Umbral (cuento) | Letras Libres
artículo no publicado

Umbral (cuento)


La mesa: sucia de té y azúcar.

Las moscas no molestaban tanto como la música: una confusión espantosa de Radio Enciclopedia con las noticias de otro programa.

Puse sobre una silla el paquete de la librería de viejo.

Abrí la libreta de notas y revisé los apuntes que había logrado garabatear mientras me movía en la silla de ruedas por las calles del Vedado.

Una revista me había encargado un artículo acerca de las relaciones de Sade, la Historia y la muerte.

Sí, Sade se había puesto de moda.

Otra vez.

También Nietzsche.

El eterno retorno es al fin y al cabo una idea bastante hermosa.

Incluso en Cuba podía ser una idea bastante hermosa.

Tal vez por eso el estilo de ir tomando notas espasmódicas por las calles del Vedado mientras el-viento-de-los-bosques-te-azota-en-la-cara.

Pero el problema de la muerte se había esfumado.

Al menos por el momento.

Debió de haberse esfumado cuando Sartre vino a ver todo esto y ya de vuelta nos prodigó un fraternal y amplio movimiento de la mano a todos los allí congregados para su despedida (Simone a su lado sonriendo con un pañuelo blanco en la cabeza).

En ese mismo instante se esfumó el problema de la muerte.

Traté de descifrar mis garabatos:

cada maudit va al encuentro de su lazo de cuerda o de su Bastilla para escribir (ver “Cuerpos rotos” , relato de R, mi alumno predilecto) ahondar el fundamentalismo que hay escondido en Sade es decir



...el cuerpo como Origen: Tablas-Rotas-de-la-ley: destártalo
original.



¡La Historia como Máquina Sádica!



Posible perfil de Sade en la oscuridad de su celda.




Imaginar a Sade en su celda: gordo, garabateando obscenos graffiti, ya sin rostro en la noche profunda de la Bastilla.



Mi apoplejía derivada de una existencia disipada: orgías, borracheras, caídas estruendosas por las escaleras.



relaciones ocultas entre Eros y Absoluto



(Mi vecino quema con cigarros a su mujer y oigo a través de la pared los griticos de placer pero al final algo falla entre ellos (¿es que los cubanos estamos condenados a la falta de Absoluto?). Ver estudios de Fernando Ortiz sobre el cubano.)

La silla de enfrente rodó.

Un muchacho flaco y de ojeras negras.

Se había repelado a la moda.

Contempló mi libreta y yo el sello prendido en su camisa: algo así como el rostro de un San Sebastián agónico o de un gurú un poco despiadado (colores fuertes e imprecisos).

Adivinó mis pensamientos:

–No. Él no es un santo. Todo el mundo piensa que es un santo. Es mi padrastro. 

Puse cara de no entender.

Me explicó que él (su padrastro) estaba loco.

(Aquí mismo, hacía sólo dos o tres días, me había topado con una estudiante de la universidad que aseguraba estar escribiendo el testimonio de su locura. Enseguida pude comprender que no estaba loca y que su poesía era bastante mala, una suerte de diario coloquialista entreverado con exabruptos líricos.) 

Siguió explicando:

Él es el guardián de la Isla. 

–Ah. (Sí , de nuevo el viejo asunto: la Isla , siempre la Isla.) 

Traté de adivinar la burla en sus ojos de estanque sucio. (Ojillos de nueva generación: ingenuos, perversos, nulos.)

Dijo:

–Mañana él cumple un año de ingreso. Quiero comprarle una panetela de chocolate para la visita. 

Achiqué los ojos en busca de esa perspicacia proverbial en los escritores maduros.

Le pregunté:

–¿Y por qué él es el guardián de la Isla?” (Remedé su manera de subrayar las palabras.) 

–Eso tendría que preguntárselo usted. Por lo menos a mi no me lo ha dicho (se acercó a mí, olía a cebolla). Debe ser un secreto (jadeó, tenía el pecho abultado de los asmáticos). Además, no creo que sea tan importante saberlo, al menos de este lado. 

