Un alma robusta | Letras Libres
artículo no publicado

Un alma robusta

i. El ángel caído

Este hombre quería ser un ángel. Y sólo ha logrado ser un ángel caído.

Hemos visto muchas veces esta imagen: el espíritu melancólico, sentado entre los instrumentos de su sabiduría. Ya no confía en ellos. Ya no espera que esas herramientas, al descifrarle el mundo, le den un sentido a su vida. La razón, filosófica y práctica, le ha permitido comprender el cosmos, al mismo ritmo con que dejaba de sentirlo. A quienes dejaron de “sentir” el mundo ¿de qué podría servirles comprenderlo? El ángel caído ha sufrido la mayor pérdida posible: sabe pero no siente.

Sólo perdemos lo que hemos olvidado. Lo que el ángel ha extraviado sigue estando allí. Podría verlo desde esa ventana, o atalaya, que tiene a su lado. Pero es incapaz de mirarlo. Los detalles de sus ciencias ocultan el panorama que podría restituirle una esperanza. Es incapaz de girar la cabeza hacia su derecha y mirar con los ojos desnudos, sin instrumentos, ni cálculos, el extraordinario paisaje del universo...

Un arco iris nocturno, un cometa de los que se acercan al mundo cada cien años, el mar y sus islas, el puerto desde donde podría iniciar un viaje. Las montañas, al fondo, a las que podría llegar y subir algún día.

Nada de eso alienta al hombre que quiso ser ángel (y que sólo logró ser un ángel caído). Permanece abstraído en el fiasco de sus ciencias y sus técnicas. Estafado por el poder de su razón que le robó la delicadeza de sus sentimientos. Fracasado.

Sentimos nuestra impotencia de espectadores. ¿Cómo podríamos llamar la atención de ese espíritu melancólico? Haría falta, de algún modo, entrar al grabado de Durero, poner una mano en el hombro del ángel y remecerlo. Indicarle el glorioso panorama en el fondo de la escena. Y decirle: mira hacia fuera y confía. Puedes volver a “sentir” el olor del viento, el color del cielo, el silencio de la noche. Puedes volver a experimentar la belleza y el terror del universo. La experiencia y el conocimiento pueden parecerte ahora seudónimos de la desilusión, le diríamos. Pero mientras seas capaz de oír siempre te quedará la poesía.

Levántate, sal y escucha el poema que te susurra el viento de la noche. Te señala la dirección de tu esperanza.

 

ii. El ángel deja sus alas y sube

 

Es tiempo de explicarme

[–pongámonos de pie.

Me desprendo de lo sabido,

Empujo conmigo a hombres y muje-

[res, más allá, en lo Desconocido.

El reloj señala el momento –¿qué

[señala la eternidad?

 

Hasta acá hemos agotado trillones

[de inviernos y veranos,

Hay trillones por delante y trillones

[más adelante de ellos.

 

Tantos nacimientos nos dieron

[riqueza y variedad,

Y nuevos nacimientos nos traerán

[riqueza y variedad.

 

No llamo a uno mayor, o al otro,

[más pequeño,

Aquel que colma su tiempo y su sitio

[es igual a cualquiera.

 

[...]

 

Soy la cima de lo logrado, y abarco

[las cosas que serán.

Mis pies tocan lo alto de los altos

[de las escalas

En cada peldaño incontables eda-

[des, mayores con cada peldaño,

Quedan abajo, todas bien recorridas

[–y todavía subo y subo.

 

Atrás me reverencian los fantasmas,

[altura tras altura,

Allá muy abajo veo la primera gran

[Nada, sé que incluso estuve allí,

Esperé, siempre inadvertido, dor-

[mido atravesé la niebla letárgica,

Me tomó mi tiempo, pero no me

[dañó el fétido carbón.

 

Mucho tiempo me abrazaron, apre-

[tado –mucho, mucho.

 

Inmensos han sido los preparativos

[para mí,

Fieles y amistosos los brazos que

[me auxiliaron.

 

Los ciclos transbordaron mi cuna, [remando, remando,

cual alegres boteros,

Para hacerme lugar las estrellas se [mantuvieron aparte, en sus órbitas,

Enviando influjos para cuidar al que [me aguardaba.

 

Antes de parirme mi madre, gene- [raciones me guiaron,

Mi embrión nunca fue apático, nada [pudo aplastarlo.

 

Para él la nebulosa amalgamó en [orbe,

Para sostenerlo se apilaron los len- [tos estratos,

Masas vegetales lo alimentaron,

Saurios monstruosos lo llevaron en [sus bocas y lo depositaron,

con cuidado.

 

Tantos poderes se emplearon, ince- [santes, sólo para completarme

y deleitarme.

Ahora, en esta cúspide me

[yergo con mi alma robusta.

 

(Song of myself, 44, Walt Whitman, traducción de C.

Franz)

 

iii. El viajero en la cumbre

Desde esta cúspide, con mi “alma robusta”, fortalecida por el viaje, vuelvo a sentir el mundo maravilloso, y terrible, que me creó y me trajo hasta aquí.

El ángel melancólico se puso de pie. Salió de su gabinete. Guiado por la voz del poema se internó en el panorama del fondo. Tuvo que andar, remar, escalar. Para este viaje las alas –del ingenio, del saber–, sus alas de ángel, no le servían. Fue necesario volver a ser un hombre de a pie, un simple caminante. Así cruzó el mar, trepó a las montañas. Dejó abajo las “letárgicas nieblas” de la confusión. Subió y subió, sintiendo todo el esfuerzo que las edades del tiempo habían hecho para traerlo a esta época, transitoria. Llegado a las alturas, el hombre que no pudo ser ángel volvió a sentir el mundo...

Alzando la vista hacia un horizonte despejado sentimos cómo nuestra mirada se dilata, tal como se dilata el pecho con el aire puro y fresco. Abrazamos el paisaje con la vista y sentimos cómo el cosmos nos devuelve el abrazo. Experimentamos una nueva esperanza.

El viajero sabe que este es un triunfo momentáneo. Nadie más expuesto, más a la intemperie, que un hombre en la cumbre. Por eso mismo, nadie más sensible y vulnerable, también. Los montañistas expertos, tras semanas para conquistar una cúspide, permanecen sólo unos minutos en ella. Han llegado, también, al extremo de sus fuerzas. No podrían ir más allá. Necesitarían alas. Y las alas no son humanas. Tampoco es factible quedarse arriba. El clima puede cambiar enseguida y congelarnos. No hay refugio. Las verdaderas cimas son estrechas: no es posible morar en las alturas. Allá encima sólo cabe nuestra soledad.

El clímax no admite habitantes. Lo excelso no puede durar más que un momento. Enseguida hay que bajar, antes de que el frío, la falta de oxígeno –la atroz belleza–, nos aniquilen.

La paradoja permanece: la eternidad ha trabajado para traernos a un sitio donde no podemos quedarnos. Abajo, donde transcurre nuestra vida, somos ángeles caídos; allá arriba, donde no podemos vivir, es donde podríamos ser plenamente humanos. El misterio del universo perdura. Pero ahora no sólo lo sabemos, también lo hemos sentido.

Es triste bajar, pero más doloroso es no haber subido nunca. La esperanza trajo al viajero a la cima estrecha y efímera. Su consuelo, mientras baja, será haber subido.

Ángeles caídos, ojalá a todos nos fuera dado, una vez en nuestras vidas, alcanzar esa cumbre donde seremos, brevemente, humanos. ~