Una figura plural | Letras Libres
artículo no publicado

Una figura plural

No he sido para mi infortunio, en el sentido escolar de la palabra, un discípulo de Alejandro Rossi, aunque conozco su disciplina. Fui desde hace años uno entre muchos de sus amigos más jóvenes. Uno de sus primeros lectores y críticos; tuve en suerte reseñar como idea de libro Manual del distraído, varios meses antes de que fuera encuadernado. He sido desde el Fondo de Cultura Económica su editor, y entre esas instancias he podido ser su seguidor, lector, espectador, testigo, cómplice y acaso consejero, quizá confidente, categorías poco académicas, lo reconozco. Tengo a mi favor que Rossi me haya dedicado una de sus corrosivas fábulas, “Un café con Gorrondona”, dedicatoria ciertamente honrosa pero ambigua pues Gorrondona es una suerte de espelunco de la crítica. En medio, entre todas estas cosas, le debo a Alejandro Rossi Guerrero, ni más ni menos, un tramo grande de mi examinada existencia, en la medida en que, gracias a nuestras conversaciones periódicas y muy intensas durante al menos una década y media de las tres a que se remonta nuestro comercio, él me fue revelando con nombres y apellidos, apodos y toponimias, la existencia real de Venezuela, en particular, y de la América Hispana, en general. Dicho esto, ¿qué es lo que tenemos que agradecer a Alejandro Rossi?, ¿acaso somos nosotros los mejor acreditados para dar esa prueba de veneración y gratitud?, ¿es acaso este lugar el más adecuado para hacerlo? ¿Quién es Alejandro Rossi?, ¿qué representa?, ¿cuál de sus facetas –la de escritor, la de filósofo, la de maestro, la de amigo, la de guía, la de gramático de nuestros usos y costumbres inveterados– es a la que rindo homenaje?

Alejandro Rossi es conocido y reconocido como escritor y agudo lector, pero antes y al mismo tiempo aparece en el paisaje como maestro y, si vale, magistral maestro. Esta noble palabra es acaso la que mejor le conviene: maestro de escritores y lectores, escritor para escritores, maestro de verdad y de la verdad, de certidumbres y de veracidad.

¿De dónde viene Alejandro Rossi Guerrero? De un mundo transatlántico y cosmopolita. Como Álvaro Mutis, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar y José Bianco, viene Alejandro Rossi de Europa y de América, de las Américas más profundas y de las Europas de tiempo muy moderno y muy antiguo.

De madre venezolana y padre italiano, nació en la noble ciudad de Florencia, en 1932. Su apellido materno remite su genealogía al tronco heroico del general José Antonio Páez, figura clave de la emancipación en Venezuela junto con Simón Bolívar. Pasa su movida y viajera infancia entre Italia y Venezuela, al igual que Alex, el personaje de la novela autobiográfica Edén. Su adolescencia transcurre en Buenos Aires, entre otros ámbitos, en un colegio jesuita donde encontrará al mítico padre Furlong –historiador regional que no ha merecido hasta ahora la atención de la diosa Wikipedia. Furlong, si es el mismo, fue el jesuita historiador Guillermo Furlong Cardiff, autor de una Bio-bibliografía del Deán Funes, publicada en la Universidad de Córdoba, Argentina, en 1939, cuando Rossi tendría unos siete años (el deán Funes fue uno de los artífices legendarios de la emancipación).

