¿Vecinos indeseables? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Vecinos indeseables?

Admito que me dispuse a leer Enemigos públicos (Anagrama, 2010), el diálogo a través de correo electrónico entre Michel Houellebecq y Bernard–Henri Lévy, sin otro propósito que corroborar, con cierto morbo, la decadencia francesa de la cual el par de escritores son, o deberían ser, protagonistas. Muy pronto me di cuenta de que el título del libro es equívoco porque si ambos fueron enemigos, dejaron de serlo en la segunda tanda de la correspondencia, cuando BHL (como se le conoce por allá) encajó las descalificaciones rutinarias de Houellebecq y entró en materia al discutir con generosidad con un novelista diez años menor que él (uno nació en 1948, el otro en 1958). También asumí, a las pocas páginas, que el libro desmiente en buena medida (y sin proponérselo) la postración intelectual atribuida a la vieja Francia, arrobamiento que los literatos franceses son los primeros en difundir, su eterna queja idiosincrática.

Estamos ante el duelo, para decirlo de una vez y a la ligera, entre un conservador y un liberal. El primero (Houellebecq) fue absuelto del supuesto delito de blasfemia una vez que se expresó crudamente del islam, religión que considera del todo incompatible con las sociedades democráticas, juicio que BHL considera exagerado y errático. Uno es un conservador ateo y positivista –Houellebecq– que no vive en Francia porque no quiere pagar impuestos, mientras que el otro –BHL– dice pagarlos puntualmente y es un liberal criado por el movimiento estudiantil de 1968, polígrafo obstinado en hacer sanar a la izquierda del totalitarismo (véase, entre lo último, Ce grand cadavre à la renverse, 2007) y devolverla, íntegra, a la modernidad que ella (la izquierda) de alguna manera inventó. A Houellebecq le gusta Sarkozy; BHL hizo campaña como gurú de Ségolène Royal.

Si BHL, judío nacido en la Argelia francesa, admira a los judíos solares y casi griegos que retrató Albert Cohen, Houellebecq desconfía de quienes –como su interlocutor en Enemigos públicos– predican una religión sin Dios. Filósofo público, BHL ha vuelto, en el agnosticismo, a la reivindicación de lo judeocristiano como el verdadero soplo de nuestra civilización: entre Atenas y Jerusalén, Jerusalén. Ante ello, el poeta Houellebecq, lector de Lucrecio, no se muestra muy convencido. Pero acaba siendo Houellebecq quien le da clases de filosofía al discípulo de Althusser y de Derrida, un BHL que acepta con humildad la manera en que su interlocutor lo instruye. A mí me ha sorprendido –en este libro– Houellebecq, algunas de cuyas novelas me parecieron jeremiadas, en las que la antañona náusea existencialista reaparecía creyéndose quinceañera, novísima y fresca en el arte de execrar.

Menos sorprendente me resulta BHL, a quien conozco más y a quien respeto por la manera desenfadada en que ha puesto su vanidad mediática al servicio de causas que encuentro justas (frente a la antigua URSS, en Bosnia, en Paquistán). Es notable la página donde Houellebecq le pregunta a BHL por qué es y por qué sigue siendo un “intelectual comprometido”, cuestión que acaba –agradable paradoja en esta clase de discusiones, digamos, dialécticas– por revelarnos la caracterología del propio Houellebecq que, como tantos de los misántropos es, en realidad, un solidario incomprendido. Y la pregunta obliga a BHL a ofrecer una buena lección sobre por qué aquella frase de Goethe –“Prefiero la injusticia al desorden”– es moralmente inaceptable y públicamente perniciosa.

El libro culmina con el inenarrable episodio vivido por Houellebecq, a quien su propia madre, de 85 años, le ha recetado una denigración en forma de un libro de cuatrocientas páginas (L’ Innocente, 2008). Naturalmente, BHL se conmueve: es difícil imaginar una reacción distinta a semejante desgracia en el caso de un colega. Es cosa ardua desearle al peor de nuestros enemigos cosa más desagradable.

También es Enemigos públicos un libro sobre la fama literaria. En cierta desvergüenza, como le dicta la confesión pública dizque privada tan propia de la literatura francesa, Houellebecq y BHL comparten sus cuitas como reos de la popularidad que eligieron. No poca importancia se concede en un libro hecho del ir y venir del correo electrónico, al uso de la red, a su villanía y a su nobleza. ¿Debemos o no debemos, se preguntan el uno al otro, rastrear en Google a nuestros enemigos y atender a nuestros admiradores? Al final Houellebecq y BHL acaban por declararse entusiastas de la red. Para el primero, la violencia internáutica nos devuelve a la sana brutalidad de las fiestas de pueblo; para el segundo, es, sabiéndola dominar, una mina de oro del conocimiento.

Asiduos de los juzgados y clientes de buenos abogados, uno y otro le saben al efecto del chantaje, a la mancha del libelo, a la mentira contada mil veces, carne como son de la calumnia periodística y de campañas de linchamiento que los justifican a ambos en su pretensión –un tanto circense– de hacer reencarnar a estas alturas al escritor que, a la Baudelaire, actúa como la víctima propiciatoria de la jauría burguesa. Ambos tienen, afirman, los mismos enemigos (no solo entre los fascistas islámicos y en la ultra izquierda que los absuelve) y en este libro firmaron un pacto de sangre que va más allá de la política y se inscribe en el temperamento. Como vecinos, Houellebecq y BHL, deben ser insoportables. Pero leídos, en Enemigos públicos, a mis ojos quedan justificados no solo por la resurrección del espíritu epistolar que aparejan al correo electrónico, sino por su maníaco interés en discutir la verdad filosófica y literaria. Se topan con la complicidad –como dice alguno de ellos– de ese alguien, el hipócrita lector quizá, que se alimenta de los libros ajenos.