Tríptico sobre política y espectáculo | Letras Libres
artículo no publicado

Tríptico sobre política y espectáculo

Tres jóvenes intelectuales –un ensayista político, una especialista en arte contemporáneo y un crítico literario– reflexionan sobre sus disciplinas en el mundo de hoy a partir de la crítica expuesta por Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo.

Ten cuidado con lo que deseas...

“La insignificante vida del pasado ha quedado atrás; adiós a la deprimente oficina, al aburrimiento en un diminuto piso, con una diminuta televisión y, afuera, una diminuta calle con un diminuto auto; adiós a la repetición, a los gestos estudiados, a la reglamentación y a la falta de alegría y deseo”, escribieron Gabriel y Daniel Cohn-Bendit en 1968, poco después de que París ardiera con la euforia de miles de jóvenes ansiosos por tener una existencia plagada de aventuras, reacia a las certezas y a los cálculos, y avivada por las pasiones y los desafíos. No sé si haya sido un consuelo para ellos oír que, 44 años más tarde, se repetía la misma letanía: “Los jóvenes tienen que acostumbrarse a la idea de que no tendrán un puesto fijo de trabajo para toda la vida. Por otra parte, digamos la verdad, qué monotonía tener un puesto fijo para toda la vida. Es más bonito cambiar y tener desafíos.” Paradojas de la vida: quien lanza esta nueva invectiva en favor de una vida incierta y llena de retos ya no es un joven rebelde, ansioso por acabar con la burocracia del Estado y la pertinaz maraña de convenciones y moralinas con tufillo a naftalina, sino un tecnócrata que ha llegado a la primera magistratura de Italia –sin urnas de por medio– en una desesperada maniobra para atemperar la dura crisis económica y política que sacudió al país a finales de 2011.

Mientras los jóvenes indignados de Europa piden Estado, burocracia y lo que haga falta con tal de que se les garantice la salud, la educación, los ahorros, las pensiones y los puestos de trabajo, los mayores de sesenta piden riesgo, saltos al vacío y valentía ante tiempos de cruel incertidumbre. ¿Cómo fue posible que un lema político del izquierdismo sesentayochista y juvenil, enemigo furibundo de la tecnocracia, haya acabado en boca de Mario Monti, la quintaesencia del tecnócrata y la más clara encarnación del establishment europeo?

La crisis económica ha hecho que el sueño juvenil de situacionistas, maoístas, anarquistas y miembros del Movimiento 22 de Marzo se haya hecho realidad, pero por lo visto a nadie le ha gustado. Ni siquiera a Monti, desde luego, que tuvo que decir lo que dijo movido por las circunstancias, no porque llevara años meditando sobre problemas existenciales y hubiera llegado a la nietzscheana conclusión de que una vida apasionada debe estar sazonada con obstáculos y desafíos. La cuestión es que estamos donde estamos porque la política ha sufrido un terrible fracaso. Se ha dejado ganar terreno –el terreno del poder– por la economía, y la tensión ha llegado al punto en que han sido ella y sus voceros, los mercados, no la participación ciudadana, quienes han nombrado al actual primer ministro de Italia. Al parecer no había mejor opción, y un suspiro de tranquilidad se oyó en toda Europa cuando Monti asumió las riendas del país, a pesar de lo anómalo de su nombramiento. Y si así fue, se debió no solo a que su llegada logró apaciguar la turbulencia de los mercados; por encima de todo, significó el final de una de las etapas de gobierno más vergonzosas que ha tenido Europa: la era Berlusconi.

 

Mis queridos descamisados; Happy birthday, Mr. President; bunga bunga...

El ejercicio de la política es inevitablemente teatral. Para movilizar a las masas y persuadirlas con un mensaje, un eslogan o un conjunto de ideas, o para contagiarlas de optimismo, confianza en el líder o fe en el porvenir, la oratoria y la puesta en escena han sido siempre armas invaluables. Mussolini lo entendió mejor que nadie, y uno de sus discípulos, el general Juan Domingo Perón, encumbró a las tarimas al profesional más dotado para cumplir cabalmente esta tarea: una actriz. El entrenamiento que Evita Perón había obtenido en las tablas y en los radioteatros fue, seguramente, lo que le permitió mezclar oratoria, teatralidad y fervor –ingredientes indispensables de esa deriva perversa de la política latinoamericana que es el populismo– para conectar con las masas.

