Una condición excepcional | Letras Libres
artículo no publicado

Una condición excepcional

Todos habían envejecido.
Después de esa lluvia de cenizas verdes bajo un cielo totalmente despejado, todos habían envejecido.
Mujeres y niños, hombres maduros y ancianos, a todos se les puso el pelo blanco, se volvieron calvos, y los dientes se les aflojaron o se les cayeron. Unos más, otros menos.
     El paisaje humano realmente era desolador. En los bancos de los parques y en los sofás de los vestíbulos de los hoteles, y hasta en las sillas de los dentistas, algunas personas se habían quedado sentadas en una extraña inmovilidad, sin revelar si estaban muertas, descansando la edad avanzada o solamente tomando una larga siesta.
     Lo más curioso para mí fue ver a hombres y mujeres detrás del volante de un coche, un autobús o un camión de carga delante de un semáforo en siga sin poder oprimir el acelerador o mover el freno, los brazos flácidos, las manos manchadas, agarrotados por la parálisis, acartonados por la falta de ejercicio físico o simplemente vencidos por la debilidad. Aunque algunos, miopes o con cataratas, senectos de los pies a la cabeza, simplemente no podían ver lo que estaba delante de ellos (ni lo que estaba detrás). Cho-cho-cho-chochez parecía ser la voz uniforme de los vehículos.
     Un vocabulario de ancianidad acudió a mi mente; palabras como vejarrón, carcamal y cotorrón se me pusieron en la punta de la lengua. Ochentón, noventón y centenario me salieron al paso, no sólo como adjetivos sino como ejemplos vivientes, inmediatos, deplorables.
     Una arrugada inercia recorría la ciudad de Buenos Aires, de Villa Devoto a La Boca, de San Martín a Lomas de Zamora, de la Ciudad Universitaria al Cementerio de Flores, pasando por el Parque Chabuco, a través de los clubes atléticos, los cuarteles y los campos hípicos. Dije arrugada inercia, pero bien pude haber dicho una amarga nostalgia, una tristeza ciega, una desazón provecta.
     En el momento en que ocurrió la tormenta yo estaba en el estudio de mi casa viendo por la ventana esa lluvia finísima caer del cielo verde. Cuando salí a la calle, me encontré en una ciudad de viejos.
     Me di cuenta de ello en la esquina de mi calle, porque esperando el cambio de luz del semáforo descubrí que todos los peatones, absolutamente todos, se me quedaron viendo, asombrados por mi condición privilegiada y no sólo eso, sino varios de ellos, con pasos lentos y movimientos torpes, se acercaron a mí para observarme de cerca y palparme con ganas de cerciorarse de que no estaban soñando.
     Comprobé este hecho extraordinario en una confitería de la Recoleta cuando me miré de cuerpo entero en el espejo. Allí me di cuenta de que yo, solamente yo, Luis Mario Andino, yo, pintor sin nombre y sin éxito, residente en un edificio sin número, paredes escarapeladas y techos decadentes, yo, el hombre sin futuro económico, yo, el pretendiente no correspondido por muchísimas mujeres, yo, yo entre todos me había quedado joven, resplandeciente y bello. Al apreciarme en el espejo pude colegir la variación de los setenta y siete recovecos de la mirada.
     Tenían razón en admirarme, aunque como pude pretendí ignorar la diferencia entre esa generación caduca y mi persona, así como los ricos tratan de disimular su riqueza ante una legión de pobres y muertos de hambre.
     En la Plazoleta me crucé con docenas de mujeres bien quemaditas por el verano rijoso, aunque en la cara llevaban la expresión de la juventud defraudada. Luego, frente a los cines y restaurantes de la Recoleta presencié una alucinante eclosión de Lolitas en flor, cuyos cuerpos intimidaba un calor impertinente.
     En el conjunto carnal localicé a la más atractiva: Ana Mora, la hija de una actriz famosa en Madrid y Buenos Aires y una de esas mujeres que uno lamenta perder sin nunca haber tenido. Andaba con Osvaldo Ruggiero, un actor alto y corpulento, guapo y simpático, que era la estrella de la compañía Recuerdos son Recuerdos.
     Aunque este individuo había sido un cacho de mala suerte en mi vida ahora estaba hecho un cascajo, era más viejo que la sarna. Su mirada hostil (emergida de unos ojos náufragos en órbitas aguadas) no me impresionó. Su mueca amenazante me tuvo sin cuidado, y más aún su cara de huevo hervido. A disgusto consigo mismo, seguramente me odiaba. Por sus celos agresivos percibí que estaba enamorado de ella.
