Un solitario solidario/ I | Letras Libres
artículo no publicado

Un solitario solidario/ I

Hace cincuenta años, el lunes 4 de enero de 1960, cerca de las dos de la tarde y en la ruta de Sens a París, un automóvil zumbante en velocidad excesiva chocó contra un árbol de la orilla de la carretera y se partió en dos. Al lado del vehículo la policía de caminos encontró tres cuerpos aún vivos: dos mujeres ligeramente heridas, un hombre moribundo, Michel Gallimard y, entre las láminas aplastadas de la carrocería, otro más, ya muerto, que sería reconocido gracias al documento de identidad. Muy poco después los atareados teletipos difundían al mundo la sensacional noticia: el cuerpo inmediatamente muerto en el choque del vehículo Facel-Vega era el de un francoargelino de 46 años de edad, casado, padre de dos niños, residente en París, que era simultánea y famosamente el escritor, el novelista, el dramaturgo, el ensayista Albert Camus, poseedor del premio Nobel de Literatura desde apenas tres años antes y mundialmente acreditado en el mundo como una de las voces morales de su tiempo.

Albert Camus había nacido el 4 de enero de 1913 en Mondovi, departamento de Constantine, Argelia. Su padre, Lucien Camus, era un modesto artesano originario de Alsacia que en1914, el año inicial de la Primera Guerra Mundial, murió como flamante soldado suavo en la primera batalla del Marne y dejó en el infortunio a la señora Catherine Sintes de Camus, argelina de origen español, y dos hijos: Albert y su hermano un poco mayor. Desde 1919, gracias a una beca, Albert ingresa en la escuela pública de la ciudad de Argel, y después en un instituto de educación secundaria donde encuentra un maestro, Louis Germain, un santo laico que lo instruye en las letras, en las virtudes intelectuales y morales que debe tener “un buen pobre” y en la práctica del futbol amateur, que, como dirá más tarde, es también una buena disciplina intelectual y moral.

En la juventud Albert lee ávidamente a filósofos y novelistas, detiene o encaja goles como heroico guardameta del equipo de futbol de la Universidad argelina y desde 1930 sufre los síntomas de la tuberculosis, por la que debe renunciar a sus recién iniciados estudios formales de Filosofía, que, por lo visto, no resultan particularmente fortalecedores de los pulmones aunque sí de la mente, y entra de oficinista menor en la Prefectura de Argel, donde el poco trabajo y los extensos paréntesis de ocio le permiten ir sanando, fundar una compañía teatral con amigos y obreros franceses y musulmanes, practicar el futbol amateur, frecuentar las playas para nadar hasta la línea del mar abierto, broncearse tendido bajo el totalitario sol africano y galantear a las morenas bañistas, quienes lo encuentran apuesto a pesar de ser doblemente chato por tener breve la nariz y por apellidarse Camus (que en francés significa... chato, precisamente); y ha comenzado a escribir paginas de prosa narrativa y ensayística que publica entre sus trabajos de reportero en el periódico Alger républicain, dirigido por su amigo Pascal Pia.

Desde sus primeros reportajes acerca de la miseria de los trabajadores musulmanes de Argel, con los cuales, veinte años antes del estallido del conflicto argelino, fue de los primeros en lanzar la voz de alarma acerca de la condición proletaria en su país, Camus se gana una buena fama en los medios cultos de Argelia y de París y un destacado renglón en la lista negra de la policía argelina, que, sabiéndolo cercano al Partido Comunista, empieza a hostigarlo. Entonces ha llegado para el joven periodista el momento de salir hacia el mundo. Y el mundo entero, para un joven intelectual de cualquier país subdesarrollado, es la capital por excelencia de la cultura: París, la Ciudad Luz (¿cuál otra en aquel entonces?).

En París y después de meses de hambre y de dormir a veces bajo algún puente del Sena (río culto que fluye entre orillas de libros, según Apollinaire), Camus obtiene trabajo en el diario Paris-Soir, donde no tardará en ser nombrado redactor jefe. En 1933, habiendo, como decía, “aprendido el socialismo no en Marx, sino en la vida”, ingresa en el Partido Comunista, pero no tarda en abandonarlo, hastiado del dogmatismo marxista-leninista y decepcionado por algunas noticias acerca de la atroz dictadura de Stalin, quien ya ha comenzado a encerrar a campesinos y obreros en campos de concentración y a aniquilar, mediante tribunales y juicios ad hoc, a intelectuales y líderes de la vieja guardia comunista. De ahí en adelante será un hombre de izquierda sin militar en ningún partido, será un solitario solidario, que, pasada la medianoche, al salir de la imprenta del periódico, va con algunos obreros, redactores, correctores y linotipistas, hombres puros de pensamiento libertario, de una feroz intransigencia moral, a beber las copas de la convivialidad y de la discusión sobre la actualidad política en un pequeño bar de suburbio en cuya estantería el bartender tiene, entre las botellas de licor, una pequeña biblioteca ácrata (Proudhon, Bakunin, Kropotkin, el primer Max Stirner, acaso el Tolstoi filolibertario, etc.). Con algunos de esos camaradas Camus alquila un apartamento amueblado de la calle Jaude, donde se forma una especie de falansterio alrededor de la “caja del “fondo comunitario”: la lata en la que mujeres y hombres depositan el dinero de sus pagas.

Allí, Albert, desde las dos de la madrugada, con un eterno cigarrillo Gitane entre los labios, con un vaso de vino tinto cerca de las cuartillas, ha empezado a escribir, a mano, pues aún carece de máquina de escribir propia, su primera novela: L’étranger.