En Estados Unidos y Europa el problema de la política no ha sido ese, sino la pérdida de sustancia, cierta dosis de frivolidad y, por encima de todo, la imperativa necesidad de los políticos de adaptarse a los requerimientos de los medios –visuales– de comunicación. Desde los años sesenta, la imagen y, en distintos grados, el espectáculo, se han convertido en elementos fundamentales de la política, que cada vez ganan más terreno frente a las ideas. No es del todo extraño que los políticos asuman la lógica del espectáculo. Algo emana de las estrellas y las vedettes que fascina. A Camus no le cabía en la cabeza –como escribió en Combat el 22 de noviembre de 1944– que al día siguiente de la toma de Metz los periódicos dieran más importancia a Marlene Dietrich, que casualmente también andaba por ahí. Sus palabras fueron proféticas: “No pensamos que los diarios deban ser forzosamente aburridos. Simplemente no creemos que en tiempos de guerra los caprichos de una estrella sean necesariamente más interesantes que el dolor de los pueblos...” Pues bien, empresarios como Rupert Murdoch, que compró News of the World en 1969, aprenderían la lección contraria: el dolor de los pueblos podía convertirse en espectáculo y entretenimiento, y los tabloides serían cualquier cosa menos aburridos. De aquella desasosegada nota de Camus también se desprendía otra lección. Si la mera presencia de una actriz le roba el titular a una batalla clave de la Segunda Guerra Mundial, ¿qué político no iba a querer contagiarse de esa aura?

Después de Perón, J. F. Kennedy fue quien enlazó inexorablemente su imagen a la de una actriz. El 19 de mayo de 1962, día en que Marilyn Monroe le cantó en público su famoso “Happy birthday, Mr. President”, se firmó un pacto maldito entre farándula y política, fama y poder, y una terrible confusión entre popularidad y aptitud. A partir de 1964 fueron las mismas estrellas del espectáculo –Joan Baez, Bob Dylan, Jane Fonda– quienes empezaron a participar activamente en campañas políticas, en este caso por los derechos civiles o contra la guerra de Vietnam, hasta que actores como Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger acabaron ascendiendo a dos de los más altos cargos públicos de Estados Unidos. Incluso un personaje refractario al humor y al infantilismo como Sarkozy, incapaz de ocultar el orgullo que le producía ir de la mano de una estrella como Carla Bruni, acabó jugando el juego del vedetismo y la farándula.

Pero quien sin duda alguna convirtió la política en un espectáculo bufo, en una mera estrategia para engatusar al electorado, evadir la justicia y favorecer sus propios intereses económicos, fue Berlusconi. El magnate tuvo la genial idea de acaparar un considerable poder mediático antes de lanzarse a la política. Y una vez en el ruedo político, puso las cámaras de toda Italia al servicio de su imagen. Berlusconi se convirtió en vedette y se rodeó de vedettes. La eficiencia de la imagen y del gesto sobre la idea y el argumento le resultó evidente; tanto que tuvo la tentación de reclutar un escuadrón de modelos, famosas por haber aparecido ligeras de ropa en sus programas de televisión, para llenar sus listas electorales. Berlusconi no inventó la política de tetas –la Cicciolina se le adelantó–, pero supo sacarle mejor partido que nadie. Hasta que...

Hasta que erosionó las fronteras entre lo privado y lo público.

Todo individuo tiene derecho a que se le salvaguarde su privacidad. Este es un principio sagrado que debe cumplirse a rajatabla, a menos, claro, que en el ámbito íntimo se delinca o se empleen recursos públicos para satisfacer caprichos privados. Y Berlusconi hizo ambas cosas. No solo prostituía a menores y departía con proxenetas y vendedores de cocaína, sino que embarcaba a sus invitados en el avión presidencial y luego escogía a las candidatas a diversos cargos por sus virtudes para el bunga bunga, no para la administración pública. Al mezclar los ámbitos público y privado no solo rechazaba el principio liberal que recomienda responsabilidad pública y elección privada de valores, gustos y aficiones, también recordaba a los rebeldes sesentayochistas.

 

Lo personal es lo político...

