Última carta: La nueva familia | Letras Libres
artículo no publicado

Última carta: La nueva familia

Cuando la joven Stanley Ann Dunham salió de Kansas, corazón de la América profunda, para estudiar antropología en Hawái, lejos estaba de imaginar que su vida acabaría convirtiéndose en ejemplo de la transición estadounidense.

Stanley Ann, hija única de un matrimonio formado por anglosajones trabajadores de clase media, partió sin que Madelyn, su madre, pudiera suponer que la vida de esta típica familia americana sería arrasada por un huracán que la transformaría en emblema de las nuevas formas de vida familiar en el siglo XXI: poliédricas y multiculturales.

Ya desde los albores de la década de 1960 podíamos vislumbrar que los cambios que se avecinaban para el mundo eran imparables. Las innumerables protestas contra la fallida guerra de Vietnam, los miles de jóvenes gritando en las calles su odio contra el régimen estadounidense y el hartazgo frente a la discriminación racial hacían que por primera vez nos atreviéramos a soñar: “No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que el negro tenga garantizados sus derechos de ciudadano. Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que emerja el esplendoroso día de la justicia.”1

Las demandas y cambios gestados en la década de los sueños tuvieron su germen en la Segunda Guerra Mundial. Pearl Harbor marcó el corazón americano, pues por primera vez el país fue violado e invadido en su integridad territorial, lo que supuso una dura prueba tanto para el pueblo como para la clase política encabezada por Franklin Delano Roosevelt, que encontró el camino para que su país comenzara una nueva fase guiado por dos postulados inquebrantables: 1) ningún hombre puede hacer frente a un desafío de tal magnitud estando solo; estos no son tiempos ordinarios, son extraordinarios y 2) sólo hay que tener miedo al miedo mismo.

La difícil situación que precedió a la revolución de 1968 nos da, cuatro décadas después, las claves para entender la trasformación que las elecciones estadounidenses han significado y cuyas esperanzas nos atan a Barack Hussein Obama.

En esos años sesenta, con la guerra por los derechos civiles de por medio, mientras el presidente republicano Dwight Eisenhower advertía que el nuevo poder superior estaba en los complejos industriales, una pareja poco convencional –formada por Stanley Ann y el keniano Barack Hussein– veía nacer a su primogénito, que a la postre sería el presidente número 44 de Estados Unidos.

El fruto de la educación mixta de Obama –que siendo cristiano fue a una escuela católica en un país de mayoría musulmana– se debe sobre todo a su abuela Madelyn, con quien permaneció durante su adolescencia y quien hizo hasta lo imposible por pagarle la mejor escuela de la ciudad, hasta que logró ingresar a la Universidad de Columbia.

Obama es el ejemplo del americano universal, producto de un cultivo gestado en Yakarta, Manila, Bali y Honolulu, ciudades donde creció y aprendió de su abuela Dunham el amor a la patria ausente. Ella, que siempre lo apoyó y motivó para alcanzar sus sueños y que al final de sus días le regaló, como miles de ciudadanos más que también confiaron en el cambio, su voto, enviado por correo días antes de su muerte.

La octogenaria Madelyn Dunham se convirtió en noticia cuando el candidato demócrata expuso la tensión racial que sobrevive en Estados Unidos, confesando que los injustificables prejuicios raciales habían aflorado incluso en el seno de su propia familia. El candidato se refería a una anécdota consignada en su autobiografía Dreams of My Father, donde narra que Toot, diminutivo de abuela en la lengua nativa hawaiana, se quejaba de las molestias que le ocasionó un mendigo que la había acosado en la parada de autobús. El abuelo confesó que el temor de su esposa se debía a que el hombre en cuestión era negro. Según Barack, el mundo se le vino encima: “Nunca me dieron motivo (los abuelos) para dudar de su amor [...]. Pero me di cuenta de que hombres que podían fácilmente haber sido mis hermanos todavía les inspiraban los temores más instintivos.”

El día que el primer candidato afroamericano a la presidencia de Estados Unidos aprendió de Thomas Jefferson que la relación entre amo y esclavo es “un ejercicio perpetuo de despotismo de una parte y sumisión degradante de la otra”, y que nuestros hijos lo aprenden y lo imitan, envileciendo a su patria, tuvo la oportunidad de comprender que el principio constitucional de igualdad no basta para que su pueblo olvide el dolor de la segregación.

Pasadas las primeras emociones de las elecciones del pasado 4 de noviembre, una jornada electoral sólo comparable con la vivida en 1964 cuando Lyndon B. Johnson arrasó frente a Barry Goldwater y casi el 65 por ciento de la población salió a votar, no queda más que reflexionar sobre la fidelidad de Obama a las enseñanzas de vigor y tolerancia de su abuela, a la que describió como uno de esos héroes que cruzan en silencio su país, cuyo nombre no está en los periódicos pero que todos los días viven trabajando duro.

Si algo aprendió Obama en su andar por el mundo fue a respetar sus orígenes. Visitó Kenia para conocer la casa familiar y sentir el abrazo de Sarah, su otra abuela, reafirmando su condición del “hijo que vuelve”.

