Una mujer justa | Letras Libres
artículo no publicado

Una mujer justa

El 1º de febrero de 2009 El País publicó un largo e interesante artículo de Jesús Duva intitulado “El Holocausto pasó por España”. En realidad no pasó por España; pasaron por España prófugos de la Shoah, entre veinte y 35 mil, según los historiadores. Duva cuenta cómo lograron “salvarse de la persecución de Hitler huyendo a través de la península con el apoyo de españoles anónimos”.

El 27 de enero pasado se conmemoró en Europa el Día de la Memoria del Holocausto y de la Prevención de los Crímenes contra la Humanidad; en España se recordó con este motivo a los salvados y sus salvadores y se convocó “a quienes ayudaron en España a los judíos a escapar del Holocausto. El objetivo: recabar su testimonio y recuperar parte de la memoria histórica colectiva”. En gran parte, esto es ilusorio porque casi todos los actores han muerto: los tres entrevistados por Duva eran niños cuando los pasaron de Perpiñán a Barcelona, vía Puigcerdà y Andorra, y tienen ahora 75 años y más. ¿Qué edad tendrían hoy sus buenos samaritanos?

Yo conocí a una francesa que ejerció el oficio de buena samaritana. Sin buscarlo, recibí hace muchos años el testimonio de Marie-Françoise Payré, la mujer que armó una cordillera desde Niza hasta Cataluña para salvar, entre 1941 y 1944, a cientos de víctimas potenciales del nazismo, entre ellos muchos niños. Doy su nombre, aunque ella nunca hizo alarde de lo que le parecía normal. Su discreción tuvo éxito porque, según me han informado desde Israel, su nombre no figura en la lista de los “justos” en el monumento conmemorativo de Yad Vashem. Además, su hijo adoptivo, H.G., uno de esos niños, respetó escrupulosamente su última voluntad y quemó todos sus papeles, lo que todo historiador lamenta, entre otras cosas porque ella fue la persona de confianza del gran historiador francés Jules Isaac, padre de la famosa colección de libros de texto “Malet-Isaac”, autor de una serie de libros que ejercieron una influencia fundamental sobre el Concilio Vaticano II y la actitud de las iglesias cristianas frente al judaísmo: Jesús e Israel (1948), La dispersión de Israel: hecho histórico, mito teológico (1954), Génesis del antisemitismo (1956), ¿Tiene el antisemitismo raíces cristianas? (1960) y Enseñanza del desprecio (1962). Don Jules visitó en 1949 al papa Pío XII y lo convenció de modificar la liturgia del Viernes Santo, que podía prestarse a una lectura antijudía; en 1960 se entrevistó con Juan XXIII y su labor culminó, después de su muerte, con las declaraciones del concilio sobre el judaísmo, condenando de manera definitiva “el error teológico, jurídico, histórico de la acusación de deicidio” contra los judíos.

Pues bien, Marie-Françoise lo visitó cada día a lo largo de los dieciocho últimos años de su vida, como médico, amiga y colaboradora. Él le leía toda su correspondencia, de la cual le daba copia; le leía cada una de las páginas del manuscrito en curso; durante sus ausencias le escribía cada día. Ella fue la primera en leer estas frases:

 

 

Jesús no rechazó a Israel, no lo maldijo: así como los dones de Dios son sin arrepentimiento, la evangélica ley de amor no tiene excepción. ¡Ojalá y los cristianos lo reconozcan por fin, reconozcan y reparen sus obvias iniquidades! Ahora cuando una maldición parece pesar sobre la humanidad entera, es el urgente deber que les dicta la maldición de Auschwitz [...] La luz del horno crematorio de Auschwitz es el faro que alumbra y orienta todos mis pensamientos. Oh, mis hermanos judíos y mis hermanos cristianos, ¿no creen ustedes que se confunde con otra luz, la de la cruz?

 

Hay que saber que la esposa, la hija y el yerno de Jules Isaac murieron en campos de concentración.

