Una ketubá | Letras Libres
artículo no publicado

Una ketubá

Aflora cuando menos se lo espera aquello que retorna, que re-presenta, lo que hubiéramos destinado al olvido. Es la magdalena mojada en el té de la historia, que evoca inesperadamente la infancia de todo un país y una cultura. Se cava para cimentar un edificio y aparecen huesos: huesos humanos, que llevaban muchos años esperando a decir que allí pasó algo feo, algo que no debía haber pasado. Lo escribió el poeta chileno Óscar Hahn: “Un día la picota que excava la tierra / choca con algo duro: no es roca ni diamante / es una tibia un fémur unas cuantas costillas / una mandíbula que alguna vez habló / y ahora vuelve a hablar.” Sin embargo, no es solamente la mandíbula literal la que quiere recobrar la voz. También están los papeles. “Ahí donde queman libros quemarán personas”, escribió el gran Heinrich Heine en 1821. Hoy lo leemos como un presagio de las atrocidades del siglo XX, pero para entonces ya había sucedido la Inquisición, que produjo unos cuantos índices de libros prohibidos y muchas más piras de hombres y mujeres impíos para alimentar los autos de fe.

He ido a ver este fin de semana la ketubá de 1377, encontrada en un archivo de Castellón de Ampurias y cedida, en acto solemne, con discursos de alcaldes y otras autoridades, al Museu d’Història dels Jueus, en el Centre Bonastruc ça Porta de la ciudad de Girona. Es un documento espléndido: un papiro de un tamaño parecido a un folio a3, muy bien conservado, escrito en hebreo, en el que se establecen los términos del matrimonio entre “David Meshulam y Astruga, hija de Abraham ben Jusef”. Eso es precisamente una ketubá: un contrato matrimonial en el que se manifiestan las obligaciones de los contrayentes, la dote, lo que sucedería si se rompe la unión conyugal, qué sustento quedaría a la mujer (y a los hijos) en caso de quedar viuda. Es una parte del derecho judío que se remonta a la época mosaica. El contrato se firma en la sinagoga y es parte central de la ceremonia de la boda.

El hallazgo de este documento es un acontecimiento magnífico para historiadores y estudiosos de la cultura judía en Cataluña –que fue extensa en el tiempo, importantísima en el número de sus habitantes y monumental en sus logros intelectuales. Varios de los principales cabalistas eran de Girona, como el médico y talmudista Moshé ben Nahmán, conocido como Nahmánides, nacido en Girona en 1194 y muerto en Jerusalén en 1270, autor del famoso Comentario al Pentateuco y padre de la gloriosa escuela de cabalistas de Girona. Esto se menciona en un panel del museo; pero ¿dónde está el centro de referencia en estudios cabalísticos que Girona se merece? ¿Dónde están las autoridades académicas, culturales, educativas, los consejeros autonómicos y ministros que acudan a afirmar que semejante hallazgo merece un congreso internacional o, mejor, su inclusión facsímil y traducida en los libros de texto de las escuelas, como parte fundamental de la historia de este país? Por eso queda, después de la visita, una sensación ambigua, como si en la emoción de presenciar, casi de poder tocar, este gran descubrimiento se mezclara alguna impureza, alguna sospecha.

Diría que la incomodidad proviene de la rápida museificación del expediente. No solo porque en este país se ha aceptado ya como un hecho natural que todo aquello que tiene algún interés –histórico, artístico, cultural, arquitectónico– debe ser inmediatamente puesto al servicio de la industria turística –que lo vean ellos, a quienes parece que tanto les gustan todas estas cosas– sino porque, además, la museificación es una manera de alejar algo hacia su incrustación espacial y temporal, de dejarlo fuera de todo lo que tenga que ver con hoy, con lo que somos, con nosotros. He oído decir no hace mucho, a un alto dirigente del nacionalismo independentista, que uno de sus ídolos políticos es David Ben-Gurión, prócer de la consolidación del Estado de Israel. Se entiende la intención de ensalzar al hombre que cumplió el sueño de crear un nuevo Estado nación, pero aun así no está mal si se lo compara con los líderes de la izquierda catalana que acudieron a reventar una actuación de una cantante israelí, en un acto oficial organizado por el gobierno del que ellos mismos formaban parte, solo por el hecho de que, siendo israelí, claro, es automáticamente cómplice de actos de imperialismo y represión. ¿Por qué no boicotear, entonces, un concierto de –pongamos por caso– Bruce Springsteen, dios con numerosísima parroquia en Barcelona, por ser orgulloso ciudadano –Born in the usa, etcétera– de un país que hace trapacerías a gran escala en cada rincón del planeta? Qué desgracia, para quien en Cataluña (y en España) se considere progresista, ver cómo se postula hasta con orgullo que, para ser de izquierda, hay que exhibir, de tanto en tanto, una dosis de antisemitismo. ¿Será ese el verdadero legado histórico del call de Barcelona, el de Girona o el de Tortosa a la idiosincrasia nacional?

El call de Girona, como todos los barrios judíos de Cataluña, de España y, finalmente, de Europa, fue al principio un lugar de vida comunitaria –como aún hoy ciertas comunidades de extranjeros prefieren establecerse en un barrio determinado de una gran ciudad para conservar y abastecer sus tradiciones en cuanto a alimentación, vestimenta, ocio y, obviamente, culto religioso– y acabó siendo un gueto, un espacio de reclusión del que se les prohibía salir, comerciar, morar. A los judíos de Girona se los redujo primero al call, después –a partir de 1391, es decir, unos quince años más tarde de la ketubá ahora encontrada, adelantándose varias décadas al establecimiento de la Inquisición y un siglo a la expulsión decretada por la corona de Castilla y Aragón– se los obligó a convertirse y se los persiguió encarnizadamente.

En una de las pantallas del museo se emite una reconstrucción virtual de cómo era el momento de la oración en una de las dos o tres sinagogas que funcionaron en la ciudad durante varios cientos de años (el precioso edificio que ocupa el museo fue con toda probabilidad la sede de una de ellas). La recreación tiene algo de intemporal: la escena podría ser del Paleolítico y de hecho parece un videojuego. Podría tratarse de dinosaurios, de cómo vivían esos seres extraños. Podrían haberse extinguido para siempre y dejar solo un papiro que apareciera de cuando en cuando. No tienen nada que ver con nosotros; solo vivieron aquí unos mil años y dejaron, como reza uno de los rótulos del museo, “una importante aportación cultural”. Por otra parte, no hay ninguna culpa que asumir: los echaron como a cerdos apestados los Reyes Católicos –pero, insisto, antes de la expulsión, antes de adjudicarlo todo a la constitutiva intolerancia hispánica a toda diferencia de lengua, de culto y de ideas, los judíos habían sido perseguidos, hostigados y recluidos en las ciudades de Cataluña en las que tenían mayor presencia. ¿No hay nada más que decir sobre el tema? Eso que se llama la memoria histórica está llegando a la Guerra Civil. Algún día, aunque tarde muchos años, retrocederá incluso varios siglos. Las mandíbulas desenterradas seguirán hablando, y los papiros también. Solo harán falta oídos que quieran escucharlos. ~