La dosis de frivolidad y espectáculo que contamina todos los campos de la sociedad contemporánea, desde el arte a la política, pasando por el periodismo y los programas de televisión, se debe, en gran medida, a la erosión de las fronteras entre lo personal y lo político, o, lo que es igual, entre lo privado y lo público. Para entender cómo se dio este fenómeno tenemos que volver a Cohn-Bendit y a sus antecesores, los letristas, los situacionistas y las demás vanguardias de mediados del siglo XX.

A comienzos de la década de 1950, la Internacional Letrista, un grupo de vanguardia conformado por jóvenes rebeldes, errabundos y borrachines, se tomó al pie de la letra la sentencia dadaísta. Lo importante no era el arte, lo importante era la vida. Todos los esfuerzos imaginativos y creativos debían contribuir al arte de vivir, y esa nueva existencia debía ser, al mismo tiempo, un desafió a la sociedad convencional. El artista ya no creaba cuadros o esculturas, tampoco escribía. Su obra era él mismo; su manifiesto era su existencia; su declaración de principios era su estilo de vida. Este fue el germen de la contracultura, del hippismo y de los experimentos vitales de los sesenta. Un exsituacionista alemán, Dieter Kunzelmann, fue el promotor de Kommune I, la primera comuna que, mezclando el maoísmo y el nudismo, se convirtió en un laboratorio de nuevas formas de existencia. Su estilo de vida –al igual que el de los hippies, los yippies o los miembros de grupos de teatro radical– era su arma política. Sus rutinas, hábitos, divertimentos, vicios y aficiones se convirtieron, más que en una cuestión de preferencias personales, en una manera de épater la bourgeoisie y de promover cambios sociales. Pero para hacer efectiva esta estrategia necesitaban un elemento: cámaras de televisión.

Si lo personal era lo político –como dijo la Kommune I en 1967–, entonces lo personal tenía que hacerse visible. Las puertas de la intimidad tenían que abrirse, y aquel espacio, antes resguardado de los curiosos e impertinentes, debía hacerse patrimonio de todos como ejemplo revolucionario. En 1969 John Lennon y Yoko Ono realizaron sus famosos bed-ins for peace en Ámsterdam y Montreal. Se encerraron en una habitación de hotel, ataviados con sus pulcros camisones, a dejarse fotografiar y filmar por decenas de periodistas. Fue el primer reality, la primera ocasión en la que se montó un escenario donde las cámaras podrían registrar con absoluta impunidad la vida íntima de una pareja.

Los bed-ins de Lennon y Ono no tuvieron repercusión política. Lo que sí generaron fue un cambio mediático y una gran curiosidad por las vidas privadas, por aquello que quedaba oculto, protegido por el secreto, tras la puerta de la habitación del hotel. No debe extrañar que Andy Warhol, otra megaestrella de las artes, hubiera fundado ese mismo año Interview, su propia revista de chismografía de famosos. El estilo de vida contestatario, que empezó siendo un desafío para la sociedad, acabó ofreciendo la mayor diversión para un público acrítico y morboso. Desde entonces, la vida privada de famosos, incluyendo los políticos, se ha convertido en un espectáculo lucrativo y en un divertimento fácil para las grandes masas.

Al seguir esa misma lógica e intentar darle gusto a la gran masa con un producto similar al que ya consume, al ligar su imagen a la de cantantes y actores que enloquecen a las multitudes, al depender de asesores de imagen que diseñan una estrategia comercial tan vil, banal o mentirosa como deba serlo, al requerir de humoristas que defiendan sus proyectos con desplantes ingeniosos o servirse de energúmenos que arman escándalo y bronca para erizar las bajas pasiones, la política ha perdido vuelo, como también lo han perdido el arte y el periodismo. Se ha convertido en otro producto de consumo en el que no pueden faltar todos los elementos del espectáculo, incluso a costa de todos aquellos que deberían contar: ideas, valores, proyectos, reformas, modelos de sociedad, soluciones prácticas a problemas concretos. Qué duda cabe, así la política se ha vuelto más divertida, y nadie más divertido que Berlusconi, cuya vocación de entertainer de crucero no fue eclipsada por su servicio como primer ministro. Pero sus consecuencias, somos conscientes de ello ahora, en medio de esta dura crisis económica, están lejos de serlo. ~