     Ana estaba visiblemente mortificada por tener la carne flácida, el pelo color cebolla y el rostro ajado. Vestía pantalones apretados sin nada debajo, llevaba sandalias blancas e iba peinada a la última moda. Esforzándose por tapar con los labios sus dientes podridos, apenas me sonrió. Y me miró benignamente. Con su amigo no fue así, le arrojó una mirada llena de desdén e impaciencia, casi airada. Por lo visto, no ocultaba sus emociones.
     Tranquila siguió adelante, con cansancio, aunque con el entusiasmo de una veinteañera mimada. Mas al reparar yo en sus pupilas agoreras, difícilmente pude pensar que hasta el día de ayer ella era el epítome de la belleza en la tierra, la rosa carnosa de Avenida Caseros.
     Porque, a pesar de su corta edad, Ana Mora ya había sacado de quicio a más de un hombre maduro, y provocado divorcios, y el suicidio de un ruso de setenta años que se echó por la ventana de un quinto piso.
     Lo único lamentable es que Ana Mora pasó tan ausente a mi lado que estoy seguro de que no se dio cuenta de que yo me hallaba a diez metros de distancia de su adorable persona de pechos caídos, caderas caducas y piernas flacas.
     Otra cosa, nunca se me había ocurrido antes preguntarme si ella había asistido a la exhibición privada de la película Por la Avenida Corrientes, donde pasé mirando a la cámara en medio de la multitud sabatina. No se me ve el cuerpo ni la cara, pues bajo la llovizna me encubren un impermeable y un sombrero. En la escena parezco una sombra parada, qué digo, un recuerdo.
     El triunfo sobre mis rivales, incluido Osvaldo Ruggiero, y sobre miembros más oscuros de mi generación, y de las posteriores, era evidente y me había resultado fácil, pues qué competencia podían representar galanes color piñón y vejetes apolillados. El estado de gracia con que me habían beneficiado los dioses, tanto los cristianos como los paganos, gracias a mi personalidad irresistible y mi conducta intachable, era real.
     La pareja de cabellos blancos y párpados cansados se internó en la decrepitud colectiva, sin reparar siquiera en mi mano que les decía adiós. En particular a él, a quien hubiera querido borrar mágicamente del momento y de la calle. La lenta muchedumbre los cubrió con su espalda. Me sentí dueño de la situación.
     Con toda seguridad, desde hace tiempo los dioses de la excepción tenían sus antenas solares vueltas hacia mí, sus baterías cargándome de genes y energía, infiriendo que yo, sólo yo, era un sujeto de estudio y seguimiento en la calle. Mi único problema ahora sería el de que no se me subieran los humos a la cabeza, de que no me volviera demasiado pagado de mí mismo y me durmiera en mis laureles. Me prometí que cada mañana debía jalarme el pelo frente al espejo, diciéndome: "Sos mortal".
     Poco después me topé con un escuadrón de hombres decrépitos cabeza de pavo. Entre ellos iba el pintor Arnulfo Mendoza, un vejestorio descolorido, un artista emprendedor cansado de la vida, un malévolo mirón de mandíbulas maltratadas. Había hecho un retrato de grupo de los hombres cabeza de pavo sin sospechar que también la suya era una cabeza de pavo.
     Detrás de los hombres surgió Francisco Marinelli, un vendedor de juguetes antiguos, un abuelo sin nietos, un optimista con los ojos tan cercanos uno de otro que parecía cíclope. Ya no necesitaba reírse, de aquí en adelante llevaría la boca abierta. Brillaban cosas en los dedos de sus ambas manos. A imprudente distancia, me espetó:
     —¿Sabes por qué traigo tantos anillos? Porque soy una loca.
      
     Aquí descansan quienes nos precedieron en el camino de la vida
     es un lugar respetable que debe ser respetado
     no fije carteles ni inscriba leyendas.

Ese aviso dirigido a los vivos escrito con letras borrosas sobre el muro de tabiques del cementerio de Junín, con su pórtico de estilo dórico, me pareció ajeno a mí. Sus cruces negras en la reja negra, sus mausoleos y tumbas, sus muertos ilustres, Domingo Faustino Sarmiento y Eva Duarte de Perón, me resultaron tan triviales como las mesas de plástico embrocadas una sobre otra en el pasillo de la cafetería.
     En principio, para contradecir al escritor Jorge Luis Borges, no se me hizo hermosa la serenidad de las tumbas, ni las que encerraban a doctores y militares y a solemnes desconocidos de la burguesía reinante. Requiescant in pace. Detrás del ajetreo no hay más que muerte.
