan sólo el monto conocido y puesto en moratoria por Dubai World ascendía a 36 mil millones de dólares, de un total de 80 mil millones correspondientes a la deuda adquirida por el gobierno. El emirato hasta entonces más atractivo y sexy para los inversionistas de la aldea global abría una caja de Pandora al hacer público que, en términos proporcionales, debía algo así como el 140 por ciento de su PIB. En cuestión de horas, la burbuja inmobiliaria parecía estar a punto de reventar al confirmarse la pérdida del valor de la propiedad hasta en 50 por ciento, dato en absoluto trivial si se considera que desde 2000 en Dubái se construyen en promedio 4 mil 500 edificios al año. Entre 1993 y 2005 el número total de edificios construidos creció en más del 50 por ciento, de 48 mil a más de 77 mil, de los cuales 71 mil tienen más de 25 pisos. En Dubái poquísimas construcciones tienen menos de 40 o 50, un auténtico bosque de rascacielos cuya joya de la corona es el Burj Khalifa (primero llamado Burj Dubai), el edificio más alto del mundo, inaugurado el pasado 4 de enero, con casi 830 metros de altura y 162 pisos. Declaraciones como las de Christopher Davidson, especialista estadounidense en la región, comenzaron a causar escalofríos en los mercados financieros internacionales: “Si Dubái cae, otros podrían seguirle.”

No era necesario ser un experto en finanzas ni un practicante de deportes extremos para intuir que el dramático desenlace del boom inmobiliario de Dubái tenía el potencial para convertirse en una experiencia de vértigo, como brincar en paracaídas o arrojarse en bungee.

 

Bienvenido a Dubái

El contacto con las autoridades del emirato sugiere ciertas claves cuyo sentido es apenas inteligible. Ejemplo: resulta ciertamente extraño que los oficiales de aduana encargados de velar por la seguridad del rico y opulento emirato parezcan más bien cuidadores de un inmenso y elegante spa. ¿Qué clase de protección pueden ofrecer tipos envueltos en impolutas túnicas blancas que caminan entre las filas de visitantes con actitud sumamente relajada? ¿Cómo reaccionarían ante una situación de peligro inminente, por ejemplo perseguir y reducir a un criminal internacional calzando esas extrañas sandalias de suela elevada que revelan sin pudor los dedos de sus pies?

Un día cualquiera, el visitante se alista para enfrentar el inclemente sol matinal del desierto, cuando asombrosamente Dubái ofrece una fina llovizna y cielos nublados. A pesar de la grisura del día, predomina el verde. Uno observa pasto, verdes y brillantes kilómetros de pasto bien recortado. Uno observa campos de golf, extensos jardines, villas, glorietas. Uno piensa que quizá Dubái no es como lo pintan sus detractores; quizás en Dubái no todo es artificio.

 

Como lágrimas en la lluvia

La estación Khalid Bin Al Waleed, al igual que el resto de las que componen el metro elevado de Dubái, es lo más parecido que hay a un módulo espacial. Compro un boleto ida y vuelta a cualquier parte. Lo que sigue en mi recorrido es una especie de versión feliz de Blade Runner. Adentro de la estación, todo es un ejemplo de orden, limpidez y blancura totales. Desde las alturas panorámicas del vagón, observo los contornos de una ciudad que reaparece por momentos entre los dramáticos haces de luz de los rascacielos y la impenetrable noche del desierto. La mitad de las estaciones todavía no está abierta al público. El tren las cruza sin detenerse, alcanza altas velocidades, se desliza al interior de un silencio narcótico, como flotando. Me sumerjo en visiones más allá de Orión, a punto estoy de jurar que he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, momentos que se perderán en la lluvia, aquellas lágrimas, etcétera.

Arribo a la última estación y un vigilante me informa que he perdido el tren de regreso. Afuera, en la fila de taxis, un occidental me informa en un inglés quebrado que circular por vía terrestre será difícil: luego de los aguaceros la ciudad está inundada. En el camino de vuelta distingo, en efecto, tréboles viales cubiertos por el agua, automóviles encallados a la orilla de la autopista. A la mañana siguiente el diario The Gulf News informa que la lluvia del día anterior, la primera que cae desde hace un año, produjo noventa accidentes, cinco muertos y diecisiete heridos de gravedad.

El verde del pasto, al igual que la lluvia de Dubái, se vuelve entonces una imposibilidad de la vida cotidiana.

 

Rusas en Tiffany

En un texto escrito en el ocaso de la Guerra Fría, el cronista Juan Villoro recordaba la presencia de rusos con aspecto rígido y austero en el Gigante de la colonia Tacubaya, todos ellos agentes diplomáticos de una potencia hoy inexistente. Hasta donde sé, la caída del muro trajo consigo el fin de la Unión Soviética, pero también de esa infame cadena de supermercados en México. En ocasiones, las claves de la globalización resultan tan ininteligibles como las más complicadas tramas del espionaje internacional. Mientras recorro el imponente Mall de los Emiratos, el mismo que aloja en su interior una pista para esquiar de 600 metros de longitud, el contraste entre los usos locales y foráneos llama poderosamente mi atención. Me refiero a la contigüidad de bellas e inquietantes mujeres ocultas bajo finísimos burkas de diseñador, por un lado, y llamativas damas eslavas provenientes del viejo imperio soviético, por el otro. Justo al lado de una belleza árabe que porta el obligado velo negro, camina impúdica una despampanante y neumática rubia. Mientras imagino las piernas alargadas y cubiertas de la primera, me enfrento a la realidad contundente de las caderas expuestas de la segunda. Ambas son imposibles en mi mente, pero no dejo de preguntarme: ¿cómo conviven las dos versiones en un mismo sitio? ¿Será la aldea global su auténtico lugar de convergencia?