Marie-Françoise nació en la familia Vigué, en mayo de 1899, en el altiplano pirenaico, en el pueblito de Saillagouse, a un paso de la frontera entre Puigcerdà y Bourg-Madame, en Cerdaña... ¡Perdón! Se me olvidaba decirles con qué derecho hablo. Mi primer recuerdo de esta hermosa heroína se remonta a 1946, cuando yo tenía cuatro años, el día del nacimiento de mi hermana, en la casa; ahí estaba la doctora, “Madame Payré”, como le decían todos. Era el médico de nuestra(s) familia(s) y lo fue hasta su muerte, en enero de 1978; nos adoptó como amigos a mi esposa Beatriz Rojas y a mí. Por ella mis padres –y yo, desde chico– conocieron al impresionante Jules Isaac, quien los honró con su amistad y confianza; él los enroló en la Amistad Judeo Cristiana que fundó en 1948 y de la cual Madame Payré fue la secretaria permanente. Entre los papeles que dejó mi padre, André Meyer, hay importantes cartas de Jules Isaac y todos sus libros, dedicados afectuosamente tanto a mi padre como a mi madre.

Con estos documentos y la precaria ayuda de mi memoria (entonces no se me ocurrió apuntar lo que nos contaba nuestra amiga), intento decir lo que hizo esta gran mujer.

Marie-Françoise tuvo por padre al señor Payré, notario en el pueblo catalán francés de Saillagouse, en un altiplano a mil doscientos metros de altura. Ahí pasó su infancia. Oigo su voz:

 

 

No había más que el cielo y la tierra, nada más que la tierra y el cielo. Eso le enseña a uno a ser exigente con los demás, más aún consigo mismo. En invierno nos acostábamos sobre la tierra congelada, dura como la roca; pegábamos el oído al suelo para escuchar el galope, a kilómetros de distancia, de nuestros famosos caballos lanudos.

 

Sus raíces catalanas y serranas le fueron muy útiles para salvar a los perseguidos del nazismo.

A los dieciséis años se fue a Aix-en-Provence para estudiar historia:

 

 

Aix era una flor color de rosa, la ciudad entraba en las siete colinas y las colinas entraban en la ciudad, que no contaba más de veinte mil habitantes. Éramos seis estudiantes de historia y dos de geografía; toda la facultad de letras juntaba cincuenta estudiantes. ¡Quería tanto el canto de las fuentes que me acompañaba!

 

 

Ella nos hablaba de la ciudad, en aquel entonces el baluarte del movimiento monárquico y católico de ultraderecha, la Acción Francesa. Un día, en una casona de las viejas familias de la nobleza de Aix, asistió a una conferencia de Charles Maurras, el ideólogo y fundador de AF, un hombre ya mayor y sordo como un topo. Imaginen la escena: al final, una hermosa muchacha de escasos diecisiete años contradice al maestro ¡pegando su frente a la frente del anciano, única manera de que oyera algo! Maurras, quien saludó la derrota de Francia en 1940 como una “divina sorpresa”, fue condenado a muerte tras la Liberación, pero no fue ejecutado por su avanzada edad. Cuando la invitaron a entrar en la Acción Francesa, contestó: “No, eso no me gusta”, y se negó a dar más explicaciones.

A los diecinueve años conoció a un hombre, un joven médico del Rosellón, como ella, el doctor Payré. “Lo amé en seguida; durante toda mi vida no he amado más que a él.” Tuvieron que esperar un año para casarse, año que ella aprovechó para hacer una tesis sobre la Revolución en Aix-en-Provence entre 1789 y 1800, tesis a la cual el gran Albert Mathiez, el de la cátedra de la Revolución Francesa en la Sorbona, dedicó dos páginas.

El amor puso fin a lo que pudo haber sido una brillante carrera académica y la convirtió en “dama de la caridad” (palabras suyas):

 

 

Nunca me arrepentí de haber abandonado la historia, que me apasionaba. Había nacido historiadora, es cierto, pero amaba y era amada. Sabía muy bien que representaba un papel, mi papel de esposa del médico y por lo tanto de dama de la caridad. No me engañaba y mi esposo tampoco se engañaba. Así era, ni modo, no había de otra. Lo que contaba más que todo era nuestra pareja. Éramos uno, como el cielo y la tierra en mi pueblo.