     Recargado en la pared pintada de blanco de la iglesia había un mendigo, mi mendigo, con la mano extendida hacia la noche esperando que le cayeran pastillas sicotrópicas de una mano caritativa. No vestía harapos. Era pura fachada, debajo de los pantalones y la camisa (que no envolvían piernas ni brazos) estaba en cueros. Y no traía zapatos. Y estaba tieso. Inútilmente mi ojo morboso buscó una reacción en su cara cadavérica: sus clavijas estaban desvencijadas.
     Seguí caminando, pero cuando volteé a verlo de nuevo se había desvanecido.
     "¿Cómo es eso?", pensé. "Si hace unos segundos el muerto estaba allí".
     Era verano en Buenos Aires, el calor había bajado hasta las manos y gotas de sudor bailaban bajo la radiante luz del sol. A lo largo de la vereda, abatidos por la luz los árboles habían tirado su sombra al suelo como prenda estorbosa.
     Yo bajé pegado a la pared, yo miré en la calle que no me fuera a caer un objeto de arriba o me fuera a asaltar un malandrín. Ahora tenía que cuidarme como objeto valioso.
     Un policía ancianísimo en uniforme nuevo me examinó, pero no tuvo fuerzas para venir a interrogarme. Seguramente yo tenía cara de dirigirme a cometer un crimen.
     Un taxista detrás del volante estaba escuchando mi andar. No volteaba a verme, fijas las pupilas en el espejo retrovisor. En apariencia miraba otra cosa. Le di una palmada en el hombro.
     —No debió hacer eso, interrumpió el flujo de mi imaginación, en ese momento bailaba una milonga con mi pareja. No la había cogido del torso en diez años y teníamos el cuerpo enredado. Le estaba haciendo el amor —me dijo con voz quebrada.
     —Disculpe —me hice oír.
     —Debió haberse esperado un minuto y tocar antes el vidrio de la puerta con la mano tonta.
     Me alejé del taxista maldiciente. No había frecuentado en mucho tiempo ese barrio y pronto me encontré relativamente perdido, porque relativamente todo había cambiado. La tienda de flores que estaba allí estaba acá, la confitería que estaba allá estaba aquí. Mi apariencia misma había cambiado y las empleadas que conocía no me reconocieron.
     Hay barrios de los que uno no recuerda ninguna calle, ningún árbol, ningún muro, ningún rostro, como si se hubieran desvanecido en un sueño. Este era uno de ellos. Sin embargo, mi vestir y mi gesto distinguidos llamaron la atención del populacho.
     Y hasta me di el lujo de seguir a dos mujeres, madre e hija (diferenciadas sólo por su indumentaria conservadora y juvenil), a sabiendas de que no me interesaba seguirlas. Andando detrás, adelante y al costado de ellas traté de calcular la edad que habían tenido hace unas horas y la que ahora tenían. Se fueron por la calle de Riobamba hasta llegar al Palacio de las Aguas Corrientes. Cada una llevaba un paraguas rojo (quizás, porque no estaba lloviendo).
     —Aquí yace el Depósito de Distribución de Agua Filtrada. Imagínate su túnel de toma, su casa de bombas y sus kilómetros de cañerías. Añade a eso tres pisos de tanques metálicos soportados por columnas de hierro fundido y podrás irte a dormir —dijo la más anciana.
     —No me lo imagino —replicó la supuesta hija.
     —Y añade todavía ciento setenta mil piezas cerámicas y ciento treinta mil ladrillos fabricados por la compañía inglesa Royal Doulton.
     Cuando me acerqué a ellas, me arrojaron una mirada crítica, sobre todo al notar que con mano zurda jugaba con unas monedas en el bolsillo del pantalón. Era obsceno.
     Desemboqué en un parque. Todos los que estaban sentados en los bancos eran padres o hijos o hermanos de alguien, incluso los tatarabuelos y los bebés viejos. No había un solo ser humano que no procediera de otro o estuviera relacionado con otro. Y eso desde antes de que se hubiera fundado Buenos Aires. El único huérfano dichoso era yo.
     En eso sentí hambre. Hambre de bife y de ravioles, hambre de agua mineral y de chocolates italianos, hambre de pizzas y de lomos, hambre de comer mi hambre. Este opíparo apetito creció a medida que me di cuenta de que yo era el único que tenía apetito.
     La compinche humanidad estaba descalificada por falta de dientes, por dientes flojos o por dientes fuera de lugar en lo que bien hubiéramos podido llamar la arquitectura de la boca. No por nada allí en la esquina un tanguero con chambergo y bandoneón que solía cantar "Adiós muchachos" escupía los dientes. Una nube de polvo verde se desprendió del suelo y le cayó en los ojos.
