Tres poemas | Letras Libres
artículo no publicado

Tres poemas

Vienes de primavera

ahora que puedo oírte, bullir

aún invisible de pájaros que pían

vienes con la gran luz

                                       y alguien

se detiene para que el sol lo envuelva

ahí, en la acera, levanta

la cabeza y gira el rostro

al recibirlo. Antes, sentado

arrastraba áspero un pie, casi

no perceptible, áspero y sordo

cuerpo solo de sí.

                                  Con la garza

llegaste, sobre la hierba alta

y gris que dejó el hielo. Desde allí yo te traigo

un rumor de castaños y una taza de leche, como

cena los traigo, ahora que es febrero

y vuelve quieta a sonar esa música. ~

 

 

La limpieza de líneas que dibujan

una cocina, las aristas y la luz espaciosa; una foto

con la grisura matizada de un dibujo a lápiz, un

Le Corbusier trazado a mano. La curva

de un pez fresco sobre la encimera, junto a la jarra

de loza y una cafetera de aluminio; se abren

al campo, casi del todo acristaladas, las paredes

en ángulo, los árboles del bosque y el césped

del jardín. Ir a poner el pescado en el horno sería

la acción próxima, es el pez quien dice que la casa

es habitable y habitada, lugar para una vida

buena, con té y prolongadas sobremesas. Ir

a morir sería una certeza de aristas

leves, el bienestar de una lectura –el Lenz

de Büchner– y memoria de un arte –aquel ángel

u otro, ángel olvidadizo, con caminante y

despedida–. La angustia o el temor vendrían

matizados por un saber y una calma que se dibuja

a lápiz. El gran pez, ojo redondo, boca

abierta, se aplasta, dientecillos punzantes, frío

sobre los azulejos de la encimera blanca. ~

 

 

Separa el arco doloroso –mandíbula

cuenca del ojo– del dolor, como la brisa

mueve las hojas de los chopos, abrazo o abanico

tan alto ya. La desesperación y la ternura

brotaban del arroyo, de un verano con agua

pero leía que el tacto en la madera, si

separa el dolor, traería un apacible

ensimismarse el ojo ajeno. ~