Un tiro penal, dos posturas | Letras Libres
artículo no publicado

Un tiro penal, dos posturas

El partido entre México y Panamá provocó una discusión sobre el deber de un futbolista ante una jugada evidentemente injusta; aquí ofrecemos dos posturas encontradas.  

El futbol y la vida no pueden compararse a rajatabla

Perdimos. Nos robaron. No era penal. Qué indignación. Ganamos. Les robaron. No era penal. Qué indignación. Las reacciones, contrastantes y agudas, de una buena parte de la opinión pública mexicana, con un año de diferencia. Nos molesta perder injustamente, y nos molesta ganar injustamente.

Está claro lo que nos indigna. ¿Y cómo no habría de hacerlo? Vivimos en un país donde la justicia hace tiempo que dejó de darse por sentada. Estamos furiosos y desesperanzados. Queremos aferrarnos a un ejemplo, el que sea, que nos diga que nuestra realidad no está tan mal. Que aún se puede hacer algo. Entonces, cuando la selección mexicana –un Goliat regional– juega un partido horrible que merece perder ante Panamá –el equivalente David–,  y gana gracias a un penal injusto en el último minuto, nos hierve la sangre.

Entonces todos disparamos. ¡Maldita corrupción! Afirmamos, a pesar de que no exista prueba alguna de que los errores arbitrales hayan sido intencionales. ¡Andrés Guardado debió haber fallado el penal a propósito!, exclamamos. Si la vida es injusta, tratemos que el deporte no lo sea.

El problema es que nos equivocamos de arena. El futbol y la vida no pueden compararse a rajatabla. Las reglas de uno no son las de otro. Para empezar, uno no va por la calle con la idea de ganarle a alguien más. Nuestro único objetivo no es llevarnos los tres puntos cuando llegue el silbatazo final. En el futbol, de hecho, la misma jugada puede ser considerada injusta por uno y justa por el de al lado. Es un juego en el que uno debe aprender a vivir con la frustración y el dolor, porque son cosas de todos los días.

Cuando pedimos a Andrés Guardado que falle el penal a propósito, estamos buscando una redención bajo nuestras propias circunstancias y no pensamos que su trabajo, a diferencia de nuestra realidad, se resume a ganar un partido. “Los rivales nunca lo han hecho”, dijo el jugador al terminar el partido, y tiene razón. Ese es el futbol. 

Cuando afirmamos que “alguien” pagó al árbitro para que México ganara lo hacemos porque a nuestro alrededor pasa todo el tiempo. Por Grupo HIGA, por la fuga del Chapo, por las mordidas en los semáforos, por los compadrazgos. Es posible que haya habido corrupción en el partido –a fin de cuentas, el futbol está muy lejos de ser un mar de limpieza– pero es igualmente posible que el árbitro se haya equivocado. Eso, por supuesto, no quiere decir que no se busque que el futbol sea limpio, y que los jugadores tengan hábitos correctos, pero no es lo mismo meter un penal inventado que hacer un fraude inmobiliario, y nos estamos enojando de forma bastante parecida. Andrés Guardado no es Enrique Peña Nieto. La Copa Oro no es un asunto de soberanía nacional y el futbol no es la vida. Tratemos los juegos como lo que son, juegos, con reglas distintas y hábitos propios, y enfoquemos nuestra indignación en lo que realmente importa.

–Martín del Palacio

 

El espíritu de los tiempos

Los griegos sabían muy bien que los dioses son caprichosos y que a veces, en su juerga eterna, un día deciden darle a un mortal la oportunidad de destacarse del resto: así, en plena batalla le permiten a un soldado destacar por su arrojo y su valentía, o a un bombero poner a prueba su profundo sentimiento de responsabilidad civil  y de altruismo, en medio del infierno. Sólo se puede ser valiente en ciertas circunstancias; no hay valientes en un mundo sin peligro.

Kant distinguía perfectamente entre las conductas a las que estamos moralmente obligados de aquellas que sólo hemos de realizar por mérito: todos estamos obligados a no tirarle ácido a un bebé por el sólo hecho de gozar con su dolor. Pero no parecería que estamos obligados a ceder uno de nuestros riñones a un desconocido que lo necesite. Esta última acción sería muy meritoria, pero no obligatoria, de la misma forma, ni el soldado ni el bombero tienen la obligación moral de tomar la oportunidad de ser héroe a costa de su vida o su integridad.

Pero decía que los dioses son caprichosos y el miércoles pasado se divirtieron con Andrés Guardado, capitán de la cada vez más infausta selección mexicana. Hicieron que a dos minutos del final del partido, cuando México perdía por un gol la semifinal de la Copa Oro, el árbitro marcara un penal inexistente. Para mayor diversión de los dioses, lo mismo sucedió en los cuartos de final, cuando en el minuto 120 el árbitro le regaló un penalti a México. Además, las circunstancias en las que ocurrió todo esto fueron más ásperas de lo normal: la CONCACAF está sumida, con la FIFA, en un escándalo de corrupción, la presencia de México en el torneo genera más recursos que la presencia de Panamá, el Piojo se vendió al Partido Verde, algo que además tiende un puente entre la selección con el espíritu de los tiempos sociales y políticos mexicanos, donde la corrupción campea y la impunidad está desbordada. Y es por todo esto que Guardado tuvo, como nunca más tendrá, la oportunidad de separarse de los mortales y de decir: basta de chapuzas, no queremos más trampa ni más impunidad, ni mala lid, vámonos de la Copa Oro con la cabeza en alto a recomponer nuestro país que se nos cae a pedazos. Pero no, el capitán decidió actuar como un hombre común y refrendar la idea prejuiciosa de que el futbol, a diferencia de otros deportes más “finos”,  es un juego de tramposos: tiró adecuadamente el penal para meter a México en el camino de la final.  Los futbolistas también pueden ser honorables y jugar en buena lid (esto da para otro debate, porque no estoy en contra del pícaro).

Es posible que el Tricolor levante la copa el domingo, pero lo que es seguro es que Guardado  no llevará en la mirada la fuerza del que decide tomar las oportunidades del destino para cambiar el mundo. Y ojo, se equivocan quienes piensan que el capitán estaba obligado a fallar: nadie tiene la obligación de ser grande. 

–Luis Muñoz Oliveira