     Contigua a la pizzería con horno de leña, abierta de par en par pero sin gente adentro ni afuera, los cubiertos puestos en las mesas de manteles blancos, estaba una funeraria. Cogí una manzana y un trozo de azúcar. En la capilla ardiente los cirios, excepto uno, se habían consumido honrando los restos de alguien encerrado en un féretro metálico. Nadie lo acompañaba en su descenso al reino de los muertos. En la llama del cirio mortecino encendí un cigarrillo.
     Al agacharme me di cuenta de que el taxista aquel me estaba siguiendo en su coche, que al detenerme él se detenía, sentado en un cojín para verme mejor. Sin duda era un asesino serial, un homicida maniático. Pero él no vio lo que yo vi: el rostro hermosísimo de una muerta sonriente.
     Lo invito a mi casa para que mire qué bien bailo tango con mi esposa —pensé que me dijo a la salida, antes de que prorrumpiera en un lunfardo incomprensible.
     Eché mano de mi ingenio, me recargué en un muro y me rasqué la mejilla derecha. Eso lo despistó. Enseguida me fui por una calle peatonal en dirección opuesta.
     El sol se estaba poniendo en todas las ventanas que daban al poniente: señal de que la noche rondaba la calle.
     Anduve unos cinco minutos con el crepúsculo a mi mano izquierda, el remoto, el invisible Río de la Plata fluyendo en el sentido que yo llevaba.
     Allí consideré prudente cambiar de domicilio, mudarme a un departamento que estuviera a mi nivel, correspondiera a mi fama. El problema es que no tenía siquiera para pagar la renta de mi estudio.
     De todas maneras vi hoteles, albergues y edificios de lujo. No era necesario entrar, no había prisa, me bastaba con escrutar la fachada y con tocar la puerta de vidrio, imaginando el interior. Lo que sí me preguntaba es si sería cómodo vivir de este o del otro lado de la calle. Andaba en eso cuando me entró fuerte desazón, debido a que los radios y los televisores daban aquí y allá información de última hora.
     No pude oír con claridad las palabras y me coloqué a la puerta de un restaurante de bifes, estorbando el paso. El aparato de televisión, sobre una repisa, mostraba escenas del envejecimiento colectivo que había tenido lugar en la ciudad.
     Una reportera informaba con voz pausada que una gran cantidad de ancianos se había ido derechito a la muerte (sin pasaporte, sin seguro médico y sin ingresar en las salas de emergencia) a causa de un empujón final de senectud.
     No sólo eso, un canal mostró a un ex joven tambaleándose sobre una bicicleta incapaz de controlar los pedales. Yo supongo que fue atraído por la fuerza de gravedad del pavimento de Avenida de Mayo, un pavimento que suele ser irresistible.
     Dos científicos de la Universidad de Buenos Aires, con mascarilla y bata blanca, quizás gemelos, infirieron que se trataba de una epidemia de la enfermedad conocida como progeria, la cual hace que el cuerpo se deteriore rápidamente. Este raro padecimiento era semejante al que atacó a niños de Puebla, México, a fines del siglo veinte. Estos decrépitos menores de edad, cegatones, desdentados y ajados, víctimas del raro envejecimiento prematuro, anduvieron con bastón y muletas hasta convertirse en cenizas.
     Para apoyar su hipótesis, los genios de la Facultad de Ciencias Médicas prometieron investigar de inmediato esa epidemia de senilidad masiva que había azotado a la Argentina sin causa alguna. No fijaron fecha para dar resultados. Pura masturbación, los dichosos doctores eran más vetustos que los raquíticos objetos de su estudio. Si al menos hubieran sufrido de agerasia, ancianidad robusta, pero eran puros pellejos.
     Era un sábado de febrero y el clásico Boca Juniors versus River Plate, disputándose la copa de futbol soccer de las Américas, no tuvo público. Por lo demás, los jugadores no se presentaron en el estadio, demasiado extenuados para correr, chutar el balón y hasta para levantar el pie. El entrenador no apareció. Más tarde se le encontró descansando en el pasto.
     En realidad, el paisaje del ejercicio, el deporte y el juego fue desolador, las máquinas, las pelotas, las bicicletas y los triciclos fueron abandonados en los gimnasios, los campos y los parques. Los teatros, tanto el Colón como el C. C. San Martín y otros, estuvieron desiertos. Lo mismo sucedió con los cines, las salas de concierto, las discotecas y los centros nocturnos, no hubo asistencia. Díganme ustedes, ¿a quién le gusta bailar danzón, tango o bolero con una anciana de boca desdentada y peluca floja al ritmo de una orquesta de matusalenes?
     El Café Tortoni, en Avenida de Mayo, se exhibió vacío. A sus mesas solía yo venir a beber la tarde con crema, y a leer el diario, en particular los obituarios de personalidades famosas. Entre sorbo y sorbo de café miraba por la ventana el paso de la gente, hasta que un mesero me traía la cuenta.
