Una pared de ladrillos | Letras Libres
artículo no publicado

Una pared de ladrillos

Una historia.

Irene trabaja en una inmobiliaria: muestra las propiedades, se encarga de los contratos, comprueba las referencias de los que alquilan o compran un departamento. Cada mañana es la primera en presentarte en la oficina. Cuando los demás empleados llegan, unos minutos más tarde, el lugar huele a café pues ella ya ha preparado una jarra y está sentada frente a su escritorio ordenando sus papeles.

Irene tiene una hija de cinco años. Se llama Jimena y está en el último año de preescolar. La lleva temprano a la escuela, la recoge a la hora de la comida y la deja en casa de su madre hasta las ocho o nueve de la noche. A sus 26 años, Irene está divorciada y, a pesar de todo, su ex marido es un buen tipo que acaba de volver a casarse. La nueva esposa está celosa de Jimena, como pasa todo el tiempo. Esto es algo que preocupa a Irene, pues no quiere que el padre se distancie de su hija.

Tiene una cuenta en el banco de la que está orgullosa, le da tranquilidad. Recuerda el primer año después de la separación, cuando su ex esposo desapareció un tiempo, Jimena era una niña de pecho e Irene estaba desempleada. Es austera, cuando puede va a las liquidaciones del centro comercial y se compra algo para ella y su hija. Esta es una de las cosas que más disfruta en la vida.

No tiene tiempo de salir con otras personas, pensar en una relación, pero está Alfonso, quien ha sido su amigo y amante desde el divorcio. Se ven una vez a la semana. Alfonso no quiere tener una relación y ella nunca se lo ha planteado. Van a comer al cine, se comportan como amigos y ocasionalmente van a un hotel de Tlalpan. Alguna vez Alfonso le insinuó algo sobre un siguiente paso en la relación, pero no volvió a hacerlo. Tiene problema con su ex mujer y muchas veces no le alcanza para la manuntención del hijo. Esa es la razón por la que Irene pagala comida, el cine o el hotel la mayoría de las veces.

A Irene le va muy bien con las bienes raíces. Después de una taza café, y de ordenar los papeles, nunca se le ve en la oficina. Sus departamentos se encuentran en la Narvarte y áreas circunvecinas. Va de un lado a otro, concerta las citas por teléfono celular. Lleva en el bolso un gran juego de llaves. No existe nada que ella no pueda arrendar o vender. 

Tiene a las cinco de la tarde una cita con un muchacho que quiere alquilar un departamento en Viaducto. Irene estrena una blusa nueva que le queda muy bien. Se mira en el espejo del baño minutos antes de la cita, una repasada de lápiz labial, y se arregla el cabello.

El muchacho parece menor que ella un par de años. Tal vez sea de la misma edad, pero los hombres nunca terminan de madurar. Acaba de separarse, le dice, por eso busca departamento, el más barato que pueda encontrar, aunque desea vivir en la Narvarte, donde los precios han estado subiendo los últimos años: existen lugares mejores y más baratos. El muchacho va mal vestido, parece una persona pobre, pero educada. Ha pasado varias semanas buscando infructuosamente, le dice.

Irene le muestra uno de los peores departamentos que tiene, sabe que se encuentra en mal estado: el retrete y el lavabo gotean: los paredes están húmedas —seguramente hay problemas con las tuberías—; el empapelado de la cocina es horrible y en el techo hay manchas de humedad. Es pequeño, mal iluminado: un cuarto, estancia, baño, y cocina pequeña, si es que puede llamársele de esta manera. El muchacho se ve complacido. El arrendamiento es un hecho, si es que realmente puede pagarlo.

—Es perfecto —dice.

Pero algo se percibe en su voz.

Ahí, en el oscuro departamento, Irene se siente tranquila a su lado. Una sensación a la que no está acostumbrada.

 —¿Han recibido muchas ofertas? —pregunta el muchacho.

Lleva los zapatos manchados, la camisa sin planchar, porque se ha quedado sin mujer, piensa ella. Se vería mejor si se afeitara y se cortara el pelo.

 —Algunas —dice Irene.

Es parte de su trabajo: mentir.

