Una vida del siglo XX | Letras Libres
artículo no publicado

Una vida del siglo XX

“Es el gesto de un hombre que tras haber combatido a muerte la democracia la construye como quien expía un error de juventud, que la construye destruyendo sus propias ideas, que la construye negando a los suyos y negándose a sí mismo, que se apuesta entero en ella, que finalmente decide jugarse el tipo por ella”, escribe Javier Cercas en Anatomía de un instante sobre el tercer hombre, junto a Adolfo Suárez y el general Gutiérrez Mellado, que desobedeció las órdenes de los golpistas y no se tiró al suelo cuando el teniente coronel Tejero entró en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981. El tercer hombre era Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista entre 1960 y 1982.

La vida de Santiago Carrillo (Gijón, 1915-Madrid, 2012) es una vida del siglo XX, y es un viaje a través de algunos de sus fantasmas: fue revolucionario bolchevique, burócrata estalinista, renovador de la izquierda junto a Berlinguer, pieza fundamental de la Transición y finalmente mito accesible, envuelto en tabaco y leyenda, para la televisión y la radio. En 1928 entró como aprendiz en El Socialista y se convirtió muy joven en secretario de las Juventudes Socialistas. Era partidario de la “vía revolucionaria” y de Largo Caballero. Su participación en la insurrección contra la República en octubre de 1934 le llevó a la cárcel. “Si me pregunta cuándo empecé a hacerme comunista”, declararía más tarde, “diría que fue precisamente en ese año y medio de prisión en Madrid que terminó al día siguiente de las elecciones de febrero.” Lo deslumbró un viaje a la Unión Soviética en 1936 y al regresar proclamó la constitución de las Juventudes Socialistas Unificadas. En noviembre de ese mismo año, ingresó en el Partido Comunista Español. Y entonces se produjo el episodio más siniestro de su trayectoria: cuando era consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de la capital asediada, miles de prisioneros que debían ser evacuados fueron fusilados en Paracuellos del Jarama, Torrejón de Ardoz y otras localidades cercanas. Carrillo nunca dio una explicación convincente. El historiador Paul Preston –que cifra el número de víctimas entre 2.200 y 2.700 personas– argumenta que la responsabilidad de la mayor atrocidad cometida en territorio republicano fue compartida, pero también sostiene que es imposible que Carrillo no estuviera enterado.

Fue más un hombre de partido y de poder que un teórico. Su participación en la retirada de las fuerzas que invadieron el valle de Arán en 1944 le dio prestigio, supo moverse a la sombra de Dolores Ibárruri hasta desbancarla y a menudo encarnó el principio, enunciado por Barizon en Aquel domingo, que postula que “la dialéctica es el arte y la manera de caer siempre de pie”. Se sintió literalmente iluminado por Stalin: “Si el camino está oscuro y no es fácil orientarse, hay una estrella polar que no falla: la Unión Soviética, el partido bolchevique, el camarada Stalin.” En 1948, el dirigente soviético ordenó al PCE infiltrarse en las organizaciones legales y abandonar la guerrilla. Más tarde, Carrillo –después de que Jruschov denunciara los crímenes de Stalin el XX Congreso del PCUS, y especialmente después de la invasión de Checoslovaquia, que condenó– se distanciaría de la URSS.

Las purgas estalinistas y el clima paranoico de la Guerra Fría también tuvieron efectos en el PCE, como atestigua, entre otros, el proceso a Jesús Monzón. Según Gregorio Morán, Carrillo entendió que “denunciar a un oponente en el exilio, en la cárcel o muerto, no era difícil para quien dominaba los canales de información del exilio o de la cárcel, pero en la clandestinidad esto se convertía en más dificultoso y obligaba a apurar las calumnias hasta el punto que parecieran argumentos”. En sus Memorias, Carrillo escribió que “la dureza de la lucha no dejaba márgenes”.

En 1965, tras meses de debates internos, Jorge Semprún y Fernando Claudín fueron expulsados del partido acusados de desviacionistas, derechistas, revisionistas y de trabajo fraccional: cuestionaban la estrategia del partido, sostenían que el desarrollo económico español provocaría que el cambio fuera impulsado por la oligarquía del régimen, proponían aproximarse a las posiciones del Partido Comunista Italiano y pedían mayor democracia interna. Carrillo rebajaba la discusión a una cuestión de motivos: los dos querían irse; Claudín estaba cansado y Semprún tenía ambiciones personales. Pero, aunque en sus memorias habla de ello como una “leyenda”, no tardaría en adoptar, con el eurocomunismo, estrategias cercanas a las que proponían Semprún y Claudín.

En la transición a la democracia y en su defensa de la reconciliación nacional, iniciada casi veinte años antes de la muerte del dictador, Santiago Carrillo tuvo sus mayores aciertos. Volvió clandestinamente en 1976 tras décadas de exilio, fue detenido unos días tras dar una rueda de prensa y se entrevistó con Suárez en secreto poco antes de la legalización del PCE en abril de 1977. Manejó bien los medios, y supo usar su ascendiente como revolucionario y antifranquista, y emplear la capacidad organizativa y la disciplina del partido. Sus decisiones arriesgadas –como la aceptación de la bandera y la corona– arrastraron a mucha gente de la izquierda. La reacción serena del PCE tras la matanza de los abogados laboralistas de Atocha en enero de 1977 impresionó a buena parte de la sociedad.

Por convicción o por cálculo, Carrillo supo intuir que los tiempos habían cambiado y promovió una cultura de acuerdos, reconciliación y respeto a las instituciones y a las reglas democráticas.También tuvo sus costes: el PCE, que no era un partido poderoso durante la República pero fue la organización más importante de la oposición antifranquista, nunca sería la fuerza mayoritaria de la izquierda en la democracia española, y Carrillo fue expulsado del partido en 1985. Era una de esas personalidades extraordinarias que se producen en tiempos anómalos, y uno casi prefiere que los líderes sean gente más anodina. Carrillo y otros protagonistas de la Transición descubrieron tarde la democracia y quizá algunos no llegaron a ser demócratas del todo, pero alcanzaron un acuerdo para que hubiese un régimen democrático en España. Eso no anula sus errores gravísimos. Y, si empleamos el contexto histórico para explicar algunos de ellos, también habría que usarlo para explicar sus aciertos. Pero sus decisiones y sus renuncias nos beneficiaron a todos. ~