 

Nueve años después, en el verano, la tifoidea se llevó al joven doctor Payré, cuya foto estuvo siempre sobre el escritorio de la doctora Payré, Marie-Françoise. Ella se hundió en la desesperanza de una noche muy obscura durante seis meses. Un día sorprendió la mirada de compasión de un amigo:

 

 

No es posible, ¿soy yo quien suscita tal compasión? El orgullo me dio la fuerza para levantarme. Entendí que de mí dependía que mi esposo estuviese muerto o vivo. A los veintinueve años me enclaustré en los estudios de medicina [en la antiquísima facultad de medicina de Montpellier, donde su marido había estudiado].

  

Fue la primera mujer de su generación en recibirse como médico, un oficio hasta entonces cien por ciento masculino.

 

 

Un festín. Poco a poco aprendí a olfatear al enfermo como el perro olfatea la liebre o el faisán. No entendía por qué todo el mundo no estudiaba medicina. Mi marido vivía y vive de mi vida. Era privilegiada, lo sigo siendo.

  

Vino entonces la guerra de España, 1936-1939. Cruzó muchas veces la frontera para ir a Barcelona o a Puigcerdà. Tenía un pase de la Cruz Roja Internacional que le permitió salvar a varias personas de diferentes colores políticos. Su enérgica, atrevida, imprudente intervención –hablaba español y catalán y tenía, lo tuvo siempre, un aplomo, una autoridad increíbles– paraba a los matones de las diversas facciones republicanas que se peleaban Cataluña. La memoria me falla y lamento no haber tomado apuntes, pero recuerdo que se enfrentó a terribles verdugos que figuran en los libros de historia: Antonio “El cojo de Málaga”, el sastre de... no recuerdo.

En 1939, cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, radicaba de nuevo en Aix-en-Provence, porque ahí se encontraba su hermano, profesor de física (fue mi maestro en secundaria). En el otoño de 1939 la República Francesa cometió la infamia de encerrar detrás de alambradas de púas no sólo a muchos republicanos españoles –los cónsules mexicanos rescataron a varios miles– sino a todos los extranjeros provenientes de países enemigos: alemanes, italianos, rusos... Se trataba en su mayoría de refugiados políticos, de opositores al nazismo, el fascismo y el estalinismo, y también de judíos que habían huido del nazismo. Así Arthur Koestler, que pasó un tiempo en el siniestro campo de Le Vernet. Al lado de Aix, en el pueblito de Les Milles, abrieron un campo donde fue a dar la flor y nata de la intelligentsia alemana, la que desde 1933 vivía en Provence, como el famoso círculo del puerto de Sanary. Fue una infamia porque facilitó la tarea de los nazis cuando cayó Francia en el verano de 1940: encontraron atrapados a sus opositores y a los judíos.

Inmediatamente la doctora Payré asumió la defensa de las víctimas; iba todos los días al campo de concentración, después de las visitas a sus enfermos y antes de atender en su consultorio. Ayudó de mil maneras y logró la liberación de muchos, antes del fatídico junio de 1940. A la hora de la derrota, de “la divina sorpresa”, el mariscal Pétain llegó al poder e inauguró la “colaboración” con el Reich. Anticipó los deseos del vencedor con una serie de leyes y decretos racistas dirigidos contra los judíos. Marie-Françoise, sin tardar, aprovechó sus relaciones en Provenza, Languedoc y Cataluña para montar una cordillera de complicidades desde Menton y Niza, frontera con Italia, hasta la frontera serrana de la Cataluña española.

Hasta 1943 la presencia italiana en Provenza y en los Alpes fue un factor favorable porque estos hombres no compartían el odio nazi contra los judíos, pero la caída de Mussolini hizo que los alemanes tomaran el control de todo el territorio francés: ayudar a los judíos era un delito que costaba la vida.