     En su interior bailé, como dijo alguien, elevado del suelo y prendido a unas pupilas febriles de mujer, mientras un pianista ciego con lentes negros daba teclazos a la oscuridad como un escarabajo entusiasta.
La tanguera vocingleaba: "Y sos tristeza de vida que se clava en un puñal". Mas qué digo que bailaba, bailé yo con la muerte, porque el cuerpo de la mujer que cogí de la cintura fue puro olvido y la niña que me miró sorda nostalgia.
     En la Cafetería La Giralda, adonde se engaña al chocolate caliente mezclándolo con alcohol, no se paró ni una mosca. Tampoco en la Confitería Richmond, cuyos espejos repiten las sillas por un salón sin fin.
     También hubo calma chicha en otros restaurantes, enfermos los cocineros y los meseros. Algunos clientes de pelos blancos y dentadura móvil ni siquiera se molestaron en cancelar reservas. Otros sólo mostraron la mano vencida por el peso de una cuchara.

     Nadie holló las veredas de esa postal decolorada que era el Parque Lezama.
     La ruidosa Avenida del Libertador de repente se permitió soñar.
     Los autobuses con salidas al Mar del Plata y Córdoba partieron vacíos, conducidos por choferes negligentes que aquí y allá se quedaron dormidos o pasmados en la carretera.
     En el aeropuerto todos los vuelos estuvieron demorados y nadie reclamó los equipajes de los aviones que habían llegado con antelación, que dieron vueltas y vueltas.
     Los trenes del subte(rráneo) no partieron vacíos, porque nunca salieron de las estaciones.
     Cuando el sol se metió y el cielo se tornó grisoso, el pasto no se oscureció, la espalda de más de un edificio se quedó encendida por la luz póstuma.
     Para no sentirme solo me fui caminando con el público que un cine vomitaba.
     Pero la multitud me duró poco, al minuto se disolvió.
     ¿A mí me van a hablar de vida nocturna en Buenos Aires? ¿Quién podría hacerlo? La ciudad duerme temprano y los letreros de los comercios inútilmente parpadean en las calles desiertas.
     Lo notable sucedió en el barrio de Belgrano. De una casona ahogada por la oscuridad salió una prostituta provocativa. Cuando la miré de cerca, lucía terriblemente avejentada.
     Momentos antes, en el salón de paredes forradas de terciopelo rojo, con hombres del mundo de las finanzas, el crimen organizado y la política, todos chupatones, había surgido una bailarina con la cabeza esfumada en las sombras. Los ojos del público provecto se clavaron en ella, pues al despojarse de la ropa descubrió unos senos flácidos y un vientre carcomido. En un parpadeo desapareció del salón y apareció en la calle. Su vehículo abandonado en la esquina con las puertas abiertas, fumando espero, el taxista maldiciente salió a su encuentro y la cogió del brazo.
     Los seguí con la vista hasta perderse en un callejón. Al evocar sus formas (de ella) lamenté haber desperdiciado innumerables fines de semana manoseando revistas con mujeres desnudas, ignorante de que es mucho más interesante la carne viva.
     Yo caminé, caminé con pasos rápidos, la camisa empapada de sudor, queriendo alcanzar en unos cuantos minutos toda una vida despilfarrada en pintar cuadros que no podía vender o en trabajos eventuales, como en abrir y cerrar la puerta de un edificio que no era de mi propiedad.
     En la mente cansada de mis contemporáneos el máximo placer es entrar de gorra a los lugares caros, filtrarse sin pagar en un teatro o en un tren. El mío ha sido escapar de las leyes del tiempo. Amaba la desolación que recorría, pues era parte de mi alma.
     Atravesé el vestíbulo del edificio como quien entra a un saco viejo por la manga raída. Allí alquilaba una habitación desde hacia cinco lustros. O seis. Recargado en un espejo, un sofá estaba allí más para ser visto que para ser usado.
     Al subir la escalera entre el segundo y el tercer piso me topé con Fernanda, la hija del farmacéutico Espiridión González y de la bióloga Dolores Duarte. Por falta de aliento había arrojado su cuerpo en un escalón.
     No estoy en forma —haciendo suyo el lenguaje de la madre, medía con la palma de la mano marchita sus extremidades inferiores.
     Quién me iba a decir a mí que sería testigo de sus piernas enclenques y de sus dedos mugrosos. Su cintura, en cambio, mostraba una acariciable condición de avispa.
     Los sábados en la tarde la niña Fernanda acostumbraba jugar en el parque a la pelota, observada por papá. Ahora parecía una cierva parda bañada de polvo.
