Veinte años sin Sarduy | Letras Libres
artículo no publicado

Veinte años sin Sarduy

Exiliado en Francia, Severo Sarduy no renunció a su lengua española y la continuó escribiendo en sus novelas de reputación indescifrable, en sus poemas eróticos, y en sus sorprendentes ensayos científicos y religiosos.

Se cumplen 20 años de la muerte de Severo Sarduy, ocurrida el 8 de junio de 1993, y de todas las imágenes críticas con las que me he encontrado durante la lectura y la relectura realizadas para llegar en forma al aniversario, acaso la más convincente sea aquella que Gustavo Guerrero ofrece, en la cual el escritor cubano daría fin, con conocimiento de causa, a la aventura iniciada por Rubén Darío en el fin de siglo diecinueve. Lo que en el nicaragüense fue una travesía para hacer germinar desde el exotismo francés y simbolista a una nueva literatura hispanoamericana, en Sarduy, que había nacido en 1937, fue una verdadera residencia que, ocurrida en el corazón del París de los estructuralistas, acabó por validar la continuidad absoluta entre nuestro modernismo, el emblematizado por Darío y esa última vanguardia del pensamiento que tuvo al autor de De donde son los cantantes (1967) en calidad de íntimo de Roland Barthes y familiar, pero nunca sectario, de la revista Tel Quel. Esa integración plena de un latinoamericano en el cogollo del pensamiento contemporáneo hizo de Sarduy, también, el emisario de una revancha: su familiaridad, por serlo, nada tuvo de la servidumbre anhelada por muchos de nuestros escritores, modernistas, pero también vanguardistas, que hubiesen dado todo por ser, a la vez, franceses y modernos. Nadie se ajusta menos al infamante epíteto de meteco que Sarduy, quien no renunció a su lengua española y continuó escribiéndola, primero con prolijidad y después con creciente ascetismo de antiguo carácter budista, en sus novelas de reputación indescifrable, en sus poemas eróticos, y en sus sorprendentes ensayos a la vez científicos y religiosos.

Todo eso lo hizo Sarduy, como lo señala Rafael Rojas en "Mariposeo sarduyano", un ensayo reciente, desde una situación en verdad incómoda: habiendo abandonado Cuba sin llegar a graduarse como "intelectual revolucionario", en 1960, nunca volvió y permaneció el resto de su vida en Francia. Habiéndole retirado la embajada castrista su pasaporte cubano, teniéndolo por espía, Sarduy aceptó con paciencia y heroísmo un segundo exilio, el de incrustrarse entre la intelligentsia radical parisina proviniendo de la nueva Meca, la de la Revolución Cubana, de la cual se apartó sin estridencia. No sé si la discreción de su anticastrismo le ocasionó animadversiones entre la disidencia, pero se sabe, en cambio, que hubo de recibir, desde el politburó de Casa de las Américas, censuras comisariales e insultos homofóbicos, a los cuales Sarduy dio enérgica respuesta en un ensayo célebre, "El heredero", en 1988.

Creo que fue el propio Sarduy quien contó que, para atajar sus quejas sobre lo que significaba ser un escritor cubano en París, su amigo Gombrowicz, quien vivió años en la Argentina, le dijo: "¿Y qué me dices de un polaco en Buenos Aires?". Quizá, me imagino, Sarduy pudo haberle respondido al viejo Witold exponiéndole la dificultad que entrañaba ser cubano y no ser castrista en los días del Mayo Francés de 68 que tuvo como preludio y consecuencia la conversión de casi todos los intelectuales parisinos en maoístas. Él, ese falso frívolo, como lo definió Juan Goytisolo, no incurrió en la frivolidad ideológica de tantos de sus camaradas.

Sarduy fue uno de los escritores latinoamericanos más intachablemente cosmopolitas no solo por razones biográficas sino por haber sido maestro expositor de un nuevo gran estilo internacional, su vivaz y particularísima visión del barroco, misma que el autor de Nueva inestabilidad (1987) consideraba, aquí sí muy en armonía con el espíritu rebelde del 68, como una esencia revolucionaria destinada a corromper y a derruir, dicho sea muy esquemáticamente, lo que se rechazaba como el clasicismo burgués. Por revolución entendía Sarduy, como lo sintetiza Rojas, la liberación del significante de la tiranía del significado.

Seguramente hay mucho Lacan y compañía en Sarduy, más de lo que yo pueda comprender o de lo que yo quisiera aceptar, pero no hay lo suficiente para encontrárselo, encantado y petrificado, convertido en la estatua de un escoliasta. De la cosmología o del psicoanálisis acabó por nutrirse Sarduy tanto como de la teología del Concilio de Trento se alimentaron sus artistas barrocos predilectos. Su barroco, por fortuna, nunca llegó a ser una teoría, sino una forma de lo imaginario, lo cual lo acerca más al último Barthes o a Roger Caillois que al deconstruccionismo o al campo lacaniano. Quizá el único antilogocentrismo aceptable sea el del barroco según lo imaginó Sarduy.

El heredero de José Lezama Lima y el devoto de Mark Rothko, quien tuvo, desde finales de los años 60 a Octavio Paz por "su gurú", fue todo lo contrario de un conservador. Como novelista, Sarduy fue al autor de Paradiso, lo que Beckett a Joyce, el discípulo convencido de que su misión es culminar la obra de su maestro para encontrarse con él siguiendo el camino inverso. Por ello, me parece, entre más se alejaba Sarduy de sus primeras novelas y alcanzaba el desolado ascetismo tan hermosamente esculpido en su novela póstuma, Pájaros de la playa (1993), más acabó por heredar a Lezama Lima y ese patrimonio sarduyano, a 20 años de su muerte, aparece como inalterable.

Revolucionaria fue, también y en el sentido estricto de la palabra, su devoción por la ciencia moderna. El destacado periodista científico que fue Sarduy hizo lo que tantos vanguardistas pregonan y rara vez cumplen: tomarse la molestia de interpretar el mundo con aquellas ideas contemporáneas que son realmente revolucionarias. Ir a buscarle al mundo su sentido en la cosmología. Finalmente, como homosexual, Sarduy se negó a creerse en posesión de una identidad que lo hiciese superior al vecino, como antes había descreído, desmontándola, de la identidad cubana —que si de origen chino, africano o español— tal como lo saben los buenos lectores y vaya que no es fácil llegar a serlo, de De donde son los cantantes.

(Publicado originalmente en Reforma, el 9 de junio de 2013)