Trabajando dentro de la caja | Letras Libres
artículo no publicado

Trabajando dentro de la caja

Escribo “dentro de la caja” porque caja sigue siendo la manera en la que nos referimos a la tele: “la caja tonta”. Todavía no ha calado la expresión “la pantalla tonta” o “el plasma tonto”. “Pantalla” ha sido la palabra para hablar de cine, desde antiguo, y “plasma” nos recuerda más a una transfusión de sangre. La televisión es la caja tonta, aunque no quede ya ninguna caja en las casas ni en los bares: la tdt y el Mundial han acabado con todas las cajas. En mi calle, todos los días de los últimos meses, he visto televisores-caja abandonados. Quienes se han negado a comprarse otra tele, por principios, por economía, por pereza, han visto cómo esta-
llaban a los pocos días de colocar la tdt: esto es lo que me pasó a mí. Mi caja tonta se volvió a negro, después de años de servicio impecable, varias semanas después de que instalara la tdt: eran incompatibles. Así que “la caja tonta” queda como sinónimo de televisión (de la televisión de hoy, porque al parecer, aunque yo no lo creo, hubo una televisión que no era tonta y que era fascinante), como “caballero” lo es de hombre, aunque ya nadie monte a caballo por las calles.

Pues eso, que durante julio y agosto estuve trabajando dentro de la caja. Lo hice por dinero, claro, como las casi famosas que se desnudan en Interviú, pero también porque no he renunciado a convertirme en una estrella como Pozí o como Kiko Hernández. Trabajé en un programa magazine diario de las mañanas de la Televisión Autonómica de Aragón. Mi trabajo era ser uno de esos opinadores que saben de todo o, más bien, que hablan de todo. Era un trabajo cómodo, no lo voy a negar: casi todo el tiempo tenía que estar sentado en un sofá, aunque a veces me tenía que levantar para bailar “Aserejé” de las Ketchup o “El chiringuito”, porque una de las secciones del programa era recordar la canción del verano de otros veranos. Nunca me había imaginado bailando en la televisión una canción de Georgie Dann, pero no fue tan difícil: mover sincronizadamente la cabeza y los brazos como un autómata de película de serie B. (Es igual de patético que el cameo que hizo Andy Warhol en un episodio de Vacaciones en el mar, y ahora se expone en el Museo Berardo de Lisboa.)

También toqué un búho y una serpiente porque una de las secciones semanales estaba dedicada a los animales. El experto de esa sección era Nacho Sierra, que se hizo popular gracias a Crónicas marcianas. Me cayó bien desde el primer programa, Nacho Sierra: negó varias veces la idea de “enfermedad mental” animal y negó también todo el tinglado de los supuestos medicamentos naturales. Vi hurones y chinchillas y una tarántula que dejaba un rastro de baba sólida y transparente a su paso; y vi un perro que era mezcla de galgo y podenco y unas tortugas que peleaban porque estaban pasando el celo como gallos violentos. Vi un halcón, que se cagó en directo en las piernas de la presentadora. Su mierda era líquida y apestaba. Lo sé porque le dejé mi pañuelo a la presentadora para que se limpiara. El propietario del halcón, que lo hace trabajar en el aeropuerto de Zaragoza para que acabe con las palomas y los aviones puedan volar sin miedo al colapso de los motores, me dijo que su mal olor se debía a que los halcones solo comen carne.

Discutí con una psicóloga que hace terapia con perros: los utiliza para que mejoren los trastornos de sus pacientes, porque afirmó que el perro es el mejor amigo del hombre. En la tele hay que luchar para no caer en el cliché, hay que oponerse a él con uñas y dientes porque está muy dentro de todos nosotros. Le dije que tenía una idea bastante rara de la amistad: alguien que hace lo que tú quieres y que jamás cuestiona tus palabras y que… Me siento igual de tonto escribiéndolo que cuando monsergaba, ante su total indiferencia, en el plató. Carme-
lo Encinas, que era ese día otro de los opinadores, dijo que cuanto más conocía a los seres humanos más le gustaba su perro: es la misma opinión que proclama George Steiner, el supuesto humanista, en sus ensayos. Pero si Steiner sigue publicando libros no creo que sea porque confíe en que serán los perros quienes los compren, porque los perros no compran libros por muy amigos tuyos que sean.