Pasados los veinte años, el joven Rossi llega a la ciudad de México orientado por el filólogo Vicente Gaos, a quien había conocido en California. Vicente, a su vez, lo remite con su hermano José Gaos –el eminente discípulo de José Ortega y Gasset, de quien Rossi llegará a ser, sin haberlo conocido, como una suerte de nieto intelectual. Pasa por El Colegio de México, donde estudia con Raimundo Lida, pero muy pronto se da de alta como estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras. Se inscribe, digamos naturalmente, en los cursos y el seminario de José Gaos. Tiene como joven maestro y luego amigo a Luis Villoro, quien acaba de regresar de París y de Alemania. Junto con él y con Fernando Salmerón fundará más tarde una revista decisiva para el saneamiento de las atmósferas filosóficas e intelectuales mexicanas y americanas, Crítica, revista dedicada a difundir los temas y procedimientos de la filosofía analítica anglosajona. Sin duda el rigor y la vocación intelectual de José Gaos imprimen en Alejandro Rossi una huella intelectual y afectiva profunda. Participa en el seminario que dirige Gaos en torno al libro El ser y el tiempo de Martin Heidegger. Ese espacio es severo y reducido, lo conforma un puñado y de algún modo participa de la secta o la sociedad secreta, formas de asociación que no son ajenas al temperamento argumentativo y dialéctico de Alejandro Rossi. Luego de recibirse con una tesis sobre Hegel que será tan debatida como aplaudida y que nunca se ha publicado, Rossi decide trasladarse a la Selva Negra de Friburgo, en Alemania, a atender el seminario que anima Martin Heidegger. Luego, al volver a México, proseguirá su amistad fervorosa con Gaos, Villoro, Salmerón y Emilio Uranga, pero eso no le impedirá mantener viva su red hispanoamericana y en particular venezolana. Mantener vivas las raíces pasadas o seguir el mismo debate en otros espacios son acaso el motivo que lo lleva a proseguir y ahondar su amistad con los filósofos de Venezuela, encarnados en dos nombres entrañables: Juan Nuño y Federico Riu, figuras inteligentes que lo han acompañado a lo largo de los días y los diálogos críticos. Ese es uno de los secretos de Rossi: saber mantener todas estas amistades desde una posición privilegiada, la del filósofo o, si se prefiere otra fórmula, la del espectador comprometido, para evocar con la frase de Raymond Aron a otra figura amiga –la de Rafael Segovia, con quien Alejandro Rossi tiene tantas afinidades explícitas e implícitas. Así va Alejandro Rossi tejiendo una trama civil y literaria, política y vital que lo acerca a todo un contingente de pasajeros, trasterrados, exiliados, visitantes, trabajadores temporales, becados y otras variantes de la errancia académica y política. Nombres como los del puertorriqueño José Luis González, el nicaragüense secretario de Alfonso Reyes –Ernesto Mejía Sánchez–, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, a los que habrá que añadir los de la emigración republicana en México, como Ramón Xirau, Tomás y Rafael Segovia, Luis Rius, Arturo Souto, José de la Colina y, desde luego, el nutrido ejército de escritores y artistas mexicanos de esa edad dorada de las letras americanas que vivió en México por esos años, Juan José Arreola, Ricardo Garibay, Carlos Fuentes, Emilio Carballido, Jorge Hernández Campos, Jaime García Terrés, Víctor Flores Olea, Julieta Campos, Enrique González Pedrero, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Sergio Galindo, Octavio Paz, Teodoro y Ulalume González de León, Gabriel Zaid. Era esa la enciclopedia en marcha de la literatura hispanoamericana avecindada en México.

