Una fantasía (homo)sexual | Letras Libres
artículo no publicado

Una fantasía (homo)sexual

 

Inspirado por una insólita historia que le contó en Londres el desaparecido Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa ha escrito una nueva pieza teatral, titulada Al pie del Támesis en recuerdo del lugar donde la escuchó. La obra, estrenada en Lima en marzo de este año, confirma que el autor, sin dejar de lado la novela, el ensayo y otros géneros, ha descubierto –o redescubierto, si se tiene en cuenta el remoto antecedente de La huída del Inca, escrita cuando era un colegial en Piura– y cultivado el teatro con creciente intensidad. No sólo ha escrito varias piezas desde La señorita de Tacna (1981), sino que se ha convertido en actor de sus dramatizaciones basadas en ficciones ajenas, como en La verdad de las mentiras (2005) o en sus relecturas homéricas, como en Odiseo y Penélope (2007).

La presente obra se centra en un personaje real, un escritor venezolano (cuyo nombre cita indiscretamente el autor en el prólogo) que conoció en la década de los sesenta y que sufrió una increíble transformación: se convirtió de hombre en mujer. (Da la casualidad de que quien escribe esta nota también lo conoció, antes y después de su metamorfosis, y que, por lo tanto, no le cabe duda de que el hecho ocurrió y que su protagonista lo asumió con naturalidad.) Vargas Llosa lo aprovecha, en cambio, para tejer una comedia que no se ahorra las fuertes tintas grotescas, que hacen recordar un poco el perfil melodramático de lo erótico en su última novela, Travesuras de la niña mala (2006).

El único acto de la pieza transcurre en la lujosa suite de un hotel londinense y tiene sólo dos personajes: el adinerado Chispas Bellatín (el apodo de juventud es el mismo de un personaje secundario de Conversación en la Catedral, 1969) y Raquel Saavedra, que tienen un encuentro privado en el que reconstruyen su pasado, revelan ciertos secretos que encubren su identidad y tratan de entender quiénes en verdad son ahora. El hecho clave que examinan obsesivamente es algo que ocurrió hace 35 años: el puñetazo que Chispas le propinó a su amigo Pirulo Saavedra para rechazar el inesperado avance homosexual que éste le hizo en un gimnasio.

Bastante pronto en la acción, Chispas se da cuenta de que no está hablando con Raquel, la presunta y misteriosa hermana de Pirulo, sino con éste mismo, ya convertido en mujer tras una serie de operaciones. Es decir, la Raquel que vemos en escena nunca existió, salvo como la persona asumida por Pirulo para ser lo que en realidad es o quiere ser. Pero esta versión de las cosas es sólo la mitad de la historia: en el largo pasaje –el momento más complejo de la obra– se representa el imaginario “matrimonio” de Chispas y Raquel, que sigue a las confesiones de aquél sobre sus frustraciones sexuales en su vida de casado. Ese pasaje revela que Chispas ha ocultado todo este tiempo que es un homosexual reprimido y que el puñetazo fue un vano intento por negarlo.

Una sorpresa aún mayor nos aguarda justo al final de la obra: no sólo la mencionada escena es imaginaria, sino todo lo que hasta allí hemos visto, pues súbitamente aparece el verdadero Pirulo, llamando a Chispas a una urgente reunión de negocios y cerrando así el paréntesis creado en el teatro mental de sus confusas cavilaciones sexuales. ¿Es Pirulo su socio, su amigo, su amante? El autor deja esa ambigüedad sin resolver y apela a nuestra propia imaginación.

Es perfectamente conocida la importancia que el tema sexual tiene en toda la obra de Vargas Llosa y este texto lo confirma. Para él, es una cuestión cuyas connotaciones sociales y privadas se entretejen con prejuicios, intolerancia, violencia y desigualdades cuyas raíces son profundas y difíciles de extirpar: encierra la clave de las grandes pasiones humanas. Lo ha examinado de muchos modos y, a partir de Pantaleón y las visitadoras (1973), también en tono satírico o burlesco. Ese toque crea un efecto de exageración o distorsión en su consabido realismo, y aquí domina, a veces con un subrayado que parece artificioso. Como ha convertido a los personajes en limeños de clase media, los hace hablar con todos los modismos (diminutivos, coloquialismos, expletivos…) propios de los jóvenes miraflorinos que alguna vez fueron, pero eso produce una atmósfera ligera que no siempre permite que el asunto sea más persuasivo sin dejar de ser teatral. ~