Terminé el cigarro.

En estos tiempos a cualquier cosa se le podía sacar partido, daba igual si era una conversación intrascendente, así que seguí con las preguntas:

–¿Es joven tu padre? 

–Sí, aunque ya no tanto. 

–¿Pero no dices que es el del dibujo? 

–Una cosa es el dibujo y otra la realidad. ¿No ha estudiado a Kant? 

–¿Quién hizo el dibujo? 

–Yo. 

–¿Pintas? 

–Más o menos. 

Anduvo en la mochila y sacó unos papeles, me los puso sobre la libreta: eran bocetos a lápiz de la cara del padrastro que se iban quebrando en líneas discontinuas hasta disolverse en trazos dolorosos.

–Son buenos. Milagro que no has estudiado pintura. 

–Para dibujarlo a él no hace falta ir a una escuela de pintura. Hay que verlo y ya. 

–Ah. 

Pedí dos tés. Se habían acabado los dulces. Trajeron el té.

Él dijo que no le gustaba tan caliente y empezó a soplar su taza con obsesión .

–Háblame de tu padrastro. 

Me observó con picardía.

–Usted tiene cara de escritor. No se me despintan. 

Seguro que pertenece a la Unión de Escritores.

Me preguntó por las notas de la libreta.

Le expliqué mi proyecto.

Parecía mostrar cierto interés y movía la cabeza asintiendo de vez en cuando. Tenía cara de conejo y las orejas se movían al compás de los movimientos.

Le conté mi encuentro con Sartre hacía unos treinta años en mi cuarto de la Habana Vieja, donde de algún modo había surgido la idea del proyecto:


Un cuartucho atestado de libros húmedos y malolientes.

Sartre y Simone se habían escapado de una recepción oficial.

Les pregunté si no los habían seguido hasta allí.

Sartre me dijo burlándose:

“Estás paranoico. Es muy temprano históricamente para estar paranoico.” 

Simone se veía hermosa: las mejillas rojizas por el vino o el colorete.

Sartre no. No se veía nada bien. La corbata hecha un lío. El pelo embrollado.

Fue directo al librero, a la sección de filosofía. Dijo:

“¿Qué pretenden los escritores desde aquí? ¿Esquizofrenizar la cultura? Libros y más libros. ¡Incluso los míos. Debías dedicarte a observar la realidad. Ustedes...” 

Lo interrumpí:

“Para.” 

(Simone se hacía la desentendida mirando los cuadros. De vez en cuando refería en algún detalle del paisaje. Dijo que en general le gustaba el paisaje cubano. Sobre todo la clara verticalidad de las palmas.)

Sartre no paró. No. Él no paraba. Como en su prosa. Dijo levantando la mandíbula:

“Están viviendo un momento único. Es como habitar en el mismo corazón de la Historia. En esos casos sobran la mayoría de los libros.” 

Le dije en tono de burla:

“¿Vienes de hablar con el Jefe?” 

Simone dejó de hojear un libro y dijo:

“Paul discutió hoy con él. No se pusieron de acuerdo en un aspecto de las cosas. Pero sólo en un aspecto. En general estuvieron de acuerdo. Muchos piensan que todo nos es muy fácil.” 

Les pregunté si querían café.

Contra la piel de Simone daba la luz de la luna y parecía un actor kabuki. Sartre se veía extenuado pero cierta energía estrábica lo mantenía en pie. Dijo:

“¿Han estudiado a fondo los problemas del oro?” 

Contesté:

“¿A la manera de Pound?” (me reí bajito). 

Continuó:

“No. Por lo general la poesía no cala hondo. La lírica es hermosa pero no profunda. Lo sublime reconforta pero distrae. Distrae el espíritu. Nos deja sin moral. Y sin duda Pound se confundió notablemente. Por poco lo ahorcan.” 

Le dije:

“Sí, sé que prefieres la prosa, el orden.” 

