Tratado de hermandad | Letras Libres
artículo no publicado

Tratado de hermandad

Dejo a mi hermano andar por propia cuenta al llamado del diablo. Soy de la estirpe de Caín,

     ¿qué puedo hacer...?

Al cabo, ya sabemos que no quedan muchos descendientes de la pobre línea del pobre Abel.

Porque son los dispuestos a morir, y mueren pronto y casi siempre jóvenes. Parecieran afectos a sangrar.

La historia omite, sin embargo, el modo en que los abelitas envejecen. No es cosa digna de verse.

Una bondad supina los mantiene lozanos muchos años. De pronto, un mal día, su hermosa piel sin manchas

     comienza a dar de sí,

comienzan a sobrar por fuera, a faltar por dentro, parece que les haya huido el ser del cuerpo.

Es el rencor. Ellos a ellos mismos, por dentro se van como royendo. Y envilecen.

Tanta bondad guardada. Y mansedumbre. Sus bestias quedan sin resguardo ni corral. Se vuelven fieras,

     es decir

las que domaron y ellos mismos, entre los huesos y la piel, porque el ser les huye. Y envilecen.

Aprenden pronto a maldecir y a codiciar. Perdido su rebaño, aman las armas, la milicia. Aman mandar

     y obedecer.

Les dura la bondad lo que las fuerzas de sus piernas y el humo catarral del sacrificio, si es que asciende.

Después se debilitan. ¿Le dije que envilecen? Pierden vigor, dejan de hundir la hoja del cuchillo entre las

     carnes de la bestia

y la asfixian. Que Dios me perdone, pero los he visto alzar chivos ya muertos de la carretera.

Pero el humo ya no les asciende, y cunde un tufo agrio y dulce. Como el rencor.~


Tags: