Un cronista de 21 años ante un poeta de 59 | Letras Libres
artículo no publicado

Un cronista de 21 años ante un poeta de 59

¿Quién era, quién es Octavio Paz? ¿Cómo llegó a tenderse por la geografía como un arcoíris de sentimientos emblemáticos? Él, que tanto habló de transparencia, ¿es, puede ser transparente?

 

I

No puedo recordar cuándo oí o leí por primera vez el nombre de Octavio Paz. Sí, en cambio, cuándo lo vi y oí por primera vez y cuándo, por segunda vez, lo conocí.

En ciertas personas, la historia pública y la individual hacen una. Son lo que llama R. W. Emerson los “hombres representativos”. Octavio Paz es uno de ellos. Su huella se imprime en la historia de la cultura hispanoamericana desde una fecha muy temprana: desde 1949 con la publicación de El laberinto de la soledad en Cuadernos Americanos. Paz no es sólo un episodio nacional mexicano —aunque viene de ahí su raíz—. En él se refleja y hace la luz la historia de México, desde luego. También se cristalizan en su espejo las sales y elementos de la edad que le tocó vivir. La proa de su nombre —Octavio Paz— evoca el cuerpo de la nave completa de la cultura mexicana de Alfonso Reyes y Samuel Ramos, pasando por Ramón López Velarde, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta hasta Carlos Fuentes, Jaime García Terrés, Ramón Xirau, Juan José Arreola, Tomás Segovia, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Alejandro Rossi. Sólo una figura de la cultura mexicana e hispanoamericana se le puede comparar —la de Alfonso Reyes— con la que la de Octavio Paz tiene tantas afinidades profundas que se impone, en cierto modo, un ejercicio de comprensión simétrica y de vidas paralelas como una vía de acero a la eventual aproximación, caracterización y comprensión de la figura de Paz. Comprensión que había de llevar a un mejor conocimiento no sólo de la arquitectura íntima de la obra de Octavio Paz —y de paso, de la de Alfonso Reyes— sino, más importante, a la de ese tramo de historia del cual somos parte y de cuyo sentido debemos dar testimonio en el tiempo, del mismo que hemos de ganar el pan de cada día.

II

Asistí al ciclo de conferencias que dio Octavio Paz sobre “Traducción, literatura y literalidad” en 1972 en El Colegio Nacional, en la antigua y austera sala de la sede que tenía su entrada por la calle de Luis González Obregón. No sólo asistí como público. Iba con el designio expreso de tomar notas para que fueran publicadas en el suplemento “La Onda”, de reciente lanzamiento que venía a sustituir al suplemento “México en la Cultura” del periódico Novedades. Las conferencias de Octavio Paz versaron sobre la filosofía de la traducción, pulsaron las teclas del órgano del simbolismo en la poesía profunda en que se desarrolla el tema de la traducción, citaron a Chuang-Tzu y a Basho, a Nerval y a Roman Jakobson. Un aire de novedad y un resplandor de continentes recién descubiertos campeaba por la sala y envolvía al mismo Octavio Paz en una luz inconfundible: la luz pública. No sólo la luz de ese momento sino casi podría decirse de la historia de la cultura que se hacía persona en aquella figura de estatura media, ojos azules, rostro juvenil, y risueño. Había pasado ya 1968 y Paz estaba de regreso en México. No sólo eso. Había decidido cerrar un periplo iniciado en 1946 cuando salió primero a los Estados Unidos para trasladarse luego a París —que fue uno de los ejes de su órbita. Estas son las líneas que entonces escribí ahí. 

 

El poeta, la mujer y el visionario (1)

En la obra de Gérard Nerval, dijo Octavio Paz, encontramos una concepción mítica del espacio que será fundamental para comprender la poesía moderna. La exposición del poeta tuvo el mérito de reunir la biografía y la interpretación. La obra de Nerval es famosa por su oscuridad y hermetismo y Octavio Paz desmintió esta fama. El autor de Ladera Estehizo ver cómo la obra de Nerval está enraizada profundamente en su vida, una vida miserable que el poeta convirtió en un mito y la sublimó hasta convertirla en una de las imágenes más nobles y poderosas que nos ofrece la literatura europea de los tiempos modernos.

En la obra de Gérard de Nerval se observa la intensidad del sentimiento religioso y poético, el sentimiento de la muerte y de lo otro,  el sentimiento del doble y el del misterio, el sentimiento de la vida de la naturaleza. Hay en Nerval, afirmó Paz, la concepción de un espacio mítico en el que todos los espacios están presentes. Lo pasado y lo presente, la vida y la muerte se dan cita en este espacio que es un reflejo en todos los espacios: el momento presente comprende, anuncia y evoca presente, pasado y porvenir. No será extraño que Nerval se sienta atraído por la astrología y el ocultismo. La alquimia y el estudio de las religiones jugarán un papel de primera importancia en la comprensión de la obra de Nerval. Para este autor, la mujer es una figura en la que se resuelven varios elementos. La Mujer es Isis, la madre, la novia, la niña, la plata. Criatura acuática y mujer cazadora, de ella cabe esperar el maleficio y la protección. La mujer en Nerval es también Diana; la diosa de la castidad, pero también la diosa de la fecundidad, la diosa cuyas armas quebrantan y cuyas manos dan la vida. A la limpidez de la traducción de cinco poemas de Quimeras, el conferenciante añadió la calidad de sus interpretaciones y comentarios.

La siguiente conferencia estuvo dedicada a Guillaume Apollinaire. Poeta y profeta, visionario, el autor de Caligramas el representante, dentro de la poesía, del cubismo. Se puede establecer un paralelismo entre la obra de Picasso y Chirico y la de Apollinaire. En la pintura encontramos la relación espacial entre un objeto y otro o entre distintas partes de un mismo objeto, en el poema se establece una relación entre objeto que se suceden. Apollinaire plasma la simultaneidad de los espacios y los tiempos. “El texto, dejo Paz, es temporal, las cosas no están sobre el espacio sensible del cuadro, sino que se deslizan en la página. En verdad, no vemos pasar las cosas: vemos que las cosas pasan por el poeta, que también pasa. Y el yo del poeta es el espacio en el que se suceden las cosa espacio que es también tiempo”. A continuación, Paz leyó la traducción de Músico de Saint Merry, un poema enigmático en el que se nos habla del mito del poeta y de la tragicomedia del “pobre Guillermo”, su propia vida. El poeta parece visionario: un hombre que puede convocar a los vivos y a los muertos.

Luego no quedó nadie en la calle de la Verrerie. Excepto yo mismo y un sacerdote de Saint Merry.[1]

 

Caricatura impresa en el periódico Novedades, en el suplemento “La Onda”.

 

 

 

 

Grandes poetas Plagiarios (2)

Dos de los libros capitales de la literatura contemporánea han sido imitación y traducción, dijo Octavio Paz en el curso que sobre la traducción poética imparte en el Colegio Nacional, refiriéndose a Cathay, un libor chino traducido por una de las figuras más sobresalientes de la literatura contemporánea: Ezra Pound. El libro Imitations, del poeta norteamericano Robert Lowell, por otra parte, está formado de imitaciones de textos de Montale, Sanguinet, Baudelaire.