El perfil kabuki de Simone se desvaneció y dio paso a un rostro de campesina:

“Desde aquí se tergiversan las cosas muy fácilmente. Eso es horrible. ” 

Sartre siguió con su idea:

“El oro. Esta isla sigue girando alrededor del oro. En el círculo vicioso de la ontología deparada por el oro. Y lo peor: la ontología que centellea desde el fantasma del oro. Lo peor es que son pobres. Un país pobre. Condenados.” 

Puse a hacer el café.

Oí la voz de Simone:

“En la recepción el Comandante nos habló de los planes económicos. ¡Son gigantescos! Quizá la Utopía sea eso: lo que no puede ser visto de golpe, ¿verdad Paul?” 

Simone siguió hablando:

“A Paul no le gustó tu última carta. Como si no hubieras comprendido bien el problema de los campos de trabajo.” 

“Ah (me dije). Los campos de trabajo.” 

La cafetera hervía. El olor se expandía agradablemente.

Sartre:

“Si esto es lo que te preocupa, ustedes no tendrán campos de trabajo.” 

Contesté:

“¿Te lo dijo el Jefe?” 

Les serví el café.

Simone derramó unas gotas sobre su falda blanca. Se alarmó.

Mojé un pañito con agua y froté con fuerza la mancha.

Mientras frotaba le dije a Sartre:

“¿Crees que la única forma de violencia son los campos?” 

Dijo para sí:

“La violencia, la violencia...” 

La mancha no desapareció completamente. No obstante, Simone dijo alegre:

“No importa. Será un buen recuerdo allá en París.” 

Sartre:

“¿Saben ustedes que Sade dirigió la Sección de Lanzas en la Revolución? ¿No lo saben? Hay aspectos muy complejos de las cosas que si se miran bien de cerca...” 

Lo interrumpí:

“Pueden ser aclarados definitivamente por la dialéctica.” 

No me hizo caso:

“...Su fallo fue en la comunicación. La comunicación por la violencia. La violencia que se ejerce sobre y a través de los cuerpos.” 

Ahora Simone atisbaba en mis papeles: tanto en las pequeñas y casi ilegibles notas que yo solía colgar con alfileres en las paredes así como en las escrituras de las hojas revueltas sobre la mesita. Me dije: Saca, saca tus manos de mis papeles.

Sartre dijo:

“¿Han pensado ustedes cómo se van a enfrentar a la maquinaria del Estado?” 

Le contesté riendo:

“Nada, vamos a crear una Sección de Lanzas.” 

Sartre:

“Me refiero a una praxis. O al final van a joderse.” (Esta última palabra la dijo en perfecto español.) 

Luego habló muy bajito, como si pensara en voz alta:

“Sí, al final van a joderse.” 

Tomó energías de nuevo:

“Voy a contarte una historia. Una historia personal. Una noche me paseaba por la orilla del Sena. En esos días ocupaba todo el espacio de mi cerebro un problema: el problema del Mal. Es decir, para ser más preciso: la existencia como condición del Mal. Si yo lograba resolver ese problema... Conoces lo que significa para un filósofo ubicar una pieza que no anda bien en su sistema. Una pieza dislocada que trata de subvertir a toda costa su sistema... Pues bien: inmerso en mis pensamientos, surgió aquella figura, tal vez desde uno de esos callejones que desembocan, inexorables y a la vez sorpresivos, en el Sena. Él estaba allí, a sólo un par de metros de mí: un poco doblado, las manos serenas en el enorme abrigo de cuero negro... Mi primer gesto fue sacar las manos de los bolsillos. Ya estaba en guardia, como un boxeador joven y bien entrenado. La meditación se había replegado a no sé qué agujero negro de mi conciencia. Ya no existían los grandes problemas... El extraño proseguía allí parado, observándome, las manos tranquilas en los bolsillos. Así transcurrió un tiempo casi infinito. Hasta que dijo sin perder la serenidad: ‘Ostraka’, y se lanzó al agua y se hundió en la definitiva negrura del Sena... Si yo hubiera sido consecuente con mi moral de aquellos días tenía que haberme lanzado al agua en su busca. Pero algo me detuvo. Algo se interpuso entre él y yo. ¿Sabes qué? Sencillo: el Mal. ¿Qué es el Mal? ¡Sencillo: la dubitación, la duda, el pensar mismo! Bueno, para no cansarte: estuve un rato mirando el agua, desde donde esperaba verlo surgir. Pero nada, sólo cajas de cigarros, basuras, hasta un perro muerto... No avisé a nadie. Regresé y busqué el significado de la palabra Ostraka. ¿Sabes qué son los ostraka? Pedazos de cerámicas utilizados como material de escritura en la antigüedad... Ostraka... Ostraka... La palabra resuena de una manera peculiar en mi cerebro. En medio de mil relaciones metafísicas que urde mi cabeza asoma inevitable esa palabra, unas veces intempestiva, otras veces suave y lasciva como la silueta de una mujer desnuda. Una palabra solitaria que intenta quebrar todas las posibilidades, que corroe como una rata hambrienta todos los sentidos... Tal vez si me hubiera dejado arrastrar por él hacia el fondo del Sena me hubiera burbujeado como un pez su secreto. Pero a fin de cuentas, yo preferí rumiar a la luz del día, donde el secreto definitivamente pierde su gravedad esencial... Y tampoco es que me guste ser arrastrado por un poeta al fondo oscuro de sus propias elucubraciones. ¿Tienes más café? ¡Demasiados daiquiris en estos días!” 

Sartre se dejó caer en el sillón.

Se quedó en una posición pensativa.

Simone empezó a reír.

Tenía en sus manos una de mis notas. (Saca, saca tus manos.)

Dijo:

“Al fin y al cabo ustedes también son hijos de la abstracción. Definitivamente occidentales.” 

Riposté para desviar el tema:

“Por aquí se rumoró que ustedes habían intentado un suicidio mutuo.” (Era un invento mío). 

Simone contestó:

“Sí. Todo iba bien. Ambos apretábamos las cuerdas pero casi al final Paul me explicó la necedad de tal acto (¿te acuerdas Paul?). Lo explicó con un hilito de voz, como si quisiera comunicar algo importante... Lo curioso fue que todo ocurrió ante la misma puerta de la muerte (siguió riendo entusiasmada por otra de mis notas clavada como una mariposa en la puerta del escaparate). Sí, eso: Porta itineri longissima.” 

Sartre ahora roncaba.

Sus espejuelos habían rodado hasta media nariz.

Se había quitado los zapatos.

Había dejado una mano sosteniendo el mentón como si en sueños prosiguiera sus meditaciones.

Ahora Simone trataba de abrir la desvencijada puerta del escaparate. Quise hacer un gesto de advertencia con las manos.

Logró abrir la puerta.

Empezaron a caer los títeres, los pedazos de papier maché, recortes de tela, carreteles de cordel, muñecos de barro que se fragmentaban contra el suelo...

Me dijo estupefacta con todo aquel reguero ante sus pies:

“Ya me habían puesto al tanto de tus ideas un poco absurdas acerca del teatro y la realidad. Pero de verdad no creí que te dedicaras a eso.” 

“¿A qué?” (la roña se reflejaba inevitablemente en mi voz). 

“Bueno... A las relaciones de Dios con las cosas. Supongo.” 

Le dije sin que me oyera:

“Vete al carajo.” 


El muchacho sonrió con la historia que le había contado. Saqué algunas fotos y se las mostré:

Sartre fumándose un cigarro delante de unos bueyes. Sus ojos extraviados en algún infinito de la tierra.


Sartre perseguido por las moscas mientras observa e través de una ventanilla los procesos de transformación de la caña de azúcar.


El Che Guevara encendiéndole un tabaco a Sartre en una oficina enorme y aséptica. Sartre y Simone despidiéndose de nosotros. Sartre levanta una mano y dice adiós. El gesto de despedida de Simone es casi imperceptible.