Rossi no sólo parecía haber leído todo sino en cierto modo haberlo releído también. Y entre tanto es fiel al foro de la cátedra y del seminario, de los cursos y clases, dirige tesis, alienta y desalienta, se adentra en los escenarios clave de la vida universitaria y colabora en no pocos proyectos académicos al tiempo que da sus clases y conferencias. Mordido por la curiosidad intelectual y la fascinación por el juego limpio de los conceptos y las ideas, estudia la obra de Wittgenstein como antes estudió la de Husserl, la de los filósofos y autores británicos y sajones que cultivan la filosofía analítica y la orillan a extremos críticos que no le son ajenos a su temperamento filosófico y argumentativo. No extraña entonces que dirija sus pasos para estudiar en Inglaterra con uno de los protagonistas eminentes de esa escuela –Gilbert Ryle, cuyas enseñanzas lo conducen en cierto modo a la publicación de un breve libro abismal y de no fácil comentario, Lenguaje y significado, donde discute, es decir, enriquece algunas de las ideas que fermentan en ese cuerpo doctrinal. Una lectura temeraria: leer Manual del distraído a la luz de Lenguaje y significado. Si bien este es el primer libro publicado por Alejandro Rossi, su figura en esos años en que se promedian los dorados sesenta –previos a la violencia que aflorará sistemáticamente a partir de 1968– es ampliamente conocida en la ciudad de México y en Xalapa, en Guanajuato y, fuera de nuestras fronteras, en diversos espacios de la América grande, donde la buena nueva de un renacimiento filosófico y literario desde México va corriendo la voz. Siempre y en todo momento uno de los rasgos humanos e intelectuales, civiles y éticos de Alejandro Rossi es el ya aludido de no renunciar a ninguna de sus herencias –ni a la florentina, ni a la caraqueña, ni a la mexicana, ni a la hispánica, ni a la alemana, ni a la mediterránea, ni a la filosófica, ni a la civil y, desde luego, nunca a la literaria y artística. Tal pluralidad de raigambres y de orbes, de genealogías y estilos de pensamiento conlleva claves comunes, denominadores compartidos que la compendian y encauzan. Una de esas claves es, a mi parecer, la de la responsabilidad de la inteligencia, fórmula que acuñó en castellano el filósofo español, traductor de Max Weber, José Medina Echavarría. Responsable es el capaz de responder. Esta capacidad de respuesta y, desde luego, de asimilación crítica, ha sido uno de los rasgos críticos y personales, literarios y éticos que armaron a Alejandro Rossi como ciudadano de varias ciudades. Rossi respondió y dio la cara por ideas, proyectos, empresas, amigos y personas, ya sea que se trate de revistas –como Crítica, Plural o Vuelta, de la que fue al principio director interino–, ya de instituciones –como la UNAM, de la cual fue investigador emérito y doctor honoris causa, y su biografía estrictamente universitaria requeriría varios capítulos– o como El Colegio Nacional, El Colegio de México o el Fondo de Cultura Económica, de cuyas juntas de gobierno formó parte.

Amigo de ideas y de las ideas, amigo de los hombres de ideas, Alejandro Rossi gozó del privilegio y del gusto de ser interlocutor de uno de los grandes hombres de México –Octavio Paz–, de quien lo separaban dieciocho años de edad. No sé, no recuerdo cuándo Rossi conoció a Paz. Lo debe haber leído probablemente cuando llegó a México a principios de los cincuenta, y lo debe haber conocido personalmente desde los años de Poesía en voz alta. La amistad firme se establecería en los años setenta al socaire de la revista Plural, donde Rossi empieza a publicar las páginas que más tarde compondrán su memorable Manual del distraído, libro singularísimo, híbrido de la gramática de Port Royal y de prosa inimitable y verdadera. Esa amistad prosiguió durante más de veinte años hasta la muerte del poeta y estuvo hecha, entre otras cosas, de una infinita disponibilidad, amorosa paciencia y capacidad de escucha y atención recíprocas. Octavio Paz, nacido en 1914, se hizo amigo desde principios de los años sesenta del grupo de escritores más jóvenes que animaría la revista mexicana de literatura, primero con Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo y, en una segunda época, con Tomás Segovia, Inés Arredondo, Jorge Ibargüengoitia, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Marco Antonio Montes de Oca, José de la Colina, Gabriel Zaid.

Cabe observar que esa situación de correlación generacional entre Octavio Paz y este grupo más joven de escritores es muy similar a la que situó a Alfonso Reyes como el hermano mayor de los escritores del grupo de Contemporáneos –Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Rodolfo Usigli, Salvador Novo, Gilberto Owen, Jorge Cuesta, Jaime Torres Bodet.

