Un veneno perdurable | Letras Libres
artículo no publicado

Un veneno perdurable

El año que viene se cumplirá el vigésimo aniversario de la caída del comunismo en Europa. Libre de lo complejo que resulta saber demasiado acerca de tan cruento pasado, la joven generación postcomunista de Europa del Este parece no tener interés en lo que sus padres y abuelos padecieron.

Aun así, la reciente noticia sobre la presunta complicidad del escritor checo Milan Kundera bajo el estalinismo, no es más que lo último en la larga disolución de un pasado tóxico. Otros ejemplos me vienen a la mente: las acusaciones de colaboración con la policía secreta lanzadas contra Lech Walesa, la controversia pública en torno al pasado fascista de Mircea Eliade en Rumania, y los ataques al supuesto “monopolio judío del sufrimiento” que equiparan el Holocausto con el Gulag soviético.

Friedrich Nietzsche dijo que si uno mira al Diablo a los ojos durante demasiado tiempo, se arriesga a convertirse en un demonio. Cada tanto, un anticomunismo bolchevique, tan dogmático como el propio comunismo, ha asolado distintas zonas de Europa del Este. En un país tras otro, ese marco de pensamiento maniqueo, con sus simplificaciones exageradas y sus manipulaciones, ha sido reelaborado para servir a los nuevos hombres en el poder.

El oportunismo ha tenido mucho que ver, por supuesto. En 1945, cuando el Ejército Rojo ocupó Rumania, el Partido Comunista no tenía más de mil miembros; en 1989 tenía cerca de cuatro millones. Un día después de la ejecución de Nicolae Ceausescu, la mayoría de esas personas se volvieron fieros anticomunistas y víctimas del sistema al que habían servido durante décadas.

También es posible encontrar rastros de pensamiento totalitario en la hostilidad mostrada hacia antiguos disidentes como Adam Michnik o Václav Havel, quienes sostenían que las nuevas democracias no debían aprovecharse de los resentimientos ni buscar venganza, como lo hiciera el Estado totalitario, sino construir un consenso nacional para estructurar y dotar de poder a una genuina sociedad civil. Los ex generales de la policía secreta y los miembros de la nomenklatura comunista, intocables en sus acogedoras casas de campo y de retiro, deben sentir un gran placer al presenciar las actuales cacerías de brujas y la manipulación de viejos archivos con propósitos políticos inmediatos.

Sin embargo, el caso de Kundera parece ser distinto –aunque no menos perturbador. Según se informa, en 1950 Kundera, a la sazón un comunista de veinte años, denunció ante la policía como espía occidental a un hombre que nunca había conocido (un amigo de un amigo de su novia). Más tarde, el hombre fue brutalmente interrogado en las antiguas instalaciones de tortura de la Gestapo y pasó catorce años en prisión. El nombre de Kundera se encontró en el informe del oficial investigador, que fue autentificado después de que un respetado historiador lo descubriera en un polvoso archivo de Praga.

El hermético Kundera, que emigró a París en 1975, ha declarado que “eso nunca sucedió”. Además, la temible policía secreta checa, que tenía un gran interés en silenciar o desacreditar al famoso escritor disidente, nunca echó mano del caso para chantajearlo o evidenciarlo. Hasta que no tengamos más información, tanto por parte de Kundera como de las autoridades, el caso no será resuelto “más allá de toda duda razonable”. Pero de haber sucedido, el caso exige una reflexión más profunda.

Hasta donde sabemos, Kundera nunca fue un informante, ni antes ni después de este incidente, y no podemos ignorar que tiempo después se liberó de la felicidad obligatoria del totalitarismo que los regímenes comunistas propagaban. De hecho, su caso también sirve como un recordatorio de que los primeros años de la década de 1950 fueron el periodo más brutal de la “dictadura del proletariado” en Europa del Este –un periodo de un gran entusiasmo y de un miedo terrible que envenenó las mentes y las almas de fieles creyentes, feroces opositores y viandantes apáticos por igual.

Por otra parte, el caso de Kundera difícilmente es el único. En 2006 el escritor alemán Günter Grass, ganador del Premio Nobel, reveló que, sesenta años atrás, en su adolescencia, fue miembro de las Waffen SS. Algo parecido sucedió hace unos cuantos años, cuando el mundo se conmocionó al saber que el famoso escritor italiano Ignazio Silone colaboró en su juventud con la policía fascista. La vida diaria bajo el totalitarismo, ya fuera fascista o comunista, se basó habitualmente en una profunda duplicidad cuyos efectos son de larga data.

No estoy de acuerdo con quienes dicen que no deberíamos estar interesados en los episodios oscuros de la vida de un gran escritor. ¿Por qué no? Deberían interesarnos; pero no con un propósito persecutorio, sino con miras a obtener una comprensión más profunda sobre una Utopía sangrienta, demagógica y tiránica –y sobre la debilidad y la vulnerabilidad humanas. Incluso podemos considerar estos episodios como un testamento gratificante de la capacidad de un artista para sobreponerse a sus errores pasados y, pese a ellos, producir una obra invaluable.

No obstante, ¿podemos defender justificadamente a aquellos artistas e intelectuales cuya moralidad ha sido puesta en duda basándonos en el mérito de su obra y, aun así, condenar a gente ordinaria por ofensas a menudo menos graves? Un gran ejemplo de lo anterior es la manera en que los seguidores del filósofo rumano Constantin Noica defendieron el respaldo que este brindó a la Cortina de Hierro fascista y su posterior colaboración con los comunistas, al tiempo que condenaban incluso a una mujer de la limpieza por trapear los suelos de las oficinas de la policía secreta. ¿No deberían valer lo mismo los penosos esfuerzos de esa afanadora por sacar adelante a su familia, a sus hijos y para sobrevivir ella misma?

La vida bajo el totalitarismo constituyó una situación límite que nos exige aplicar reglas especiales, matizadas, para todos los prisioneros de aquella terrible experiencia. Para comprender esa época, debemos conocerla, y debemos juzgar cuidadosamente circunstancias a menudo ambiguas y abrumadoras, sin simplificar nunca una realidad cotidiana de múltiples niveles en aras de las actuales metas políticas. Tan sólo para perdonar debemos saber qué es lo que perdonamos.

En la Europa del Este de hoy, tanto los viejos como los jóvenes podrían beneficiarse de esta lección. Moisés y su pueblo erraron por el desierto durante cuarenta años, hasta que pudieron liberarse del venenoso pensamiento de la esclavitud. ~