Octavio Paz observó que la traducción poética se presenta bajo circunstancias que la haría aparecer como imposible o ilegítima. Las situaciones sociales y culturales que marcan la creación, apoyan lo anterior, pero una serie de universales cosmológicos y biológicos, todos nacemos y morimos, por ejemplo, nos llevan a la posibilidad de la traducción. Según Válery, la traducción intenta reproducir, con medios distintos, efectos análogos. Traducir es reproducir, se trata de una creación imitativa, señaló el poeta. Sin embargo, quien crea en la “creación pura” cometerá un error: no hay creación absoluta y los grandes poetas han sido también conscientes plagiarios. Su virtud consiste en superar al plagiado y ocultarlo detrás del resplandor de sus propias creaciones. Imitación, creación y traducción, afirmó el poeta mexicano, están inextricablemente ligadas y nadie estará  autorizado a decir que la una o la otra tienen más importancia. Las cualidades de la traducción poética habrán de ser fieles a su objeto: la poesía. Por lo tanto, la traducción deberá buscar los significados subjetivos, emotivos, particulares, que configuran lo propio de la poesía. A la traducción toca realizar la trasmutación, y Paz insistió en usar esta palabras, de todos esos valores contradictorios y paradójicos, de todas esas realidades analógicas y emotivas que el poema dan la lengua original entrega. Y la trasmutación implica de algún modo creación. Un poema es único e irreproducible, pero la posibilidad de la traducción descarta en que el poema a traducir es susceptible de una aproximación, de una semejanza. De aquí que un poema traducido sea un poema del cual ha sido hecha una metáfora. Su validez y legitimidad de vienen de que haya sabido reproducir los efectos que el original suscita. Y así como la materia prima de la poesía no es la vida sino el lenguaje, del mismo modo la materia primera de la actividad del traductor será el lenguaje. Pero el traductor, a diferencia del poeta, desmontará, para reconstruirlo, ese texto inmóvil compuesto a partir de la combinación de signos móviles.

En cierto sentido, el curso sobre la traducción poética es al mismo tiempo un curso sobre la poesía moderna y sus antecedentes. La quinta y sexta conferencias han estado dedicadas a la lectura y comentarios de dos poetas. Donne y Marvell, pertenecientes a la corriente de la llamada poesía Metafísica Inglesa. Para ellos, Dios no es el significado último, el polo y la referencia en donde se resuelven todos los enigmas. La muerte ha dejado de ser el espacio de Dios, para convertirse en el espacio del vacío; la eternidad divina ha sido sustituida por el instante del amor erótico. El mundo de la razón y de la lógica se opone, en este momento —al mundo de la sensibilidad, de la imaginación y el cuerpo. Hay, no obstante, un intento en estos poetas— poetas barrocos, preocupados por la forma y la resolución de los contrarios, por la analogía, que es el modo de resolver esos contrarios dentro de la forma— por conciliar esa oposición, un intento por cubrir esa falla entre dos mundos y por integrar los conocimientos científicos en el seno del poema. Marvell se nos presenta como un poeta de pasión —de arrebato y desmesura— al mismo tiempo que como un poeta de elocuencia, es decir, de medida, de ironía, decoro. El forma parte de una tradición latina —la de Horacio y Catulo— pero también de una tradición más moderna en la que se inscriben Téophile Gautier y Charles Baudelaire  —poetas apasionados y mundanos, irónicos, enamorados de la forma y la conveniencia que hacen posible en el espacio de la escritura la expresión del arrebato y la pasión. Poetas del amor y del decoro: reticentes en su arrebato. Los poetas barrocos y los poetas metafísicos ingleses tienen en común —y la lectura de una poema de Marvell así lo demostró— la característica del ingenio, que es la capacidad y la posibilidad de unir los extremos opuestos o, como diría el Doctor Johnson, la unión de las ideas más heterogéneas y de la elocuencia —la elocuencia en el sentido latino que quiere que la pasión y el entusiasmo y, en general, todas las emociones se vean sometidas al rigor de una ley retórica: seamos apasionados, dijo Paz, pero no seamos exagerados— esa sería la ley de la elocuencia. Y Marvell, además de ser poeta elocuente, es un poeta irracionalista. El amor espiritual y el amor sensual están separados y al mismo tiempo sujetos a una condición similar; paralelos, se comentan e iluminan entre sí.

