Una discusión de cincuenta años | Letras Libres
artículo no publicado

Una discusión de cincuenta años

No todo el mundo recibe un documental de Scorsese para su cumpleaños. Y con eso no me refiero a una copia pirata de El último vals para disfrutar después de que las velas se apagan, sino a un documental horneado expresamente para la ocasión por uno de los directores más reconocidos del mundo.

El obsequio se llama The 50 year argument y la festejada, The New York Review of Books, revista que nació dentro del nicho editorial que fue abierto de golpe por una huelga general de periódicos que mantuvo a Nueva York sin diarios durante ciento catorce días. El mismo cineasta que eligió la ficción para mostrarnos el peor lado de Nueva York en Taxi driver arma aquí, al lado de David Tedeschi, secuencias a partir de entrevistas, imágenes de archivo y lecturas de homenaje para revelarnos un perfil más noble de la misma urbe: la historia de cómo cuatro amigos que pertenecían a la élite editorial –Robert B. Silvers, Barbara Epstein, A. Whitney Ellsworth y Elizabeth Hardwick– fundaron la revista que desde el primero de febrero de 1963 se imprime veinte veces al año.

Cuatro años antes de su primera edición, en 1959, Elizabeth Hardwick había publicado en Harper’s lo que podría considerarse el manifiesto del nuevo proyecto: una crítica acérrima a la descafeinada crítica del New York Times Book Review, donde las reseñas de novedades se habían vuelto indistinguibles de los breves textos publicitarios o blurbs que aparecían en sus contraportadas.

Es decir: la NYRB ha sido desde sus comienzos una iniciativa altamente personal, fundada por intelectuales de élite editorial. Tenían dinero para pagar al impresor y gracias a ello, reconoce Silvers, podían publicar lo que quisieran. Esto ha sido particularmente significativo en la percepción que se ha tenido de la revista: después de asistir a un coctel que el director de orquesta Leonard Bernstein ofreció a los miembros de las Panteras Negras, Tom Wolfe definió burlonamente a ese sector como el “chic radical” y nombró a la NYRB su manual de uso. Aunque siendo justos, Wolfe ridiculizó de igual manera a The New Yorker; publicación que, a su vez, calificó el primer número de la NYRB como el mejor que se ha publicado en la historia. Todo lo cual solo confirma que las pandillas literarias de Nueva York son tan implacables entre sí como aquellas que retrató Scorsese, para variar.

En The 50 year argument los directores omiten la mofa de Wolfe, pero sí nos muestran cómo, a partir de ese estrecho contexto socioeconómico, la mancuerna editorial de Silvers y Epstein se empeñó en buscar una libertad crítica sin precedentes. Gracias a su trayectoria y solvencia, no tenían que pedir la autorización denadie para transformar la humilde reseña en “palabras mayores”. De este modo lograron fortalecer no solo la crítica sino también la idea de que esta debería establecer un diálogo robusto con la creación literaria. Su propuesta era borrar las fronteras entre reseña y ensayo y, sin privilegiar un género sobre el otro, hermanar ambos con la escritura para hacer de la crítica un arte.

Desde este soberbio trampolín se lanzaron varias generaciones de ensayistas. Scorsese y Tedeschi destacan algunos de los saltos más memorables: Susan Sontag sobre la fotografía y sus ideologías, Mary McCarthy sobre la guerra en Vietnam como campaña empresarial, Václav Havel sobre la Revolución de Terciopelo desde adentro y Joan Didion sobre el “linchamiento legal” de cinco jóvenes acusados de violar a una mujer en Central Park. Estos son tan solo algunos de los temas más controvertidos e innovadores aparecidos en esta publicación a lo largo del último medio siglo.

Ante la cámara, Robert Silvers resume su proyecto como un compendio de los “impulsos naturales” que nos definen como seres humanos. También asegura que, como editor, ha buscado siempre abrir este abanico, cultivando una relación directa con sus colaboradores en lugar de escudarse detrás del anonimato de un consejo, para así poder retarlos personalmente a escribir lo mejor que puedan.

Los escritores sabemos que difícilmente puede sobreestimarse a un editor dispuesto a trabajar con nosotros a ese nivel. Silvers y Epstein tuvieron el acierto de llevar aquel trato dorado al mundo de la crítica, donde, en términos generales, sigue siendo inexistente. Nunca temieron asumir una postura moral y siempre alentaron a sus colaboradores a buscar verdades incómodas, desafiando así el statu quo con tal de señalar injusticias que, en su momento, eran consideradas males necesarios. Un ejemplo reciente: la nyrb fue una de las pocas publicaciones estadounidenses que se atrevieron a cuestionar la legalidad de la invasión de Iraq, aun cuando toda la maquinaria bélica de la administración de George W. Bush estaba puesta en marcha y la opinión pública se había puesto de su lado.

Otro logro de la NYRB ha sido reconciliar la ciencia con las artes, la política con la cultura. Ofrece de todo un poco. Y cualquier debate que surge, ya sea a través de las colaboraciones en sí o de las polémicas que a menudo se fraguan en la sección de cartas, está enfocado siempre en las ideas, no en los ataques personales. Siguiendo el ejemplo de T. S. Eliot, exige que toda crítica que se presenta sea lo más inteligente posible. Además, ha logrado cumplir de manera consistente la nada fácil tarea de identificar cuáles son los debates intelectuales más pertinentes del momento, manteniéndose así a la vanguardia durante décadas.

En el documental, uno de mis colaboradores predilectos, el paleontólogo Stephen Jay Gould, dice que la labor de las reseñas no se limitaba a extender una invitación a leer un libro, sino a pensar de una manera menos estrecha. Me parece que con “menos estrecha” se refiere a una reflexión más profunda, sí, pero también más ecléctica, y capaz de ampliar el registro de un pensamiento crítico que corría el riesgo de atrofiarse con el dominio de la especialización académica.

En este sentido, la revista ha destacado no solo puntos de vista tan dispares como los de Gore Vidal y Germaine Greer, sino también odios tan personales como los que Norman Mailer cultivaba y que también son registrados por Scorsese y Tedeschi en este documental en el que se incluyen escenas del célebre encuentro entre Mailer y Greer en la Universidad de Nueva York y de la igualmente célebre reunión entre Mailer y Vidal en el programa televisivo de Dick Cavett.

Además de rescatar la reseña del frívolo encapsulamiento que no duda en etiquetar el tomo que más venda como un “tour de force”, Epstein, Silvers et al también rescataron la crítica literaria de todas aquellas torres de marfil que parecían empeñarse en producir libros ilegibles. Nos enseñaron que un libro puede estar bien escrito sin menoscabo de su rango intelectual.

Más que una revista, la NYRB ha sido un movimiento que redefine y humaniza al intelectual para que pueda prescindir d el tufo tan denso y tan trajeado del estereotipo conservador. Scorsese suele emplear el formato documental para grabar los cantos de cisne: recordemos que El último vals puede entenderse también como un retrato nostálgico del fin del rock no comercial, simbolizado por el concierto de despedida de The Band. Desafortunadamente, la NYRB es también un movimiento que no tarda en agotarse: Epstein y el emblemático caricaturista David Levine ya emprendieron el viaje más largo y Silvers, a sus 84 años, es el único que sigue manteniendo el proyecto en pie.

The New York Review of Books lleva cincuenta años llevándonos a pensar en extenso. Inmersos en una cultura que tiende a comprimir y simplificar los mensajes, haríamos bien en retomar el estandarte de la NYRB y desafiar con él los vientos dominantes. ~