Por eso el continente africano aplaudió su triunfo como propio, y hoy Sarah, originaria de la etnia africana lúo, sonríe porque asegura que su nieto será el primer afroamericano en tomar posesión como presidente de Estados Unidos y, también, porque su humilde casa será la primera de la aldea Kogelo en contar con luz eléctrica.

Pero el desarraigo ha persistido durante toda la historia de la América negra, sin que el país se hubiera atrevido a reconocerlo, hasta que el joven candidato demócrata en voz alta propuso una “unión más perfecta”, “ir más allá de nuestras heridas raciales” y advertir que “lo que enajena a la (comunidad) afroamericana no existe en la mente de los negros, sino que es real y debe ser tratado no sólo con palabras sino con hechos”.

Es bien sabido que, contrario a la historia de Rosa Parks, encarcelada al negarse a ceder su asiento a una persona de raza blanca; o de la misma Michelle Obama, cuyos ancestros fueron esclavos del estado de Carolina del Sur, Barack no conoce la humillación que muchos negros han sentido debido al color de su piel.

Pero cuando el 20 de enero la familia Obama-Robinson duerma en la Casa Blanca, habrán pasado dos siglos desde que 122 esclavos negros participaran en la construcción de la mansión para que John Adams durmiera con su familia en ella mientras que los esclavos intentaban descansar entre el lodo y el frío de la planta baja, aún en construcción.

Como Jefferson, Adams reconoció que la abolición de la esclavitud era uno de los mayores desafíos para las Trece Colonias; sin embargo, ninguno tuvo la fuerza suficiente para solucionar el problema por temor a dividir el país.

Fue hasta el primer día de 1863 cuando Abraham Lincoln emitió la célebre Promulgación de Emancipación, reconociendo que “una casa dividida contra sí misma no puede sobrevivir”, pero ni siquiera esa medida ofrecía una solución al problema moral que en el futuro de la historia americana supondría la relación negro-blanco.

Con la abolición no desaparecieron los prejuicios raciales y los afroamericanos pasaron de la esclavitud a la segregación, hasta que en 1955 Parks desató el movimiento más importante de lucha por los derechos civiles, que obligó a que en 1968 la Suprema Corte declarara inconstitucional la Ley de Segregación Racial.

Esta idea del riesgo de una casa dividida inevitablemente resonó en el Capitolio de Illinois, el 10 de febrero de 2007, cuando el senador Obama hizo pública su nominación a la presidencia estadounidense.

Barack nunca sintió el miedo y la rabia por la opresión racial, y quizá por eso es ejemplo de esa esperanza de un mejor futuro, porque le corresponde la enorme responsabilidad de cerrar la brecha de la segregación, inequidad y desesperación que ha invadido tanto las llanuras como los freeways y malls de Estados Unidos.

Obama sabe que la historia la hacemos todos. Al convertir a los Padres Fundadores en guías no sólo de su discurso de campaña sino de los valores que debe seguir cada estadounidense para recuperar la esencia y el valor nacionales, el futuro presidente se incorporó al grupo de hombres que luchan por la libertad y están conscientes de que “quien admite tener esclavos se esclaviza a sí mismo”.

Previo al fenómeno Obama, el mayor rezago de la historia de Estados Unidos estribaba en la relación entre los Padres Fundadores y el espíritu afroamericano. El triunfo del demócrata va más allá del color de la piel, con lo que no solamente zanjará la grieta histórica que supone la segregación manifiesta y simulada que han padecido los suyos desde siempre, sino que abrirá la puerta de la ilusión a todos los marginados. Estados Unidos es la tierra donde vive la esperanza de un mejor futuro.

Como afroamericano ha reconocido el sufrimiento silencioso y la lucha de los suyos para eliminar las barreras que los separan de la comunidad blanca y superar un “enojo [que] puede no ser expresado en público, frente a compañeros de trabajo o amigos blancos, pero sí se expresa en la peluquería de barrio o en la mesa [...] Esta ira no siempre es productiva; de hecho casi siempre nos distrae de la resolución de problemas [...] Pero simplemente desear que desaparezca, condenarla sin entender sus raíces, sólo sirve para agrandar el abismo de malentendidos que existen entre las razas.”2

Al frente de Estados Unidos, Obama debe recuperar el espíritu de la nación erosionado durante los últimos veinte años de gobierno dinástico (en manos de dos familias, Bush y Clinton) que, de haberse prolongado con la llegada de Hillary Clinton, hubiera significado el fin de los ideales de libertad e igualdad que forjaron al país.

El 4 de noviembre de 2008 Obama inscribió su nombre en la historia de Estados Unidos y del mundo. A partir del 20 de enero comenzará a escribir historia con el objetivo de consolidar un gobierno de unidad y satisfacer las expectativas de cambio que todos tenemos. ~

 

 

 

1. Fragmento del discurso “I Have a Dream” pronunciado por Martin Luther King el 28 de agosto de 1963 en los escalones del monumento a Lincoln en Washington, DC.

2. Fragmento del discurso “A More Perfect Union” pronunciado por Obama el 18 de marzo de 2008 en Filadelfia.

1

2