     Como en el inmueble nadie conocía la palabra ascensor, la niña anciana había tenido que subir las escaleras para llegar a su morada en el quinto piso. Antes de que yo vislumbrara su figura ella ya había vislumbrado la mía, con unos ojillos perdidos en la masa de arrugas de un rostro que era como corteza de árbol.
     Sus ojillos vivaces siempre me habían gustado, pero ahora tenían círculos de melancolía y lucían apagados. Y su cabello rubio también me apetecía (el cual a menudo no me atrevía a mirar, por temor a que alguien me estuviera espiando).
     Zapatos al lado, Fernanda se había recostado en el escalón, contra el barandal, exhibiendo sus pies hinchados. ¿Cómo describir sus callos? No veo la necesidad de hacerlo.
     Envidiosa me vio pasar a mí, ágil, esbelto, natural y en pleno disfrute de la flor de la edad. Luego intentó levantarse, animada por mi ejemplo.
     Alcancé el séptimo piso a grandes zancadas, devorando tres, cuatro escalones a la vez.
     Mas a punto de llegar, evité toparme con Silvia, mi vecina. A partir de las nueve de la noche, esta solterona se convertía en una metralleta de palabras no sólo en el pasillo sino en la soledad de su cuarto, sobre todo cuando pretendía hablar con interlocutores inexistentes.
     Pasé junto a ella, sordo a sus suspiros y sin recoger el diario de la mañana doblado, en el que vislumbré la frente de mi rostro en una foto.
     Cerré la puerta, decidido a no darme por enterado de la presencia del espectro que se me acercaba vestido de azul marino.
     Me limpié la ciudad de las manos con jabón de almendras. Me cepillé los dientes con pasta sabor a menta. Arrojé a Silvia de mi mente. Mirando hacia abajo, hacia la calle, descansé mi codo en la repisa del balcón. Una caída a la banqueta no resultaría seria y la rama de ese árbol, bien asida, yo bien colgado, me podría servir de columpio para llegar al suelo. En caso de que perdiera el equilibrio, podría fracturarme dos costillas.
     Al minuto sonó el teléfono.
     —¿Está Luis Mario Andino? —preguntó su voz.
     —No, está en descanso, pero la escucho —respondí, fingiendo ser otra persona.
     —¿Allí mismo?
     —En otro lugar.
     —Dígale que nos vemos hoy.
     —No va a ser posible.
     —Por qué, tenemos una cita.
     —Nada más le digo que no va a ser posible —le colgué.
     Por dos minutos me quedé cazando sonidos provenientes del otro cuarto, en especial el susurro de pantuflas por un suelo sin tapete.
     Mi estudio tenía una puerta removida de una casa en ruinas, una ventana con vidrios de distinto color, un mobiliario recogido en la calle o abandonado en el sótano por vecinos anónimos. Mi alfombra persa era gris. Desde hacía tiempo ya no pintaba por el costo impagable de los lienzos y los tubos de colores, pero allí estaban los veinticinco dibujos que había hecho la semana pasada en un arranque de inspiración. Casi todas esas obras maestras incluían mujeres con ojos estrellados.
     De pronto oí voces violentas, unas risas, unos gemidos y un cuerpo que caía, tal vez arrojado contra la pared o sobre un mueble por una criatura de fuerza descomunal.
     Después se hizo el silencio.
     Imaginé a Silvia descompuesta, el mentón sobre las rodillas, un pie en la cabeza, las orejas sobre el estómago, los brazos en la espalda, los senos en rotación.
     Inquieto abrí mi puerta, empujé la suya y me asomé a su habitación.
     Atravesé la penumbra, esperando hallarme con su cuerpo mutilado, estrangulado, violado. El cuarto estaba vacío. Ella había salido o se había ocultado. Las voces provenían de la televisión prendida. Bajé el volumen, para que sólo las imágenes rompieran el silencio. Y sólo se oyera la nostalgia.
     Regresé a mi estudio, me senté en el sillón de faquir y recargué en las manos mi cabeza, intentando meditar para que los resortes sádicos no se me metieran en el trasero.
     Me levanté de un salto, estiré los brazos desbordante de satisfacción y me arrojé sobre la cama. Boca arriba, contemplé en el techo una isla habitada por mujeres sin edad y sin muerte. Todas mías.
     Fue una orgía de corta duración.
     Entonces, recorrí mi Buenos Aires querido. Calles cuyos peatones no eran los que conocía hoy. Los comercios eran otros. La vástaga niña de la panadera vetusta tenía cuarenta años. En el país había otro presidente, tal vez general. Mas, ¿los árboles en las avenidas eran los mismos? Y los perros y los gatos, qué, ¿estaban viejos como sus amos? No me lo había preguntado.
