Tres poemas | Letras Libres
artículo no publicado

Tres poemas

El pozo, las zarzas

 

Pero amamos esos pozos que velan lejos de las sendas

Porque nos preguntamos quién llega hasta su lado

Entre hierbas que las zarzas obstruyen, atraídos

Por las cúpulas que forman

Por sobre los matorrales, allí donde empieza

El país que sólo sabe de lo eterno;

Que se detiene cerca de ellos aún hoy,

Que los abre y se inclina en otro mundo.

El hierro oxidado resiste, rechina,

Queda en silencio cuando cae en la piedra

El palastro que separa ambos cielos.

 

Y no es sino un instante del estío, cuando

El grillo retorna asustado, más allá de la muerte,

Su canto que es materia hecha voz

Y quizás luz, pero para nada.

Notó que esas hierbas aplastadas,

Esas palabras, esta esperanza, no existieron

Más de lo que él (si así cabe nombrarlo) existe entre las zarzas

Que arañan nuestros rostros pero son sólo

La nada que araña a la nada en la luz.

 

 

El pozo

 

Oyes la cadena chocar en la pared

Al descender el balde en el pozo que es la otra estrella,

A veces la estrella vespertina, la que llega sola,

A veces el fuego sin rayos que aguarda en la mañana

Que pastor y bestias salgan.

 

Pero siempre el agua está encerrada en el fondo del pozo,

Siempre la estrella allí queda sellada.

Bajo las ramas descubrimos sombras:

Son los viajeros que pasan por la noche

 

Encorvados, la espalda bajo una masa negra,

Diríase, como si dudaran en una encrucijada.

Algunos parecen esperar, otros se borran

En un chisporroteo sin luz.

 

El viaje del hombre, de la mujer es largo, más largo que la vida,

Es una estrella al borde del camino, un cielo

Que imaginamos ver entre dos árboles.

El balde toca el agua, que lo alza,

Y es la alegría, luego la cadena lo abruma.

 

 

Una piedra

 

El verano pasó violento por las salas frescas,

Sus ojos estaban ciegos, su flanco desnudo,

Gritó, y el llamado trastornó el sueño

De los que allí dormían en lo simple de su día.

 

Se estremecieron. Cambió el ritmo de su aliento,

Sus manos abandonaron la copa del sueño.

Ya el cielo otra vez volvía sobre la tierra,

Llegó la tormenta de las siestas de verano, en lo eterno. ~

– Versiones de Ida Vitale

© Vuelta, 144, noviembre de 1988