Una mujer entre los toros de San Fermín | Letras Libres
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Una mujer entre los toros de San Fermín

La fiesta de San Fermín, en Pamplona, siempre fue un acontecimiento muy masculino. En los últimos años eso ha ido cambiando: algunas mujeres se animan y consiguen hacerse un hueco entre los hombres. Y entre los toros.

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La novela Fiesta, deErnest Hemingway, publicada en 1926,cuenta la historia de un grupo de amigos que viaja a Pamplona, España, para participar de la fiesta de San Fermín. Hay un mujer, Brett Ashley, que en el pasado ha mantenido una relación amorosa con el narrador del relato, que ahora está comprometida con otro hombre y por cuyos encantos se me mete en problemas otro par de personajes. Por algo su papel fue interpretado en el cine nada menos que por Ava Gardner.

Así eran entonces las cosas: a duras penas, algunas mujeres podían abrirse paso en un mundo masculino, y casi siempre para ocupar roles arquetípicos. Podríamos decir que la presencia de Brett Ashley en la decena de personajes de importancia de la novela es proporcional con el espacio que ocupaba la mujer en aquel entonces en la más famosa de las fiestas españolas. Pero creo que, si dijéramos eso, nos equivocaríamos. Estaríamos siendo demasiado optimistas. El lugar que ocupaban las mujeres era incluso bastante menor.

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Los Sanfermines —como se llama popularmente esta fiesta en España—y sobre todo su ritual más emblemático, el encierro, han sido desde siempre acontecimientos muy masculinos. El primer bando municipal que reguló el encierro, fechado el 1 de julio de 1867, en su artículo 2, prohibía a “mujeres, ancianos y niños” la posibilidad de “situarse en las calles que ha de recorrer el ganado”. Las peñas tenían vedado el acceso a las mujeres. La fiesta era cosa de hombres.

En 1974, cuando el franquismo agonizaba, esa normativa se derogó. Pero la participación de las mujeres en el encierro sigue siendo muy escasa. Según datos del Ayuntamiento de Pamplona, representan apenas el 8% del total de corredores. Y la mayoría de las mujeres que corren son extranjeras (la historia del encierro contabiliza cinco mujeres heridas por asta de toro: tres estadounidenses, una noruega y una australiana). No hay duda de que para la tradición sanferminera, que tiene un peso tan importante en toda la fiesta, todavía hoy el encierro sigue siendo cosa de hombres.

Natalia Jiménez es una excepción: durante una década, entre los años noventa y los dos mil, fue corredora habitual del encierro. En todos esos años, nunca conoció a ninguna otra chica local que lo hiciera. Nunca, ni una sola. Un dato revelador.

“Había mucha gente que me miraba mal”, dice Jiménez, que es de Berriozar, un municipio de 10 mil habitantes que el crecimiento demográfico convirtió en un barrio de Pamplona. Recuerda que, después de que la entrevistara la televisión local, debió escuchar comentarios según los cuales “tendría que quedarse en su casa fregando” en vez de correr el encierro. Y que la policía trataba de disuadirla: “¿Tú no sabes que las mujeres no pueden correr?”. Y ella les explicaba no solo que las mujeres sí pueden correr, sino que quienes no pueden hacerlo son las personas ebrias. “¿Has visto cómo van esos”, respondía ella, señalando a los no pocos borrachos que tenía alrededor. Pero a ellos la policía no les decía nada.

Jiménez dejó de correr hace poco más de una década, en parte por cuestiones laborales y porque nacieron sus dos niñas. Tiene 42 años y le gustaría que hubiera más mujeres que participaran del encierro. Sus compañeros de carreras, que todavía corren el encierro, le cuentan que en estos estos años no han visto a ninguna chica local que se lance a la tradicional carrera. “Las chicas de aquí —dice Natalia—tienen tan metido en la cabeza el hecho de que las mujeres nunca han corrido que creo que directamente ni se lo plantean, ni siquiera conciben que lo pueden hacer. Sí que se proponen tomar parte en otras actividades de la fiesta, pero en el encierro no”.

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Entre esas otras actividades que la fiesta de San Fermín incluye, además del encierro, están la música, las comidas y bebidas, las danzas, los desfiles, las procesiones y todas las formas de la juerga que uno se pueda imaginar. En todos estos ámbitos en donde la mujer, con los años, ha ganado mucho lugar. Pero también creció mucho un problema grave: las agresiones sexistas. Hace pocos años, las imágenes de mujeres con el torso desnudo manoseadas por multitud de hombres causaron escándalo, y llevaron a que se tomaran medidas para impedir que tales escenas (y otras aun peores) se repitieran.

Zurine Altable, miembro del grupo Euskal Herriko Bilgune Feminista (literalmente, “Punto de Encuentro Feminista del País Vasco”), explica que la causa principal de ese descontrol está en el hecho de que a Pamplona, en esos días, llegan multitudes de diferentes regiones y países “a quienes les han vendido que visitarán una ciudad sin ley, donde todo vale”. Para contrarrestarlo, la Plataforma de Mujeres contra la Violencia Sexista —de la cual el grupo Bilgune forma parte—ha publicado documentos y, durante los Sanfermines, habilita una línea telefónica para denunciar este tipo de agresiones. Entre sus propuestas, además, hay desde campañas de sensibilización anti-agresiones sexistas hasta “cursos de autodefensa feminista para mujeres”.

De todos modos, la lucha por unas fiestas igualitarias tiene objetivos que van bastante más allá de evitar las agresiones de género. El otro gran tema es la participación de las mujeres en la fiesta, tanto en la organización como en el disfrute. “Muchas veces vas a las fiestas de barrios y pueblos y sólo hay hombres —describe Altable—. Al final, la mujer no está participando en sus propias fiestas. O vas a una comida popular y todos son hombres, o vas a un concierto y todos los que suben al escenario son hombres”.

Son situaciones en las que siguen pesando cuestiones culturales difíciles de erradicar. Para Altable, una de las causas mayores es que no hay referentes. Pareciera que siempre ha sido así y el modelo se reproduce. Por eso se suele proponer, en los casos en que es posible, implementar una suerte de cupo de participación femenina, con el fin de —en palabras de la activista—“forzar un poco la máquina”.

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Las hijas de Natalia Jiménez tienen 6 y 2 años, respectivamente. Entre risas, ella cuenta que su pareja (José Ignacio, que también es de Berriozar y nunca corrió el encierro de San Fermín) le anticipa: “Pues tus hijas no van a correr”. Y sin embargo, ella no puede evitar ilusionarse con cumplir el típico relevo generacional pamplonés: correr junto a su prole, y que luego la siguiente generación tome el testigo y mantenga la tradición. El hecho de que sean mujeres es una de esas cuestiones culturales difíciles de erradicar. Pero no debería ser un obstáculo. Por suerte, aunque todavía queden muchos pasos por dar, las mujeres ya no necesitan ser Ava Gardner para hacerse un hueco entre los hombres —y entre los toros—de la fiesta de San Fermín.

 

Lee aquí el reportaje: Sangre de fiesta (o La fiesta en la sangre)

 

 


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