El cuerpo de Sartre en el fondo oscuro del espacio vacío de un cañaveral: borroso como un signo mal dibujado.



Me devolvió las fotos. Movía la cabeza como un pájaro soñoliento.

Dijo:

–Ay, la literatura, la literatura. 

Siguió:

–Ustedes siempre hablan de saltar al otro lado pero nada. 

Sacó un inhalador y se lo llevó a la boca. Aspiró dos veces.

Le pregunté:

–¿Y qué es el otro lado, si se puede saber? 

Lo llamaron de la mesa del fondo.

Era un peludo con una flauta. A su lado una cuarentona con cara de esquimal que leía algo de Neruda.

El peludo le prestó la flauta y él la probó.

La mujer se rió un poco.

Los tres se rieron.

Él volvió satisfecho y me dijo:

–Señor mío, todo en la vida es un problema de comunicación. 

Le dije:

–Me parece que del otro lado tampoco debe de haber nada interesante. 

Me contestó que yo era un escéptico y un descreído como todo el mundo. Que con gente como yo no había nada que hacer. Y que así este país nunca iba a llegar a nada.

Añadió:

Él sí saltó. Y yo algún día podré hacerlo. Hay muchos caminos para conseguirlo. El problema es cómo no extraviarse en los caminos de la muerte, como decían los griegos. 

Al rato dijo:

–Lo invito a la visita de mañana, así va a ver lo bien que uno se siente en el umbral.  

La palabra umbral brilló en el aire.

También brillaron las cicatrices de sus muñecas. Ambas visiones se deshicieron en el acto.

Le dije que no y le agradecí la invitación.

Hizo un gesto de renuncia con las manos:

–¿Ve? Qué miseria. Por eso las cosas están como están. 

Tomó su té muy despacio haciendo ruiditos al sorberlo. Luego se entretuvo con una mosca.

Cogió un fósforo y removió un charquito de té desplazándolo hacia la mosca, que se había quedado embelesada.

Me explicó que las moscas eran animales retorcidos físicamente pero que al contrario de los hombres tenían una finalidad muy concreta en sus fugaces existencias.

Añadió:

–Como él. Dice que uno tiene que estar listo. Que si das un paso en falso te vas al otro lado y no te enteras de nada. 

Terminó el té.

Se puso de pie.

Descargó un pie sobre la silla y se arregló un cordón.

Comentó que vivía en Alamar y que el transporte estaba imposible.

Se refirió a mi silla de ruedas explicando que a pesar del infortunio que entrañaba eso me facilitaba moverme libremente por una ciudad donde escaseaba el transporte.

Le dije:

–¿Tienes dinero para la panetela? (puse cara de gracioso). 

–Cualquiera tiene diez pesos, ¿no? (me devolvió la risa, alto y maltrecho como una herida vertical). 

Escogí un libro del paquete y se lo di: era un tratado sobre las abejas.

Le dije que se lo llevara a su padre. Que mi proyecto de ensayo referente a las analogías ocultas entre nuestra sociedad y las colmenas podía esperar.

(Sí. Finalmente todo podía esperar.)

Dijo:

Él se va a poner de lo más contento con su regalo. Todavía lee, cuando tiene tiempo, claro. Por lo general siempre está ocupado en su labor. 

(Vi al padre sostener el libro con sus dedos manchados de chocolate y una mirada profunda y ausente y el hijo cortándole otra rebanada en un platico los dos sentados en el césped más allá la gente paseando con sus batas blancas y de fondo el cielo rojo como en las películas polacas de los años sesenta.)

Le recité un par de versos:


Je suis comme le roi d’un pays pluvieux,

Riche, mais impuissant, jeune et pourtant trés vieux


Se los traduje y él rió.

Se fue.

La mochila le brincaba a la espalda.

Le grité:

“Bon voyage!” 

Pedí un té más y me puse a trazar dibujitos obscenos en la libreta. ~