Madame Payré no se dejó intimidar y, cuando era necesario, hacía personalmente el viaje desde Niza hasta Cataluña; en una ocasión acogió al niño H.G., que le fue confiado por una madre que moriría en un campo de la muerte; al final de la guerra el muchacho se quedó en Francia, como su hijo. También fue el médico y protector de muchos resistentes al nazismo y al régimen de Pétain. En la “noche y niebla” de la época no perdió el norte; tomó todos los riesgos, y nunca lo presumió. Lo que sé no me lo contó ella, me lo contaron. Nunca necesitó ni gratitud ni medalla. Tampoco necesitaba que los niños fuesen suyos para quererlos. Recuerdo su obsesión por la violencia de los padres contra los niños, cuando el tema de la violencia intrafamiliar no estaba de moda. Cuando hacía sus visitas y oía gritar a un niño, entraba sin tocar a la puerta, por si acaso:

 

 

Dejé de creer en la Iglesia católica por la masacre de los niños judíos y el silencio del papa. Era creyente al grado de comulgar cada mañana. Sigo siendo creyente, pero rechazo todas las iglesias: no son de Dios, todo lo contrario. Claro, desde antes de la guerra no ignoraba que las iglesias pueden matar lo que bendicen. Mis antepasados eran cátaros y soy historiadora. Pero tuve que vivir la masacre.

 

 

Ya nos había contado cómo se escandalizó cuando un sacerdote le negó la absolución a un católico moribundo porque era miembro de la Acción Francesa. En 1926 el papa Pío XI había excomulgado el movimiento, ordenando retirarse a los católicos que formaban sus gruesos batallones; a los recalcitrantes la Iglesia les negaba los últimos sacramentos si no firmaban una retractación por escrito. Al ateo neopagano Maurras eso lo tenía sin cuidado, pero a los católicos... Marie-Françoise, enemiga de la AF, exclamaba: “¿Dónde está la caridad?”

La caridad, el amor la habitaba. Recuerdo con cuánta intensidad nos habló de aquella joven mujer de origen argelino, pero nacida en Aix, que había venido a pedirle un certificado de virginidad porque iba a casarse en Argelia. “¿No se siente usted humillada?” “Sin certificado no me aceptarán. Hasta podrían matarme.”

Al final de la guerra, en 1945, conoció en su calidad de médico a Jules Isaac, cuando este se instaló en Aix. Lo acompañó hasta su muerte, y lo ayudó en su combate contra la enfermedad y contra el antisemitismo, cuando fundó la Amistad Judeo Cristiana. Durante casi treinta años fue la secretaria de la asociación en Aix y su incansable animadora. Entre 1945 y 1948 Isaac terminó la redacción de su obra maestra, Jesús e Israel, libro pronto seguido por Génesis del antisemitismo y otros que tuvieron un gran impacto con su tema recurrente de las raíces cristianas de esa plaga. Ella estuvo a su lado para ayudarlo en su labor de historiador y combatiente y para cuidar la salud de un enfermo crónico: le prolongó la vida por varios años. Después de su muerte en 1963, fue la guardiana vigilante de su pensamiento, combatiendo toda deformación, hasta involuntaria, de lo que estimaba ser la verdad. Por sus relaciones cotidianas y la confianza recíproca entre ambos, ella conocía mejor que nadie las posturas auténticas de Jules Isaac, especialmente en materia religiosa. Muchos piensan que la Amistad Judeo Cristiana debe volver a los cristianos mejores cristianos, y a los judíos, mejores judíos. Jules Isaac se quedó fuera de toda iglesia, de toda confesión, y Marie-Françoise defendió siempre su postura.

La vimos por última vez, en su casa acogedora y hermosa, en la Navidad de 1977; consoló a mi joven cuñada que lloraba porque era la primera vez que no pasaba Navidad con toda su familia, en México. A sus 78 años seguía trabajando como siempre, sin tomar un día de descanso ni de vacaciones, jamás; dedicada a sus enfermos y al desarrollo de la amistad judeocristiana. Unos días después murió de manera accidental e inesperada, al caerse en unas escaleras después de visitar a un enfermo. La multitud desbordaba el templo el día de su sepelio, prueba de la emoción que causó su muerte. Fue una mujer “justa” que se entregó al servicio de las más nobles causas –no mencioné su activismo en el Buró de Acción Social– y luchó tenazmente contra las fuerzas del Mal.

Treinta años después nos acompaña y nos alienta a no desesperar, a no descansar. ~