Un país de fábula | Letras Libres
artículo no publicado

Un país de fábula

1.

¿Por qué debe interesarnos una medida de ahorro económico en una empresa privada? Las empresas solo pueden vivir con ganancias, por marginales que sean, y si no las obtienen, toman decisiones o acaban cerrando. Una verdad simple que tiene de vida la vida del capitalismo. La crisis de El País es un asunto matemático: basta sumar a la crisis de la prensa tradicional la crisis de España y aparecen los odiosos número rojos. Entonces, ¿por qué es noticia? Y, sobre todo, ¿cuál es el problema?

 

2.

¿Existe un mejor espejo para entender la transición española que El País? Paradoja: además de testigo, fue protagonista, moldeando el gusto de sus lectores hacia una sociedad moderna frente a los activos restos del franquismo y su aire enrarecido. Un verdadero caudal de periodistas, curtidos y jóvenes, pero sobre todo jóvenes, y de autores, de casa y de fuera, lograron en una generación el milagro de que el franquismo fuese como un mal sueño, una suerte de bochornoso ridículo colectivo. El 23f demostró en su crudeza, con sus insultos guturales y soflamas cavernarias, hasta qué punto estaban desfasados los tricornios y los tanques con aguilucho de la sociedad. Y El País, esa misma noche, en la calle con la Constitución. Una comunión de intereses creó ese fenómeno llamado El País. El “intelectual colectivo” clave de España. Si la historia se hubiera detenido aquí, hablaríamos de un milagro, pero la historia nunca es tan simple.

 

3.

El periódico se volvió buque insignia de un grupo mediático y soporte de un partido político (que además representaba al principio los mismos valores modernizantes). Cuando en un sano principio de alternancia la derecha democrática accedió al poder, sobraron las razones para un frío plato de venganza. Y lo que se había obtenido a dedo o precio de ganga hubo ahora que pelearlo en los tribunales. Pero la máquina seguía arrasando en los kioscos y en la venta de publicidad, y nadie esperaba ni podía imaginar que el dinero no crecía en los olivos. Aunque los más lúcidos en el coro ya gritaban “ojo con la prisa, ojo con la prisa”, Edipo seguía necio en resolver el enigma de Tebas. Y ante la tempestad sacó pecho y apostó fuerte a crecer en la televisión por satélite y abierta, y en la radio y en las revistas y en los derechos de autor y en la distribución, y fuera de España, todo a golpe de talonario no siempre bien calculado. La primera víctima, la información objetiva sobre los asuntos de interés del conglomerado: la bolsa de valores, el mundo editorial, la educación en Latinoamérica, el poder autonómico, etcétera. La segunda, el futuro, merced a una deuda casi impagable en época de bonanza a punto de entrar en una inadvertida era de crisis.

 

4.

El regreso de “los de casa” en 2004 parecía que iba a facilitar otra vez todos los amarres y una salida decorosa, sin muchas bajas colaterales. Pero a los cachorros socialistas, y algún que otro gato viejo de la anterior camada, los encabezaba un adolescente que quiso jugar también a las canicas mediáticas y apostó por su propio grupo, abriendo una vía de agua del tamaño del canal de La Mancha entre medios y grupos afines. Esta era de frivolidad extrema promovió una nueva generación de periodistas y directivos más pendientes del peinado de un futbolista que del uso del dinero público, privatizado a manos llenas por una generación de políticos de todos los colores contaminada por la corrupción y otras burbujas. La visión adánica que desprendía el inquilino de la Moncloa produjo el quebranto de las finanzas públicas. Al mismo tiempo, internet se volvió el caballo de Troya de todos los medios en papel. Ante esta tormenta perfecta, ¿qué hacer? Apostarlo todo a un corredor de bolsa, una boa capaz de engullirse un elefante sin principito que lo endulce llamándolo sombrero. Pero el agujero sigue. ¿Qué hacer?

 

5.

Un erre que erre ferrocarril. Y que paguen justos por pecadores, leales por competentes, gatos por liebres. Agazapados, los ejecutivos de impecables trajes grises revisan sus cuentas corrientes donde todo cuenta y está al corriente. Atisbos de censura para los inconformes. Llamadas amistosas que producen el efecto de una amenaza. Malestar en los viejos y brillantes generales. Y todo en vivo y directo, distorsionado por los mil enfoques posibles de Twitter y las redes sociales. Eso sí que es la muerte del papel por la red, carajo; Casandra tenía razón, pero mira por dónde. Ventilado a los mil vientos por los injustos enemigos de siempre y los nuevos enemigos de hoy, justamente enojados, el buque insignia hace agua. Quedan muchos y grandes marineros y contramaestres para ponerlo a flote. Y aunque desde los catalejos solo se ven olas como muros, detrás del mar de los sargazos hay tierra fértil. Sí, ya sé que el timón está roto, y que no pocos tiene la tentación de escapar en el jet privado, pero España no puede darse el lujo de también perder El País.

 

P.D. Quien desee ver otra arista puede sumergirse en la muy recomendable novela de Pedro Sorela El sol como disfraz, que en clave de ficción retrata la vida no siempre miserable de un periódico sospechosamente parecido a El País. ~