Vargas Llosa y las pinches ideas | Letras Libres
artículo no publicado

Vargas Llosa y las pinches ideas

Debo la anécdota al escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka.

Allá por los años noventa, vivían él y Cristina, su esposa, en el DF, cuando decidieron asistir a un concierto de salsa. Rubén Blades, el superlativo autor e intérprete panameño, era la atracción principal.

El vasto auditorio, cuenta Barrera, se hallaba dividido, casi a partes iguales, en dos bandos: el de los bailadores y el de los escuchas “ideológicos”; esto es, aquellos que primordialmente celebran en Blades su disposición para el mensaje integrista de la Raza Latina y sus estupendamente musicalizadas consignas de izquierdas.

Ya en el apogeo de la velada, los presentes coreaban peticiones a Blades, y la escisión entre sus seguidores se hizo estruendosamente obvia. Unos querían su inimitable manera de “sonear” guaguancó: querían “salsa y control”, con mucho guajeo, zaoco y bembé; otros sólo querían escuchar sus moritats neoyorquinos, sus máximas sobre la desigualdad, sus elegías a los mártires de las revoluciones latinoamericanas.

El artista panameño no ocultaba, como de costumbre, su inclinación a sentirse mucho más a gusto como tribuno de la plebe que como sonero de salsa brava. Y así, poco a poco, hizo a un lado el repertorio zandunguero para favorecer baladas programáticas como las de su álbum Buscando América.

La decepción y el disgusto de los bailadores se hacían sentir estentóreamente a cada aplazamiento de lo que reclamaban. En esas estaban, cuando el grupo acompañante, “Los Seis del Solar”, atacó los compases que anuncian uno de los temas de Blades más celebrados por los ideológicos: “El Padre Antonio”.

“El Padre Antonio” narra el asesinato de un sacerdote, imaginado por Blades como un cura centroamericano, imbuido de la hoy muy venida a menos teología de la liberación. Su monaguillo, Andrés, es testigo del crimen. Todo en la balada remite metafóricamente al asesinato del obispo salvadoreño, monseñor Oscar Romero. Igual que al infortunado obispo, al padre Antonio lo acribilla un grupo armado mientras celebra la santa misa en un pueblecito nicaragüense o guatemalteco.

Característicamente, Blades no quiso romper a cantar sin antes dejar sentada una posición, sin pronunciar un discurso. Con esto, el desconsuelo de la facción rumbera tocó fondo. Blades comenzó diciendo, palabra más o menos, que “en América Latina podrán matar a las personas pero nunca se podrán matar las ideas”.

Cuenta Barrera que, ante esa declaración, un frustrado rumbero chilango que se hallaba a su lado entre el público, alzó la voz para intentar hacerle llegar a Blades su parecer y esto fue lo que dijo: “¡Pos ojalá mataran de una vez todas las pinches ideas y dejaran tranquilas a las personas, güey!”

He pensado en el cuento del camusiano chilango y salsero al cerrar Sables y Utopías, de Mario Vargas Llosa (Aguilar, Madrid, 2009). Se trata de una antología de artículos y ensayos que dejan ver el trato sostenido del autor con las ideas que dieron forma al siglo XX latinoamericano y no nos dejan salir avante en el XXI.

Han sido pocos los escritores nacidos en nuestra región que con tanta probidad hayan ofrecido a sus lectores el decurso de sus ideas políticas a lo largo de tantas décadas. Aún recuerdo el efecto aleccionador que hace veinticinco años tuvo para mí leer Contra Viento y Marea (Seix Barral, 1983), una colección de artículos, cartas abiertas y ensayos de Vargas Llosa que dejaban muy en claro su biografía intelectual desde sus años juveniles, cuando muchos intelectuales preferían, junto con él, “equivocarse con Sartre y no dar en el calvo con [Raymond] Aron”, sus crecientes discrepancias con el guevarismo revolucionario que cundió en el continente, alentado por el “ejemplo” de la Revolución Cubana, el militarismo populista, la teoría de la dependencia neocolonial como unívoca explicación de nuestro atraso y tantas otras supersticiones intelectuales, tan descaminadoras como letales.