Vuelvo al Mall de los Emiratos, visito el Dubai Mall, el exquisito Souk Madinat de Jumeirah; en todos estos sitios observo que apenas hay varones, solamente mujeres rusas, chicas y grandes, todas guapas, todas portando las prendas más mínimas y suntuosas que mi desconocimiento de marcas y diseñadores me permite colegir. Una nube de preguntas sin respuesta se cierne sobre mí. En un interminable recorrido hacia el célebre conjunto habitacional de Palm Beach, Abdul Salam, chofer de taxi y agudo observador del mundo a su alrededor, despeja mis dudas. La razón por la que abundan las rusas en Dubái es sencilla: son las mujeres e hijas de la gran mafia rusa; son enviadas aquí para evitar la violencia que impera en la vida de sus esposos y sus padres, para escapar de las vendettas y las ejecuciones; son las hijas y nietas de la dictadura del proletariado que hoy disfrutan en Dubái los ríos de dinero que fluyen procedentes del capitalismo mafioso.

Caigo en la cuenta. El emirato es no solamente un paraíso fiscal; es también un oasis de seguridad, de ahí el lento fluir de las aduanas, la rigurosa toma digital de las pupilas en el aeropuerto. A pesar de que en Dubái la riqueza está expuesta a los cuatro vientos, el crimen es prácticamente inexistente. El último caso de asesinato vinculado a la mafia data de 2006, cuando un ruso fue ejecutado en una habitación del exclusivo hotel Burj Al Arab. Ese mismo año el jefe de la mafia georgiana en España, Zakhar Knyazevich Kalashov, también conocido como “el hombre invisible”, fue detenido en Dubái.

A nadie parece sorprender que el crimen y el terrorismo internacionales aprovechen los mismos canales de apertura financiera y de inversiones para disfrazar sus dudosas operaciones. Lo mismo hacen contrabandistas de piedras preciosas que miembros de Al Qaeda. Según investigaciones oficiales de Estados Unidos y de los propios Emiratos Árabes, al menos 250 mil dólares fueron transferidos a los perpetradores del 11 de septiembre desde bancos locales.

Las inversiones raras, el exceso en los centros comerciales, la obscenidad del más ostentoso consumo, el lavado de dinero; todo ello ayuda a explicar por qué, al contrario de sus hombres, las rusas son las mujeres más visibles del emirato.

 

Estas ruinas que ves

Los demógrafos de Dubái recurren a métodos peculiares para elaborar sus mediciones. De acuerdo con datos oficiales, la población actual del emirato es de un millón 645 mil personas, mientras que la cifra de dos millones 451 mil almas corresponde a la “Población Total Activa Durante El Día”. Lo cual es otra manera de referirse a los 806 mil hombres invisibles provenientes de la India, Pakistán, China, Bangladesh y Afganistán que trabajan principalmente en el sector de la construcción. El eufemismo se torna macabro cuando me acerco a las inmediaciones de la torre Burj Khalifa hacia el final de la jornada laboral. Encuentro filas de trabajadores vestidos con uniforme azul esperando el momento de subir a decenas de minibuses. Quizás es el efecto del atardecer, pero todo, las calles, las ropas, los rostros, parecen estar cubiertos por una delgada capa de arcilla amarilla. Es el polvo de la construcción. Entre la variedad de rasgos distingo jornaleros chinos, afganos, indios, filipinos, pakistaníes. Son la cadena humana que soporta el enloquecido crecimiento de Dubái. Parecen exhaustos, pero varios de ellos sonríen. Quiero preguntarles adónde los llevan. Un capataz me sale al paso. Con tono seco me advierte que los trabajadores de la construcción viven en “los campos”, ubicados en el extrarradio del emirato, y que el acceso a esos lugares está prohibido por las autoridades.

Walter Benjamin reconoció en las arcadas parisinas un fenómeno típicamente moderno: el arte puesto al servicio del comercio. Mientras sigo deambulando entre un bosque de grúas, andamios, edificios y torres en construcción, me resulta evidente que todo cuanto he visto en Dubái, el cual me parece cada vez más un inmenso astillero, sirve a un único y salvaje propósito: levantar una ciudad-Estado a todo lujo en el menor tiempo posible, sin importar el costo humano o material. Ambos, personas y objetos, son el elemento superabundante en la era de la globalización.

En mi intento por explicarme el prodigio de presenciar en tiempo real un acto históricamente disfuncional, es decir la construcción simultánea de una ciudad entera que además le regatea al espacio urbano cualquier noción de tiempo acumulado, me quedo con una única imagen: Dubái y sus ruinas al revés representan el perfecto anverso de las ciudades hasta ahora conocidas.

Dubái sólo tendrá historia el día que comience a desaparecer. ~