     Mis ojos derramaron sendas lágrimas de melancolía. Solamente dos, una por los hombres y otra por las mujeres que había tratado en mis tiempos. No hubo una tercera por los mal llamados amigos. Aunque debo confesar que al término de mi repaso no encontré mucha gente de cabellos grises por la cual condolerme.
     Empecé una carta a Ana Mora:
      
     Querida Ana,
     Quiero que seas la primera en conocer mi secreto...

Dejé de escribir.
     Tiré el papel, la pluma al cesto.
     Me levanté del escritorio para aplastar de un manotazo a un mosquito que me molestaba.
     De la criatura salió una gota de sangre mía. Luminosa.
     En el cuarto contiguo los ruidos cesaron, como si una mano trémula hubiera apagado la televisión. La noche.
     Cerré los ojos y me adentré en la oscuridad semejante a aquel que navega por un mar de posibilidades inéditas y deseos estrafalarios. Todos realizables.
     Por primera vez no me molestó el anuncio de neón que intermitente golpeaba mi cama. Por primera vez sentí impaciencia para que amaneciera, para que la aurora de rosados dedos iluminara las torres de los edificios de enfrente.
     En las ventanas la gente había dejado la luz prendida, quizás para llamar la atención del geriatra en camino. En los interiores, el agua guardaba silencio.
     Esa noche dormí a pierna suelta como no había dormido en años en este mundo de mentes ingenuas y de truhanes que escapan de los restaurantes evadiendo la cuenta y diciéndole a uno: "Voy al baño".
     Estaba seguro de que al cruzarme más tarde con la rosa carnosa de Avenida Caseros ella se iba a echar a mis pies como ante un Adonis; ante mí, el guapo entre los guapos, el simpático entre los simpáticos, el inteligente entre los inteligentes, el soltero más codiciado de Buenos Aires.
     Entre sueños me dije que muchos filósofos han formulado la negación de la identidad del "yo", pero nadie ha podido poner en duda la existencia del ego argentino. Por eso saqué la conclusión de que nadie sería capaz de negar la supremacía del mío.
     Las horas en brazos de Morfeo me fueron leves, pero tan cortas que quise demorarlas un rato más a la manera del hambriento que sabe que al final del ayuno lo espera espléndido festín. Dicho sea de paso, las horas nocturnas no me parecieron oscuras, sino nítidas y risueñas, y alentadas por las tres madames: objeto vivo, deseo del objeto y obtención de ese objeto.
     El fulgor matutino me dio en los párpados y desperté con una euforia de siglos, con una euforia como no había experimentado desde que tuve bigote incipiente y le di el beso a mi primera novia. A Clara Dominga Sarmiento, a quien había arrojado en las zanjas del olvido. Sobre todo después de la mañana, cuando habiendo hecho una cita con ella en la Estación Once para casarnos luego en el Santuario Medalla Milagrosa, me dejó plantado.
     Ese día de junio arribé a la terminal ferroviaria media hora antes de lo acordado y me quedé esperándola en sus andenes tres horas después. No sé por qué había temido verla con la candidez de la infancia, viniendo por la vereda sanguinolenta: los dos a pie. Mas no hubo justificación del miedo. Bajo una lluvia pertinaz y vestido de novio me fui sobre un tendido de vía: Clara Dominga Sarmiento se había escapado con otro.
     Demoré el momento de levantarme, me refocilé como un puerco en mis fantasías, imaginé que en mi condición excepcional podía ser todo: presidente de la República Argentina, director del Instituto de Anatomía, jugador del River Plate, propietario del Cine Teatro Gran Rex, jefe de información del diario La Prensa, dueño del Edificio Sáfico o del Banco Provincial de Buenos Aires, detective de thrillers o cantante de tangos. Ese era mi halago. De repente, me extrañó ver en la pared la gota de mi sangre ennegrecida.
     Me bañé, cuidando ajustar la boca de la regadera para que cayera el agua sobre mi cabeza y mi cuerpo y no sobre el piso y la pared. Qué reguero hacía esa cosa destartalada. Adrede se burlaba el chorro de la cortina y de otros estorbos.
     Del ropero de tercera mano saqué la camisa blanca, el traje azul marino y la corbata roja que había comprado para el día de mi boda fallida. Aventé en un rincón el overol con que había manchado mis lienzos en los últimos veinte años.