Con una intuición certera que es preciso agradecer, Octavio Paz invitó a este lector de Borges y de Montale, de Russell y de Sartre, de Ortega y de Gaos, de Bianco y de Gerardo Diego, a sumarse a la nave de plata que formó primero en Plural y luego en Vuelta. Rossi respondió. No sólo con sus páginas cortadas como zafiros, sino con trabajo. Fue director interino al arrancar Vuelta, consiguió artículos, leyó y revisó traducciones, apuntó libros que era ineludible reseñar. Pero la amistad de Rossi con Paz estuvo lejos de ser una relación cómoda y apantuflada. Nexo alimentado por la simpatía intelectual, por la pasión intelectual que es una de las pasiones más corrosivas pero también gratificantes, por el razonamiento de las diferencias y de las distinciones. El temperamento dialéctico de ambos los hizo beneficiarse recíprocamente del aliento y de la tensión crítica. Lateral, colateralmente, esos altos hornos capaces de volver lívido el acero, a los entonces jóvenes espectadores que nos enterábamos de lo que se ventilaba, nos hicieron crecer el alma de otra forma y sin exageración puede decirse que de ahí nació, al menos en mi caso, un peculiar crítico-morfismo. Pero Rossi no necesitaba a Paz para escribir las páginas del Manual del distraído ni para descubrir esa forma híbrida del análisis y del cuento, de la confesión y del ensayo a través de la cual puso, por así decir, en circulación renovada y socializada la gramática de Borges, Bianco y Bioy. Rossi es, de hecho, como la pica en Flandes de Sur en Plural y Vuelta. De otra parte, muy probablemente sin Rossi Paz no hubiera refrescado su profunda pasión crítica, y no sé si es a Rossi que Paz le debe las lecturas de David Hume, Isaiah Berlin y Max Weber.

La amistad con o hacia una persona trasciende hacia su paisaje y su familia. Plural y Vuelta fueron, al igual que Sur y la Revista de Occidente y Cruz y Raya, pasajes y genealogías, familias y cristalizaciones donde se cruzaron y reconocieron –es decir, se dieron cuenta entre sí de su existencia escrita– autores como Gabriel Zaid y Tomás Segovia, Juan García Ponce y José de la Colina, Julieta Campos, Jaime García Terrés, Marco Antonio Montes de Oca, Teodoro González de León...

Pero, entre tanto, la noticia había corrido, el filósofo Alejandro Rossi se iba haciendo más amigo de la verdad de Platón que de la verdad a secas y esterilizada, por amor precisamente a la verdad de la existencia y de la teoría; iba construyendo con sus páginas cortantes del Manual del distraído, y luego con Sueños de Occam y Diario de guerra, una forma sui géneris de literatura que se salvaba del impresionismo y la anécdota fácil sin caer en la elaboración insubstancial. Y eso sólo era el principio pues vendrían obras como La fábula de las regiones y Edén que afirmarían a Alejandro Rossi como un mediador luminoso de la verdad del conocimiento y de la experiencia, como un verdadero polinizador, guía magistral por los sótanos, azoteas, plazas y corredores de la oblicua Babel contemporánea, incluida en nuestra biografía interior. Obras todas que afirmarían a Rossi como un partero de almas bien nacidas en un mundo de aprendices y aprendizajes muchas veces cumplidos, muchas veces interrumpidos. Esta condición de partero de vocaciones literarias y filosóficas, humanas y civiles en definitiva, la tiene Alejandro Rossi por haber sido a su vez, a lo largo de sus trabajos y de sus páginas, un discípulo fiel de ese Maestro interior del cual nos habla Agustín de Hipona en su tratado Del Maestro y que tiene como sencillo y arduo propósito el despertar a la conciencia de sus sueños
y fantasías de buena y/o mala conciencia. Al labrar con pluma y palabra, tinta y aliento ese despertar de la inteligencia hacia lo real, Rossi nos conduce a tenerlo presente en nuestro día vivido y pensado, escrito y leído. De ahí viene este renovado tributo a su figura plural, a su frugal figura. ~