Un solitario solidario/II | Letras Libres
artículo no publicado

Un solitario solidario/II

En 1942, en Francia ocupada por las fuerzas de Hitler, un libro titulado L’étranger (El extranjero), primera novela de un autor hasta entonces casi desconocido, salvo de algunos lectores por sus artículos periodísticos en Paris Soir y del público que lee el furtivo Combat (el periódico de la Resistencia), sacudió los círculos intelectuales y literarios de París y no tardaría en hacerlo en los del mundo. Albert Camus, robando horas al cansancio de su doble actividad periodística, la había escrito acaso paralelamente a su libro-ensayo Le mythe de Sisiphe (El mito de Sísifo). Su protagonista y al mismo tiempo el narrador de su “caso” es un hombre común, pero será célebre como uno de los grandes personajes de la narrativa del absurdo, inscrita en la filosofía existencialista que Heidegger había iniciado en Alemania y que famosamente Jean-Paul Sartre, el maestro de pensar del joven novelista argelino, había ya importado a la literatura francesa con el plúmbeo ensayo El ser y la nada y la angustiosa y no menos plúmbea novela La náusea.

El argumento de El extranjero se inicia narrando la cotidianidad mediocre de Mersault, un pied-noir de Argel, un ciudadano blanco, oficinista menor de la burocracia estatal. Ese hombre común, de carácter apático pero entusiasta del goce sensual (el sexo, el sol, el mar), es llamado un sábado al asilo de ancianos donde ha fallecido su madre, y después de cumplir sin dolor manifiesto con los ritos comunes de la velada fúnebre, de la ceremonia religiosa y del entierro, reemprende inmediatamente su monótona vida habitual: esa misma tarde sabatina va al cine con su amante, Marie Cardona, a ver una película cómica. Al día siguiente, domingo, va con su amigo Raymond a una playa común aledaña de un barrio árabe. Allí, y en el único momento violento de la novela, los amigos tienen una reyerta con dos árabes que perseguían a Raymond por un lío con una mujer. Apuñalado en un brazo, Raymond trata de disparar un revólver, Mersault se lo arrebata para impedir asesinato, y, agobiado por el insoportable calor canicular, vaga por la playa, reencuentra por casualidad al árabe heridor de su amigo, y desapasionadamente, como cediendo a un abotagamiento bajo la conspiración del sol cegador, el calor, el revólver inconscientemente empuñado y el propio hastío, dispara contra el árabe. “Y el disparo fue como un aldabonazo en la puerta de la desdicha”.

Así termina la primera parte de la novela, que aunque desarrollada desde la voz narrativa del protagonista, tiene un tono en apariencia “objetivo”, en el que algunos críticos creyeron detectar la influencia del roman noir norteamericano: la novela detectivesca de Hammet, Chandler y otros. Esa influencia la negaría el mismo Camus, y por lo demás, si alguna hubiera, ya no es visible en la segunda parte de la novela, ahora narrada desde la subjetividad de Mersault, que asiste, pasivo y a veces divertido, a su proceso criminal y va desarrollando la conciencia del absurdo de su existencia como de cualquier existencia humana. Objeto de la justicia, no asumiéndose como un criminal, se siente extranjero en la realidad común, un hombre desligado de los valores morales que pretenden dar sentido a la vida. Ahora es un (no profesional) pensador del absurdo: indiferente al bien y al mal: para él lo que llamamos vida es sólo existencia pura y simple, el mundo no tiene ni acata una significación, es impasible ante el goce o el dolor de los hombres. En Mersault ha nacido una suerte de conscientemente inútil revuelta interior: la vida es absurda y sólo consentir lúcidamente (¿e irónicamente?) en ello le da un sentido.

Camus aclararía en el ensayo El mito de Sísifo esa filosofía, digamos “mersaultiana”, con la que se matiza su pensamiento existencialista heredado de Sartre (que lo heredó de Heidegger). Si el antihéroe camusiano se afirma en la revuelta inútil ello se debe a que, en los últimos momentos de condenado a muerte, su conciencia despierta y le revela “la indiferencia del mundo” ante los afanes, las pasiones y la gesticulación de los hombres. Pero, entre el sí y el no de la conciencia, el ensayo, tal vez escrito paralelamente a la novela, incide en una idea afirmativa: Sísifo, el hombre inmerso en el mundo absurdo, consciente de la inutilidad, del sinsentido de reiteradamente subir la enorme roca hasta la cima de la montaña, decide que con eso da un sentido y hasta un gozo a su existencia y a la condición humana. Sísifo es “más fuerte que la roca que carga”, y, en ese acto de pura voluntad, se asigna a sí mismo la esperanza de una razón de vivir.

Sartre, el inicial “maestro de pensar” del joven novelista de veintisiete años, elogió El extranjero en un famoso ensayo. Camus conquistaba temprana celebridad como un brillante escritor aparentemente “amoralista”; pero durante sus años de la Resistencia contra la ocupación alemana, en los que escribía sus lúcidos editoriales en el furtivo Combat, fue teniendo una evolución filosófica y moral que se manifestará en su segunda novela, publicada en 1947: La peste.

(CONTINUARÁ)