La segunda parte de la conferencia del martes 23, estuvo dedicada a la poesía romántica. Fue una introducción y una  manera de presentar el contexto en el que surge la figura de uno de los poetas más sugestivos: Gérard de Nerval. Nerval es el poeta romántico francés que asume, prodiga y asimila la tradición romántica alemana. En él esta tradición halla eco: la preocupación por la noche, por sus inclemencias y bondades, por sus riquezas; la preocupación por el mundo del sueño y de la muerte. Con Nerval la locura empieza a tomar otro sentido. Ya no se trata del loco como de un ser inferior, sino como un ser divino: el loco, la mujer, el animal y el niño denuncian con su palabra secreta la trivialidad de un mundo que se cumple en el consumo y la producción. Por medio de la locura se llega a la noche, la noche que todas las religiones guardan en su seno, pero que pretenden callar. Sin embargo el problema de la forma no está ausente en Nerval. La forma poemática es un microcosmos y en ella ha de reflejarse el mundo. La  forma del universo no es ajena a la del poema; ritmos, rimas, asonancias, el silencio y la música, la analogía dan cuenta de un movimiento que va más allá de lo estético.

“La próxima conferencia, dijo O.P., nos ocuparemos de la vida y la obra de Nerval, o mejor dicho, de sus vidas.”[2]

III. Envío

¿Las edades del hombre se miden o coinciden con los rostros o el rostro de la mujer o las mujeres sucesivamente unidos? ¿Se puede reconstruir la vida, la biografía de Octavio Paz en función de las sucesivas presencias femeninas que lo acompañan en el curso de su longevidad: su madre, doña Josefina Lozano de Paz, su tía, su primer amor, el de “carta a una desconocida”, Elena Garro, el nombre de esa guerra interior que se declaró en Paz durante al menos tres lustros, esa prueba iniciática de y en la pasión; Bona de Mandiargues, su iniciadora en el yoga y en la meditación, y autora del dibujo que se encuentra en la portada de la Estación violenta, Marie-José Paz, joven y entusiasta seguidora y discípula del maestro que se fue auto-descubriendo en los cursos amorosos? ¿O bien se miden las edades del hombre en el espejo del padre o los padres que se asoman al mono para ir armando su gramática? ¿Tuvo Paz un solo padre o bien se da en él el caso singular del niño que es dos veces hijo, primero de un abuelo, Ireneo, y luego de un padre, Octavio; se dio en Paz el caso excepcional del que pudo y tuvo que matar dos veces a su padre y se vio obligado a vivir y a inventarse dos patrias: la de las ideas y las letras (con el abuelo); la de los hechos, los actos y la historia irreparables con la figura del padre.

¿Quién era, quién es Octavio Paz? ¿Cómo llegó a tenderse por la geografía como un arcoíris de sentimientos emblemáticos? Él, que tanto habló de transparencia, ¿es, puede ser transparente?

Conocí a Octavio Paz cuando yo tenía 21 años y él 59. Fui su aprendiz, su colaborador, su lector, su amigo, uno de los guardianes póstumos de su memoria. Independientemente de lo que los otros piensen, me considero su discípulo no sólo por compartir algunas de sus ideas y actitudes, sino por sentirme movido por causas que no le serían del todo ajenas. En algún lugar de sus juramentos, Hipócrates declara que, a la muerte del maestro, el discípulo debe adoptar a su viuda y a sus huérfanos como si fuesen ahora deudas de su propia familia. Aunque a algunos les pueda parecer chocante o incómodo, yo, que no tengo hijos, he sentido el impulso de tratar a su viuda, Marie José Paz, como a alguien muy querido por un ser muy querido; y a no pocos de sus seguidores como hermanos que a veces había que proteger de sus propios errores. Es posible que esto nada tenga que ver con Octavio Paz en sí, con la severa gramática de su obra, sí tiene que ver, en cambio, con su recepción e irradiación, con el resplandor y el peso que su llama arroja sobre el mundo. Si a algunos les toca ser actores y a otros espectadores, a otros más testigos de los actos y de los espectáculos, historiadores dedicados a registrar el movimiento de las letras en el firmamento del tiempo.

 



[1]El poeta, la mujer y el visionario, Adolfo Castañón, La Onda 5 de (julio) agosto 1973 p. 7.

[2]Grandes poetas plagiarios, Adolfo Castañón, “La Onda”, 25 de julio de 1973, p. 9.