Un monstruo denso, macho, mexicanísssimo | Letras Libres
artículo no publicado

Un monstruo denso, macho, mexicanísssimo

Smog es una de esas palabras que pudo acuñar Lewis Carroll, el inventor del “vocablo-portmanteau”, es decir: el “vocablo-maleta” en el que se meten dos palabras y se acoplan para engendrar una tercera que sintetice los dos significados en uno.

Y, hasta donde se sabe, habrá sido hacia 1948-51 cuando algún habitante de la ciudad de Los Ángeles (California), acaso viendo al atardecer un paisaje citadino que le hacía toser y lagrimear, unió la palabra smoke, humo, y la palabra fog, niebla, y produjo el neologismo smog, el cual, ayudado por la indudable capacidad de imponerse de las lenguas inglesa y angloamericana, se difundió por el mundo a tal grado que hoy lo usamos millones de hispanoparlantes aunque (o quizá gracias a que) no lo registre el de la Real Academia Español, impresionante institución, o lo que sea, que no deja de dormir su sueño de tortuga gorda, dispéptica y maja.

De modo que, nos guste o no, smog es el nombre de la cosa, pues hasta ahora y como es costumbre han fallado los heroicos intentos de producir una palabra española equivalente. Y conste que algunos de esos intentos provinieron de gente ilustre en la castellana parla que también usaron el método "portmanteau”. Así, Octavio Paz proponía polumo (polución y humo), Juan Goytisolo sugería neblumo (niebla y humo), Arturo del Hoyo postulaba humiebla (humo y niebla) y Camilo José Cela rugía humión (humo y contaminación).

Y así está el asunto. Salvo que sigamos diciendo smog o hispanicemos el vocablo como “esmog” (según yo hago incluyéndolo en mi columna "Carta de Esmógico City", en el periódico Milenio), no tenemos palabra para nombrar a nuestro polumo o neblumo o humión o humiebla, o como pudiera y debiera llamársele al monstruo ambiental. Pero lo cierto es que el monstruo del que gozamos aquí donde nos tocó, en la región menos transparente del aire, es tan grande, denso, macho, mexicanísssimo, que a la guía de récords Guinness no le quedó en una ocasión más remedio que otorgarle a nuestra ciudad el primer lugar de la contaminación universal. Y no sé si seguimos en ese campeonato, pero por lo pronto no se diga que no sabemos ser campeones de lo que sea.