Un verdadero tópico | Letras Libres
artículo no publicado

Un verdadero tópico

Hace más de tres siglos, Blaise Pascal comenzó a inquietarse por lo divertida que se estaba poniendo la existencia.
     "Nada más insoportable al humano que vivir en pleno reposo, sin pasiones, sin quehaceres, sin diversiones, sin nada en que ocuparse. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío."
     Que no deseemos el reposo, contra lo que puede parecer, sino la inquietud, sigue siendo un misterio. En los tres siglos transcurridos, el deseo de agitación no sólo no se ha corregido sino que se ha exasperado.
     "Lo mejor que tiene ser rey, es el hecho de que a su alrededor todos tratan sin cesar de divertirle y proporcionarle toda clase de placeres."
     Tres siglos más tarde, no hay reyes absolutos, pero el ciudadano de las sociedades tecnificadas se ha convertido en el rey absoluto y todo conspira para que no pase un minuto de su vida en reposo. Las sociedades llamadas "avanzadas" son inmensas fábricas cargadas con una colosal energía, cuyo mecanismo se ocupa por entero en la producción de diversiones masivas. Un segmento cada vez mayor del presupuesto de los estados se invierte en divertir a jubilados, niños, enfermos, familias, jóvenes, tullidos, pobres, ricos, moribundos o eremitas. Nadie está libre de la diversión y es imposible (incluso antidemocrático) escapar a ella.
     Lo propio de la diversión, sin embargo, es no ser un fin, sino un medio.
     "Alguien se pasa la vida distraídamente jugando todos los días un poco de dinero. Dadle todas las mañanas el dinero que puede ganar cada día, a cambio de que no juegue, y le sumiréis en la desdicha."
     No se caza la liebre para obtener una presa, sino para perseguirla. La diversión exige que se retrase al máximo su final, la victoria del combate, la solución del acertijo, el triunfo, la ganancia, la conclusión. La diversión odia los finales de partida y las satisfacciones. No es deseo de algo, sino deseo de deseo. Vivimos la exacerbación de la tensión divertida y tenemos prohibida la satisfacción. Como en el modelo cinematográfico y novelesco, el final es una convención. La obra acaba por imposición presupuestaria, pero no por la lógica de la forma. La nuestra es, en efecto, una "sociedad del espectáculo", pero no porque sea particularmente espectacular, sino porque nadie espera llegar a conclusión alguna. En el mundo de la diversión democratizada, la conclusión se da por excluida: el espectáculo no puede interrumpirse.
     Ninguna actividad escapa al proceso de alargamiento del vacío entretenido, pero las artes han asumido la transformación de un modo muy acusado. Si aún las vanguardias históricas justificaban un simulacro de finalidad (la revolución plástica o política, la iluminación psíquica, la contemplación mística, la destrucción de un orden ruinoso), el arte actual se ha quitado la máscara y apuesta por el entretenimiento en estado puro, sin enemigo ni finalidad alguna. Así pone en uso su última máscara, la que lleva tan pegada al rostro que si se la arrancara desaparecerían todos sus rasgos. Los amagos de teorizar una muerte del arte no son sino constataciones de que la máscara final del arte esconde su autodestrucción como suprema mascarada.
     Uno de los ejemplos más curiosos del comportamiento artísticamente divertido es el museo democrático. En verdad, ¿para qué mantenerlo lleno de pinturas, esculturas y otros artefactos que son en sí mismos soluciones, finales, llegadas, acabamientos? Sólo interesan, como tales, a una exigua minoría de profesores. ¡Cuánto ganaría el Museo D'Orsay si lo vaciaran de obras artísticas y los visitantes pudieran entretenerse en el enorme recinto indecentado por Gae Aulenti! Un amigo regresó de Berlín en estado de choque. Cuando se abrió el edificio destinado a museo del pueblo judío, hubo un alud de visitantes curioseando por los severos espacios de Libeskind. Ahora que han instalado el contenido, no hay ni un alma.
     Este topicazo oculta una verdad desoladora. La irresistible tendencia a la construcción de museos, Kunsthalles, galerías y otras arquitecturas llamadas "culturales" debería considerar seriamente la necesidad de mantenerlas vacías, para aproximarse a una representación correcta y apropiada de nuestra actual condición de entretenidos. Se cumpliría entonces la función mágica de las artes, su capacidad para entretener sin estar presentes, en tanto que espacio sagrado donde se da lo artístico. Así lo quería Goodman: no importa qué es el arte, sino cuándo hay arte. En los espacios vacíos del arte, la presencia del flâneur es obra de arte, como el silencio es música en las composiciones de Cage. De ese modo las artes se habrían arrancado la última máscara y mostrarían un rostro sin rasgos, mondo, liso, un enorme huevo asombrosamente coincidente con el espíritu del tiempo, espíritu incapaz de alcanzar una meta, una conclusión, una finalidad, o el reposo, pero... ¡tan divertido! ~

— (Las traducciones de Pascal son de Carlos Pujol en su edición de los Pensamientos, Planeta, 1986.)