La psicóloga que curaba con perros no fue la única psicóloga que vino al plató. Todos los días venían una o dos. Y lo escribo en femenino porque casi siempre eran mujeres. Tuve la sensación de que la psicología había sustituido a la religión: el pecado se había convertido en síndrome patológico. Si antes bastaba con la confesión, ahora es necesaria la terapia, y a menudo los fármacos y la baja laboral. Hablamos del síndrome de la “mujer esponja”: mujeres que absorben los problemas ajenos y los sufren como si fueran suyos. Pregunté si había hombres que padecieran ese síndrome, pero la psicóloga me respondió que era un síndrome que casi siempre padecían las mujeres. Al parecer, los hombres no tenemos esa enorme capacidad de empatía, aunque me pareció
que ese síndrome no tenía nada de empatía y se parecía mucho a un grado extremo de narcisismo. Según entendí, las “mujeres esponja” tienen solución.

Vi y hablé con agorafóbicas, con gordas y flacas (porque en su calidad de gordas y flacas vinieron al plató a exponer los problemas psicológicos y sociales que les causaban sus kilos), con adictos al sexo. Todo se resolvía, como en el programa de Alcohólicos Anónimos, asumiendo el problema, relativizando el problema, subiendo la autoestima y buscando la felicidad.

El jefe del área de psicología de un hospital muy importante dijo que las personas con problemas psicológicos desbordan las consultas, pero luego niegan su estado cuando les preguntan. La psicología es la nueva religión, y por eso se reniega de ella como de la vieja religión.

Probablemente la palabra “autoestima” fue la que más veces se dijo en el plató (junto con la expresión “cuidado con la vaquilla”, porque había conexiones con las fiestas de los pueblos aragoneses, donde casi nunca faltaba el encierro con vaquillas; donde, a diferencia de la psicología, solían faltar las mujeres). La autoestima era necesaria para dejar de fumar, para ligar (se abordó varias veces el asunto de los romances veraniegos), para tener trabajo o para tener un trabajo mejor, para adelgazar, pa-
ra mantener una buena vida conyugal, para relacionarse con los hijos. Es muy importante pero no se puede comprar en ningún sitio, y solo se atreven a intentar inducirla los libros de autoayuda. Sí, es como la pescadilla que se muerde la cola.

Frente a la palabra mágica “autoestima”, las palabras que yo más empleé fueron “libertad individual”, “derechos” y “democracia”. No es que tuviera la tentación de ser Christopher Hitchens, el mejor defensor de esos asuntos en la tele americana, pero me parecía que sí era posible –entre consejos para sanear la piel con aguacate y migas populares y ejercicios de gimnasia para quitar los michelines– hablar de ellos, situarlos en el escenario de la vida cotidiana, y no solo en un escenario de debate político: la democracia en las cosas pequeñas. Salman Rushdie ha hablado de ello: poder comer bocadillos de jamón y besarse. Sí, era posible, frente a la tentación del control so-
cial, defender las operaciones de cirugía estética como una opción de la irrenunciable libertad individual. Sí, en ocasiones me sentía como un extraterrestre, pero quizá lo soy.

Solo un día el mundo, al que solíamos permanecer bastante ajenos, nos tocó de pleno. Los integristas habían asesinado en Afganistán a dos guardias civiles y a su traductor, Ata, que vivía en un pueblo cercano a Zaragoza. Se hizo un silencio, como ese que se llama del paso del ángel, y tras un instante todo siguió: los problemas psicológicos, los animales, los concursos. Ata era vendedor de alfombras, una profesión de Las mil y una noches, un libro prohibido en la mayoría de los países árabes y que
en Egipto, donde está tolerado, también hay grupos que quieren prohibirlo. Durante ese silencio y durante los problemas psicológicos y los concursos, me pareció que solo se trataba de eso: conseguir que
Las mil y una noches, y todos los demás libros pudieran circular libremente en todo el mundo. Solo eso.

Luego pasó el verano y dejé de ir al programa por las mañanas y, justo entonces, en un pueblo de Teruel, el empleado de una gasolinera me miró a la cara y me preguntó si yo era el hablador de la tele. ~