El muchacho recorre el departamento. Observa los detalles. Se detiene en una mancha de humedad en el empapelado de la cocina: éste es rosa y con dibujos de hortalizas: hay zanahorias, tomates y algo verde de forma indefinida.

Irene nunca deja ir un cliente; en su maletín está todo listo: la fórmula de intención de compra o arrendamiento; y recibos, en caso de que alguien quiera hacer un adelanto.

—Me gusta —dice él.

Una vez más la calma. Por la ventana llega el ruido del tráfico, el trino de los gorriones, los ecos de una radio o un televisor.

 —El precio es negociable —dice Irene.

El muchacho examina en las paredes las marcas de los cuadros dejadas por los anteriores ocupantes. Aquel rectángulo sobre la entrada debió ser, piensa Irene, una reproducción de la Última cena. Recuerda la casa donde creció, en la Agrícola Orienta. Esa marca más grande junto a la ventana debió ser una fotografía de boda, o un diploma, o tal vez uno de esos cuadros con un niño que llora, tan de moda cuando ella era pequeña. Lástima que el dueño del departamento no sé tomara la molestia de repararlo: pintar las paredes de blanco para que se vea más amplio, comprar un retrete nuevo, reparar las tuberías. Hay gente así de tacaña. El departamento ya tiene sus buenos cincuenta años. Lo que piden de alquiler es un abuso, pero ella no decide los precios de los bienes raíces, su lógica torcida.

En el dormitorio la vista es una horrenda pared de ladrillos.

—Si ya hay una oferta, puedo pagar un poco más —dice el muchacho.

 —Me parece que este departamento no lo vale. El edificio es viejo, las tuberías están mal —Irene no sabe por qué dice esto.

Mira el reloj: son las cinco y cuarto; tiene una cita a las cinco y media a unas cuadras de ahí.

 —No me importa —dice él—, estoy cansado.

Lo mira, debe de tener sólo 24 años y dice estar cansado.

—Alquilar un departamento es una decisión muy importante —dice Irene—. Hay que ver otras opciones.

—Me gusta la pared de ladrillos.

Suena el teléfono celular: es Alfonso.

—¿Vamos a vernos? —pregunta.

—Aún no lo sé.

Todo depende de si logra terminar cierto papeleo antes de la noche.

—Está bien, avísame.

Le gustaría que por un momento Alfonso tuviera una objeción; que no fuera tan pasivo.

El muchacho inspecciona el baño. El lavabo sólo tiene una llave y el calentador no parece en buen estado. Hay una tina con patas estilo Chippendale. Va a ser una tarea ardua limpiar el sarro.

Sin saber por qué a Irene le preocupa el sarro de la bañera, el muchacho nunca va a limpiarla. El papel de la cocina seguirá siendo rosa con estampados de hortalizas: los tomates, las zanahorias y esa cosa verde. Hay que retirar el empapelado y pasar dos manos de pintura, y cambiar el mueble del fregador, piensa.

Y esta idea le irrita.

Habría que hablar con el dueño para que le haga un descuento al muchacho a costa de las reparaciones, pero Irene lo conoce bien: es un hombre tacaño. Mira con detenimiento la marca rectangular sobre la puerta: hay cagadas de mosca.

—Este lugar no te conviene —dice.

—Para mí es perfecto.

—¿Por qué?

—Me gusta la pared de ladrillos —dice el muchacho, y camina hacia la ventana—; siempre quise tener de vista una pared de ladrillos.

—¿Qué tiene esa pared? —pregunta Irene.

No es que el muchacho le guste o le parezca guapo, le recuerda a alguien. La calma que le transmitía hace un momento se ha ido, pero está resuelta a no dejar que alquile el departamento.

El muchacho la toma del brazo con una delicadeza que Irene nunca ha conocido (y sin embargo tan familiar), como si hubieran crecido juntos (las manos son suaves, de mujer) y con un ademán que también ha sido así desde siempre le muestra la pared de ladrillos. La luz del sol llega débil y enrarecida por la sombra de la pared, por la contaminación del cielo, por el polvo que cubre la ventana.

—¿No es hermosa? —pregunta el muchacho.

—No, no es hermosa, y creo que no deberías de rentar este departamento.

Pero el muchacho no contesta, ambos se quedaron ahí en la penumbra, contemplando aquella pared de ladrillos.