     Estaba preparado para el gran evento de aparecer en público. Lo único que me turbaba es que no me decidía en si dirigirme primero a la Casa Rosada o en visitar el canal 7 de televisión. Tal vez me mostraría un minuto en la Avenida Corrientes. Ansiaba ver desde temprano a mis congéneres con ojos cegatones y manos temblorosas nadar en ropa holgada, los pies saliéndoseles de los zapatos y sus piernas flacas en pantalones gordos. Solamente quería toparme con esa humanidad en silla de ruedas. Solamente quería ver eso.
     Por distracción me puse el zapato izquierdo en el pie derecho. Los culos de vaso que eran mis lentes los metí en un bolsillo del saco que me iba a poner. Mis ojos tenían la visión prístina de un niño. El bisoñé color paja con que (en)cubro mi calvicie no lo necesité. Tampoco incrusté en mi boca la dentadura postiza ni me lavé los dientes. Mi aliento olía a naranjo en flor.
     Fue lunes. Nunca sabré qué pasó con el domingo y por qué el tiempo se había saltado un día. Fue lunes. Empezaba la vida, la vida suprema. Por la mañana conduciría al sol por el cielo. Al atardecer dirigiría mi cara hacia el poniente hasta meterlo. Entonces sacaría a las estrellas de las catacumbas del día. Todo eso haría con el poder de mis ojos. Para protegerme, llevaría sobre la frente un trapo negro. Así, las esquinas soleadas de mi frente no serían afectadas.
     Dispuesto a caminar kilómetros para conocer el tamaño de mis dominios bonaerenses, me puse vendas blancas en los tobillos. Las aceras de la ciudad eran demasiado toscas y anchas para mi gusto.
     Pasé al baño. Me hice la raya exacta, ni más alta ni más baja, ni más a la derecha ni más a la izquierda, exactamente en medio del pelo negro lacio natural. A lo Carlos Gardel.
     Mas cuál sería mi sorpresa al limpiar el espejo con una toallita verde que me miré viejo, terriblemente viejo, viejo como los otros, viejo como la sarna, viejo como uno de los vejetes hediondos que había hallado ayer en la tarde aquí y allá.
     No, no era posible que mi privilegio hubiera durado unas horas y que de súbito me precipitara en la condición ajena. No, no estaba viendo bien, mi imagen estaba borrosa y la luna del espejo sucia, debía ponerme los lentes y examinarme de cerca. Sin duda mi vista estaba perdiendo precisión. Busqué en el botiquín gotas para los ojos y pastillas contra la ansiedad. Detrás del espejo no encontré goteros ni frascos. Se me habían perdido.
     Mi rostro se estaba poniendo asquerosamente ajado y mi piel cubriéndose de manchas negras. Mi papada era un buche de pavo. Mi cuerpo resentía el frío del verano, que sube por los pies y se mete debajo de los pantalones invadiendo todo el cuerpo.
     Sin cerrar la puerta bajé las escaleras, casi perdiendo el equilibrio. No por premura sino por torpeza.
     Salí a la calle.
     Mis ojos borrachos de oscuridad no admitieron la luz.
     Con pasos locos y los pelos blancos flotando ralos en una calvicie que parecía de calavera, alcancé la esquina, temeroso de convertirme en cualquier momento en un montón de cenizas.
     Ana Mora apenas me miró. Llevaba la cara alegre, las mejillas tibias como amapolas encendidas, los dientes blancos, la carne lozana, los ojos y el pelo castaños. Como de costumbre vestía pantalones apretados e iba peinada a la última moda. Al cruzarme con sus pupilas agoreras, me di cuenta de que ya nunca se fijaría en mí.
     La multitud de hombres pavo había recobrado su andar eficiente. Detenida por la luz roja sus zapatos lustrados relucieron bajo el sol. Réplicas de sí mismos, elegantemente vestidos, su expresión ufana me pareció feroz.
     Detrás de Ana y de los hombres pavo irrumpió el pianista ciego del Café Tortoni, aquel que con lentes negros daba teclazos a las sombras como un escarabajo feliz. Al sentirme cerca ladeó el rostro como un saurio atento.
     Luz verde. Quise tomar un taxi hacia Amsterdam, hacia Calcuta, desaparecer del lugar y de mí mismo. Pero el vehículo de alquiler que se detuvo pertenecía al taxista maldiciente.
     Mi sonrisa humilde no lo conmovió. Observó mis facciones y mis ropas, sacudió la cabeza y arrancó. El cristal de mis gafas se había salido de la montura al rozarse con las monedas y el llavero en el bolsillo del saco y al perseguirlo con los ojos lo perdí.
     En la esquina de ayer, junto al mismo semáforo, sin avanzar, no obstante el cambio de luz, descubrí que todos los peatones, absolutamente todos, rebosantes de juventud, gozosos de verano, se me quedaban viendo asombrados por mi condición excepcional, porque el único viejo era yo. -