Una democracia de contables | Letras Libres
artículo no publicado

Una democracia de contables

La pasión política sigue, por supuesto, pero lo que los ciudadanos esperan de sus gobernantes es que gestionen bien el dinero y les dejen en paz en casi todo lo demás.

 

1. La socialdemocracia lleva en crisis desde 1968. Eso significa probablemente que en realidad no está en crisis, sino que su estado natural es cuestionarse a sí misma. ¿Cuál es su fin? ¿Debe conservar o innovar? ¿Debe ser una crítica constante del poder u ocupar el poder con naturalidad? La socialdemocracia española, en los últimos siete años y medio, se ha dedicado básicamente a  dos cosas: intentar no modificar el marco económico y ser muy inventiva en cuestiones morales que no costaran dinero. Ambas cosas parecen acordes con las ideas de la mayor parte de los españoles, que son partidarios de lo existente pero que, hasta el momento, no han puesto grandes pegas a avances como el matrimonio homosexual o una ley de plazos para el aborto. ¿Por qué, entonces, la socialdemocracia española ha fracasado tan estrepitosamente en estas últimas legislaturas?

2. Suele creerse que el conservadurismo nunca está en crisis, al menos desde un punto de vista ideológico. No es cierto: ahora mismo, por ejemplo, el conservadurismo español -y quizá todos- se debate entre su alma católica y su instinto liberal. Yo diría que lo segundo va ganando -el diario ABC, quizá el más religioso y conservador de todos los españoles, no hacía hoy ninguna mención a asuntos morales al comentar la victoria de Rajoy-, pero está por ver. Con todo, contemplar a los miembros del PP más cercanos a Mariano Rajoy es ya una radiografía de la nueva derecha española: María Dolores de Cospedal fue madre soltera con fecundación in vitro; Soraya Sáenz de Santa María está casada por lo civil; Alberto Ruiz Gallardón ha financiado generosamente desde el ayuntamiento de Madrid las fiestas del orgullo gay; Ana Mato está divorciada. Naturalmente que en su entorno hay conservadores tradicionales, pero no son ni mucho menos la mayoría.

3. Simon Kuper explicaba hace unas semanas en el Financial Times que se ha exagerado enormemente la importancia de las llamadas “guerras culturales” -la batalla política basada, por así decirlo, en la identidad moral. Pese al Tea Party y movimientos semejantes -yo añadiría el 15M español-, desde hace tiempo los votantes se mueven casi exclusivamente por impulsos económicos. La pasión política sigue, por supuesto, pero lo que los ciudadanos esperan de sus gobernantes es que gestionen bien el dinero y les dejen en paz en casi todo lo demás.

4. La socialdemocracia no está en crisis en términos ideológicos. En España, simplemente, se topó con un líder, Rodríguez Zapatero, que es un muy mal gestor. Convencido de que podía conseguir cualquier cosa gracias a su optimismo y su suerte, gestionó mal casi todas las políticas claves de sus gobiernos, y casi por encima de eso, demostró ser incapaz de escoger colaboradores y ministros que transmitieran una imagen de seriedad y rigor en el manejo de lo público. Su sentimentalidad, su pasión por los símbolos reconfortantemente izquierdistas, su desconexión con la realidad: ciertamente, todo esto ha sido irritante, pero creo que a nadie le habría importado demasiado si hubiera sido un implacable y realista gestor de los acontecimientos económicos (como, hay que reconocerlo, ha sido, con valentía pero no la suficiente, en el último año largo).

5. Creo que los españoles han buscado en Mariano Rajoy a un simple gestor. No parece ser mucho más: no es un intelectual, no es un hombre carismático, no es un orador brillante. Si los españoles tendemos a ridiculizar a los estadounidenses por su propensión a querer un presidente que se parezca lo más posible a la gente común, ahora vamos a tener exactamente a esa clase de presidente. Un tipo sensato que alardea de que va a llevar la contabilidad del país con los mismos principios con que un padre de familia lleva las cuentas de su hogar. Porque en la cabeza de Rajoy, las cuentas familiares siempre las lleve el padre. Aunque, naturalmente, tampoco le parece del todo mal que haya hogares en los que las lleva la madre, o incluso haya dos padres. O al menos, eso espero.