Paradójicamente, la escrupulosidad y transparencia con la que Vargas Llosa ha dado cuenta de la mudanza de sus pareceres sobre lo político desde hace ya varias décadas, parece haberle granjeado, notoriamente en Latinoamérica, más dicterios que atención.

Carlos Granés, escritor colombiano que prologa el volumen, dice al respecto: “No hace mucho, en un congreso de literatura peruana, escuché a un escritor indigenista decir que si Mario Vargas Llosa hubiera ganado las elecciones a la presidencia del Perú, habría cambiado el escudo nacional por la esvástica. En otras circunstancias he oído decir de él que es un antiperuano, un ‘facha’, un ingenuo en materia política. De Vargas Llosa se han dicho y se dicen muchas cosas, excepto que es un liberal…”

Considérese, sin embargo, que adoptar una postura liberal dispuesta al debate y al fair play, es relativamente natural cuando se vive en un clima de libre circulación de ideas. Pero en nuestro ya bicentenario continente, los fanatismos fratricidas han echado profundas raíces y, para decirlo con palabras de Granés, “se han defendido con un arma en la mano y una venda en los ojos”.

Sables y Utopías es sin duda una de las mejores aportaciones a la tarea –insoslayable para quienes nos sentimos liberales– de apartar las vendas y desinflar las “pinches ideas” que vindican ante millones de latinoamericanos el desprecio por las reglas de juego democráticas, el sectarismo y, desde luego, la violencia política llevada, incluso, hasta el ámbito privado. Tengo para mí que, aun cuando él mismo no lo sepa, en el salsero mexicano que se impacientaba por el Blades “ideológico” asoma la misma disposición liberal que anima los textos de esta colección.

Acostumbrados a ver solamente en nuestros cerriles gobernantes populistas, ignorantones y autoritarios casi el único obstáculo para el imperio de la tolerancia y los valores de respeto a la diversidad de pensamiento, no es fácil advertir que, junto a los mandones, ha habido siempre intelectuales de mayor o menor relevancia.

En todo tiempo, han sobrado en América Latina escritores, periodistas, académicos y poetas de talla, dispuestos a ser tapaderas de algún comandante que, casi siempre, es también secretario general del partido. Pero quizá nunca como en los últimos tiempos han cundido en la región intelectuales imbuidos de una escandalosa frivolidad moral y política. Octavio Paz, al denunciar en su tiempo esa ecuménica frivolidad que, en muchos países desarrollados, condenaba la intervención estadounidense en el sudeste asiático, pero callaba ante el genocidio de Camboya, ponía a salvo las insobornables excepciones que en el mundo han sido: Camus, Orwell, Guide, Bernanos, Russel, Silene. Citaba solo a los muertos, que están más allá de las injurias y de las sospechas.

“Pero este puñado de grandes muertos –escribía– y el otro puñado de intelectuales todavía vivos que resisten: ¿qué son frente a los millares de profesores, periodistas, científicos, poetas y artistas que, ciegos y sordos, pero no mudos ni mancos, no han cesado de injuriar a los que se han atrevido a disentir y no se han cansado de aplaudir a los inquisidores y los verdugos?”.

Como se ve, son muchos, demasiados, los difusores de las pinches ideas. ¿Y cuáles son, preguntará el lector, esas pinches ideas? ¿Cómo distinguir las que vivifican y enriquecen; las que no ciegan, ni sofocan, ni matan?

Camus nos dejó una infalible regla del pulgar para identificarlas. Vargas Llosa la invoca explícitamente en uno de los ensayos que decuella entre los más brillantes de todos los que integran Sables y Utopías, cuando afirma que “la única moral capaz de hacer el mundo vivible es aquella que esté dispuesta a sacrificar las ideas todas las veces que ellas entren en colisión con la vida, aunque sea la de una sola persona humana, porque esta será siempre infinitamente más valiosa que las ideas, en cuyo nombre, ya lo sabemos, se pueden justificar siempre los crímenes –lo hizo el marqués de Sade, en impecables teorías– como crímenes del amor”.

Ideas estas últimas como las que llevaron al padre Antonio a hacerse matar fútilmente, en presencia su monaguillo Andrés.

Pinches ideas, güey: las de las venas abiertas.

- Ibsen Martínez